Desde que nacemos, creamos vínculos. Quizás amar, o su derivado, querer, sea el verbo que más conjugamos a lo largo de nuestra vida. Pero, ¿quién nos enseña a querer? ¿Cuáles son nuestras herramientas o recursos de aprendizaje con los que contamos para hacerlo? Pocas veces nos paramos a pensar que a querer también aprendemos, que es una forma de actuar que hemos asimilado. Nacemos siendo totalmente dependientes: dependemos de la voluntad de otros, o más bien, del amor de otros para sobrevivir.

El mundo ha pasado por una crisis inédita que ha descompensado el contacto con el otro. Las estadísticas nos dicen que casi todos, en ocasiones, terminamos dañando a las personas que queremos. Que intentamos quebrar su voluntad, empleando estrategias de manipulación muy poco éticas. Es decir, a veces, queremos "rematadamente mal", muy lejos de lo que sería un amor saludable. 

Querer bien, querer mejor, empieza por ponernos en el lugar del otro y hacer un esfuerzo por conocer antes que juzgar, en la humildad de reconocer que podemos tener una visión parcial y distinta. Querer bien, en el marco de un amor saludable, implica entender que podemos querer mejor. Querer bien es permitir que el otro nos ayude, considerar su esfuerzo y sumar a su autoestima; evitar la tentación de colocarlo en una posición vulnerable para aumentar su inseguridad y ganar control sobre su vida.

Nuestra relación con los demás, desde la aceptación incondicional, es un ejercicio de respeto hacia el valor intrínseco del ser humano, sumergiéndonos en un tejido de relaciones interpersonales. El respeto es una condición base para cualquier relación. El ejercicio de aceptar sin condiciones al otro, exigiría poder llevarlo a cabo con nosotros mismos. Aceptarse es respetarse, es quererse y no castigarse. 

Es que el amor no se compone sólo de entregas generosas. Es necesario, también, aprender a establecer límites. En el amor serio y verdadero, cada uno tiene la capacidad y la obligación de poner sus propios límites. Con nuestros amigos, con los conocidos, con los compañeros de trabajo, con la familia. No merecemos que nadie nos falte el respeto gratuitamente; se trata, una vez más, de autocuidado y amor propio.

Según la forma que tengamos de tratarnos y respetarnos estaremos más o menos abiertos a relacionarnos con los demás y con el universo. Por lo tanto, si cuidamos de nosotros podremos tener relaciones más auténticas con lo que nos rodea. Cuando nos amamos son importantes diversas cosas, sobre todo conocernos para ser capaces de saber hasta dónde podemos llegar, y hasta dónde pueden llegar con nosotros. Cuando nos amamos, nos valoramos tanto que somos capaces de ponerle límites a los demás. Se trata de decir "no" cuando no nos agrada algo. 

Ser demasiado generoso puede ser visto como una virtud pero, a veces, no lo es tanto. Toda esa benevolencia e interés que algunos profesan por los demás, rara vez los profesan por ellos mismos. Voluntariamente se ponen en segundo plano. Antes de ser generosos con los demás, tenemos que aprender a serlo con nosotros mismos. Así, es bueno que los sacrificios por los demás sean sensibles a las propias necesidades o límites.

Lamentablemente están quienes no saben respetar los límites de nadie. A veces, no importa que vayamos ataviados con nuestras armaduras psíquicas y emocionales dejando claras dónde están nuestras fronteras. Hay personas que las sortean y nos boicotean expresamente. Conocemos gente que no sabe respetar los límites personales: exigen favores; se apropian de cosas que nos pertenecen porque sienten que tienen derecho a ello; boicotean nuestras opiniones, decisiones, valores, creencias; sortean nuestras fronteras emocionales. Respetar y proteger lo personal es un principio de salud, equilibrio y bienestar. 

Nadie pone un límite por egoísmo o maldad. Todos lo hacemos por bienestar psicológico, para respetar espacios. Es una clave de salud. Una vida sin límites es como una casa sin muros. Los necesitamos con urgencia, necesitamos de ellos para tener cobijo, seguridad y un espacio donde contener lo que somos y necesitamos. El amor responsable es una amalgama de muchos gestos de donación y de muchos "no". La solución acertada pasaría por encontrar la distancia óptima: ni tan cerca de los demás como para salir herido, ni tan lejos como para morir de frío. 

"Hacía mucho frío y un grupo de erizos temblaba, mientras se miraban los unos a los otros. Descubrieron que al aproximarse entre sí sentían más calor, así que comenzaron a juntarse. Se aproximaron tanto que comenzaron a sentir que las espinas de los demás les herían. Cuanto más se acercaban, mayor era el daño que les producían estas espinas. Tras un rato, y viendo que no aguantaban el dolor, se separaron de nuevo. Como era de esperarse, pasaron solo unos minutos antes de que volvieran a temblar de frío, sintiendo que se congelaban. Intentaron juntarse de nuevo y sucedió lo mismo. Tras uno y otro intento lograron encontrar la distancia óptima: ni tan cerca como para herirse, ni tan lejos como para congelarse".