Si no podemos ser nosotros mismos donde nos encontramos ahora, pongamos distancia. Ganaremos en salud mental y protegeremos el valioso tejido de nuestra autoestima. Donde no podamos ser nosotros, mejor no estar. Porque ser fiel a la propia identidad, valores y dignidad requiere ser fuerte de corazón y valiente en decisiones. Al fin y al cabo, la vida ya es lo bastante complicada para que otros nos hagan encajar a la fuerza en espacios y dinámicas que no van con nosotros, que nos hacen sentir mal, que oxidan el ánimo.

Ser capaces de no traicionarnos a nosotros mismos y actuar en base a aquello que pensamos y sentimos es todo un ejercicio de responsabilidad y aceptación. La fidelidad a nuestra persona es algo que tenemos que practicar. Cuando somos fieles a nosotros mismos somos auténticos y permitimos a los demás que puedan entrar en nuestro mundo. De lo contrario, las barreras que construiremos limitarán nuestras relaciones.

Decía Albert Einstein “Todo el mundo es un genio. Sin embargo, si juzgas a un pez por su habilidad para escalar un árbol, pasará toda una vida pensando que es un estúpido.” Desde muy pequeños se nos enseña a juzgarnos a nosotros mismos teniendo en cuenta las cualidades y opiniones de los que tenemos alrededor. Pero si continuamente nos comparamos con los demás, difícilmente llegaremos a conocernos profundamente. 

Defender nuestra esencia y apreciar lo que somos es bienestar y vitalidad. El hambre de autenticidad aparece a diario. Queremos ser nosotros mismos en cada decisión tomada, queremos que haya armonía en cada una de nuestras relaciones, sin recurrir a la falsedad, sin tener que ceder en cosas que no van con nosotros. Ansiamos, en esencia, salvaguardar la propia identidad y que nada ni nadie rompa ese equilibrio.

Herman Hesse nos animó a ser “obstinados”, porque en este mundo caótico, extraño y difícil, pocos elementos tienen tanto valor como ser fieles a nosotros mismos. Es así como emerge la libertad. Sin embargo, la sociedad suele apagar nuestras voces, nos domestica. Es tarea nuestra recordar que, sólo quien es fiel a sí mismo, alcanzará la iluminación y la auténtica felicidad. Alguien heroico nunca será obediente o complaciente, sino más bien una persona obstinada en construir su propio destino. 

Ser fieles a nosotros mismos; ser fieles a nuestras ideas, nuestras creencias, a lo que necesitamos, a lo que queremos, a lo que deseamos, a nuestras propias aspiraciones, aunque sean diferentes al resto de las personas. Si tenemos sueños y esperanzas, somos nosotros las personas capaces de que se hagan realidad. 

Shakespeare sentenció “¿Ser o no ser? Ese es el dilema”. Ciertamente hay momentos, muy precisos, en los cuales la vida nos cuestiona si en verdad somos o no somos, si somos congruentes con las creencias de las cuales hablamos, si verdaderamente “obedecemos” a esos valores que brindan la auténtica libertad. Para contestar este inmenso enigma no hace falta que seamos sabios, ni héroes, ni santos: solamente tener el coraje de ser fieles.

Si no podemos ser nosotros mismos donde nos encontramos ahora, pongamos distancia. Ganaremos en salud mental y protegeremos el valioso tejido de nuestra autoestima. Donde no podamos ser nosotros, mejor no estar. Porque ser fiel a la propia identidad, valores y dignidad requiere ser fuerte de corazón y valiente en decisiones. Al fin y al cabo, la vida ya es lo bastante complicada para que otros nos hagan encajar a la fuerza en espacios y dinámicas que no van con nosotros, que nos hacen sentir mal, que oxidan el ánimo.

Ser capaces de no traicionarnos a nosotros mismos y actuar en base a aquello que pensamos y sentimos es todo un ejercicio de responsabilidad y aceptación. La fidelidad a nuestra persona es algo que tenemos que practicar. Cuando somos fieles a nosotros mismos somos auténticos y permitimos a los demás que puedan entrar en nuestro mundo. De lo contrario, las barreras que construiremos limitarán nuestras relaciones.

Decía Albert Einstein “Todo el mundo es un genio. Sin embargo, si juzgas a un pez por su habilidad para escalar un árbol, pasará toda una vida pensando que es un estúpido.” Desde muy pequeños se nos enseña a juzgarnos a nosotros mismos teniendo en cuenta las cualidades y opiniones de los que tenemos alrededor. Pero si continuamente nos comparamos con los demás, difícilmente llegaremos a conocernos profundamente. 

Defender nuestra esencia y apreciar lo que somos es bienestar y vitalidad. El hambre de autenticidad aparece a diario. Queremos ser nosotros mismos en cada decisión tomada, queremos que haya armonía en cada una de nuestras relaciones, sin recurrir a la falsedad, sin tener que ceder en cosas que no van con nosotros. Ansiamos, en esencia, salvaguardar la propia identidad y que nada ni nadie rompa ese equilibrio.

Herman Hesse nos animó a ser “obstinados”, porque en este mundo caótico, extraño y difícil, pocos elementos tienen tanto valor como ser fieles a nosotros mismos. Es así como emerge la libertad. Sin embargo, la sociedad suele apagar nuestras voces, nos domestica. Es tarea nuestra recordar que, sólo quien es fiel a sí mismo, alcanzará la iluminación y la auténtica felicidad. Alguien heroico nunca será obediente o complaciente, sino más bien una persona obstinada en construir su propio destino. 

Ser fieles a nosotros mismos; ser fieles a nuestras ideas, nuestras creencias, a lo que necesitamos, a lo que queremos, a lo que deseamos, a nuestras propias aspiraciones, aunque sean diferentes al resto de las personas. Si tenemos sueños y esperanzas, somos nosotros las personas capaces de que se hagan realidad. 

Shakespeare sentenció “¿Ser o no ser? Ese es el dilema”. Ciertamente hay momentos, muy precisos, en los cuales la vida nos cuestiona si en verdad somos o no somos, si somos congruentes con las creencias de las cuales hablamos, si verdaderamente “obedecemos” a esos valores que brindan la auténtica libertad. Para contestar este inmenso enigma no hace falta que seamos sabios, ni héroes, ni santos: solamente tener el coraje de ser fieles.

“El rey de un lejano país cayó de su caballo y se lastimó severamente; perdió para siempre el uso de las piernas y se vio obligado a andar, desde entonces, con muletas. Era joven y arrogante y se sentía disminuido frente a sus súbditos. No podía tolerarlo: -Si no puedo ser como ellos -se dijo- haré que ellos sean como yo. Acto seguido ordenó, bajo pena de muerte, que nadie debía volver a caminar sin muletas jamás.

Los habitantes, temerosos de la crueldad de su soberano, acataron la orden sin protestar. Las calles se llenaron de inválidos y tullidos.

Nuevas generaciones nacieron y crecieron sin jamás haber visto a alguien caminar libremente. Y los ancianos fueron desapareciendo sin atreverse a hablar de sus antiguos paseos. Caminar pasó a ser solo un sueño de ebrios trasnochados o una fantasía de niños. 

Finalmente, el rencoroso rey murió. Aunque algunos ancianos intentaron dejar las muletas, no pudieron volver a caminar. Los músculos de sus piernas habían perdido la fuerza.

No demasiado lejos, en la cima de una montaña, vivía un anciano solitario cuyas piernas se habían mantenido fuertes. En cuanto oyó la noticia, arrojó las muletas al fuego y bajó hasta el pueblo. Pronto descubrió que nadie recordaba ya el antiguo arte del caminar. Instó a otros a que lo imitaran, mostrándoles que era posible. Los niños y los jóvenes se propusieron intentarlo. Por supuesto hubo caídas, fuertes golpes, heridas.

Vinieron los adultos y expulsaron al anciano: -Vete de aquí. ¿No ves el daño que les causas? 

El anciano regresó a su cabaña apenado. A la mañana siguiente, ocho jóvenes golpearon su puerta. Apoyados sobre sus muletas le dijeron: -Maestro. Quisiéramos aprender de usted. Queremos que nos enseñe a caminar sin muletas.

-Yo no soy un maestro. Solo soy un hombre con memoria que se ha mantenido fiel a sí mismo.

-Enséñanos eso, entonces.

El anciano comenzó a enseñarles a caminar sin otro apoyo que sus propias piernas. Y allí nació un nuevo poblado, una comunidad capaz de compartir una buena caminata.”