Muchas personas están abiertamente preocupadas por mejorar su nivel de vida y esto es bueno. Es prioritario para ellas, a tal punto que algunas elecciones se definen desde este ítem. Sin embargo, debería ser la calidad de vida la búsqueda más importante para todos los individuos.

El "nivel de vida" es la posibilidad que tiene alguien de obtener más y mejores bienes, así como servicios de mayor calidad y en cantidad superior. Es decir, se hace referencia directamente a la capacidad adquisitiva. Cuanto más se gana, más se puede consumir. "Calidad de vida", en cambio, es el aporte de elementos que favorecen el bienestar social: felicidad, tranquilidad y satisfacción, tanto a nivel personal como colectivo. Y aunque estas metas estén muy cercanas no deben ser confundidas.

La abundancia, entonces, se relaciona más con un estado interior; un sentimiento constante de que tenemos lo que deseamos o necesitamos. Una perspectiva orientada hacia lo mucho que poseemos y no hacia aquello que nos falta. Habla de una sensación de plenitud que no depende de lo externo, sino que se afinca en el interior de uno mismo. Por eso se presenta, a menudo, esa contradicción entre los que tienen mucho y, sin embargo, se sienten miserables y otros que tienen muy poco y se encuentran perfectamente agradecidos y felices. Abundancia no es sinónimo de dinero, de acumulación de bienes o incluso de poder. No tiene que ver con una abultada cuenta bancaria o una vida de excesos. Abundancia es vivir en plenitud, sabiéndonos enteros, sin faltas, sin vacíos.

Lamentablemente algunas personas mantienen un tipo de mentalidad enfocada hacia la carencia: la obsesión de todo lo que falta en lugar de tomar conciencia de lo que ya se tiene. Se insiste en orientarnos hacia un materialismo y un consumismo donde "la acumulación" o la "obtención de cosas" definen el status de la persona. La carencia de ellas genera malestar, insatisfacción e infelicidad. Decía el periodista canadiense Emilie Gauvreay: "Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos, para crear impresiones que no durarán, en personas que no nos importan".

Muchos están acostumbrados a lo que se conoce como "motivación por deficiencia": el celular aún está en buen estado, pero ahora ha salido la última generación de esta marca que todo el mundo tiene y no se puede estar sin él. Son muchas las cosas que faltan y que despiertan necesidades dormidas: una casa con grandes comodidades y un auto de alta gama, un cuerpo ideal y una pareja sin defectos, las vacaciones en un destino paradisíaco. Vivir en la economía de la carencia es como un virus, como una enfermedad imparable.

Por eso urge cambiar el enfoque de nuestra mirada mental. Orientarla hacia lo que ya tenemos para percibir dónde se concentran nuestras fortalezas reales, nuestras auténticas bellezas y nuestra abundancia. Desarrollar un estilo capaz de abrazarse a lo positivo, a lo presente y a lo concreto. No a lo que no está, a lo que no existe o a lo que falta.

Es rico quien invierte en el respeto, quien practica la bondad con todos. Millonarios son los que cuentan con el cariño y la permanencia de sus amigos y familiares, porque la auténtica abundancia no está en el dinero, sino en la felicidad. Abundancia interior; auténtica fortaleza psicológica para afrontar la adversidad, para intuir las oportunidades y para ser más receptivos hacia todo lo que nos envuelve. Las situaciones que proporcionan verdadera dicha tienen que ver más con experiencias y menos con objetos. Dicen que "si eres feliz, abrazas; si eres infeliz, compras".

Todos conocemos, tristemente, a alguna persona que avanza por la vida con la cabeza alta, ostentando el encumbrado brillo de su posición mientras maneja las relaciones interpersonales desde la soberbia. Hay personas pobres muy ricas de corazón y ricos muy pobres de afectos. Los pensamientos, valores y actitudes son los que conforman nuestra auténtica piel, esa que se ve desde el exterior y que nos identifica en el trato cotidiano. Hay gente que, efectivamente, no es pobre por cómo vive, sino por cómo piensa y cómo siente. Quien es pobre de mente, valores y afectos desperdicia su vida.

"Aquel caminante apenas lograba ya mantenerse en pie. El camino había sido muy largo y muy duro. Y el hambre lo había hecho casi desfallecer. Con los ojos medio extraviados miraba a un lugar y a otro para ver si algo o alguien podían aliviar su hambre. Lejos divisó un monasterio. Se atrevió a llamar. ¡Qué alivio! Le dieron comida. Le dieron cama. Le dieron un excelente trato. Y le dieron hasta una bolsa de dinero para el camino. A la mañana siguiente se marchó dando saltos de contento. Pero, al anochecer, ante el estupor de los monjes, volvió con la bolsa llena de dinero, tal como se la había llevado, y la tiró sobre la mesa. «Quiero más dijo. Ustedes me han tratado muy bien, me han dado mucho, pero se guardan lo mejor: me he dado cuenta de que son felices sin dinero. Sean generosos de una vez conmigo y denme su secreto de la felicidad. Me interesa más que el dinero.»

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