La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artilugio logramos sobrellevar el pasado.

Gabriel García Márquez (El amor en los tiempos de cólera)

Es posible que algunas parejas redescubran su relación a partir del confinamiento. Puede que para mejor, pero que en otras se generen conflictos, al permanecer mayor tiempo de exposición, sufrir falta de espacio, el contacto permanente con los niños y el aumento de estrés. Luego de la cuarentena tendremos las estadísticas, pero pareciera que la segunda opción podría ser más relevante y preocupante.

El amor de pareja es probablemente uno de los más complejos de entender, desde la definición del amor hasta su estudio a partir de la sociología, la psicología, la filosofía o la neurobiología. Sin embargo, en un idioma cotidiano la mayoría de personas probablemente entenderían al amor como proceso de unión de personas, con el fin de mantener una relación profunda y con tensión sexual de por medio.

Ese tipo de intencionalidad tiene diferentes sustentos cerebrales, estudiados con Resonancia Funcional y muestran, por ejemplo ,una activación del Núcleo Estriado (Núcleo Accumbens y Putamen); otro núcleo que lo conecta, llamado área tegmental, además de una activación de la corteza cerebral llamada ínsula.

Estas estructuras implican a la función de un neurotransmisor llamado dopamina, que se encuentra aumentado en los procesos de recompensa, es decir en funciones que en general emocionan la gratificación y el deseo de repetición Entonces esta sustancia está implicada en satisfacciones fisiológicas como el comer, la sexualidad o funciones lúdicas. Su desmesura funcional lleva al consumo patológicos, a ludopatías a hipersexualidad, especialmente por un sobrefuncionamiento de una actividad fisiológica. De ahí a que se compare al amor obsesivo como una especie de adicción. Con sufrimiento, necesidad y abstinencia similar.

El amor es una función gregaria que incumbe primitivamente el afecto positivo, pero puede imbricar cuestiones más complejas; como las relacionas filiales constituidas especialmente cuando el Homo sapiens se constituye sedentario.

Menos del 5% de la existencia del humano en este mundo fue sedentaria. De 300.000 años sólo aproximadamente los últimos 10. 000 conformó estructuras territoriales fijas de pequeñas poblaciones, para luego crecer a urbes.

Esto llevó a procesos más complicados de las relaciones interpersonales, asociadas al mismo tiempo a la apropiación de la tierra de grupos, que fueron conformando conjuntos tribales, luego transformados en pequeñas ciudades.

Este ciclo de menor a mayor se le agregó su impacto cultural, generando procesos intersubjetivos y comunitarios complejos, mucho más heterogéneos que los grupos primitivos que se juntaban para cuidarse o con el fin de una sexualidad reproductiva. Como sucede con manadas de primates o en nuestros antecesores.

El amor requiere de aprendizajes culturales que variarán según épocas y tiempos. Aunque sin embargo tienen la base de la funcionalidad instintiva básica neurobiológica.

La memoria emocional

Otras de la base mnésica del amor, además de la memoria de recompensa, es la “memoria emocional”, ubicada principalmente en otra estructura cerebral que es el núcleo amigdalino del lóbulo temporal, que expresan los procesos corporales de la emocionalidad, tanto en la angustia como en la felicidad.

Esta memoria se encuentra asociada con un tercer tipo de recuerdo, la “memoria consciente o declarativa”, que permite recordar el evento afectivo, relacionada con el hipocampo cerebral. La cercanía entre amígdala-hipocampo explica por qué los recuerdos sobre el amor, pueden quedar sellados a fuego. Por el hipocampo pasa la memoria declarativa, es decir, desde acordarse qué día es hoy hasta la cara de una pareja. Para que la información declarativa pase por el hipocampo y se distribuya en el cerebro, debe haber un contexto emocional: por ejemplo, una situación atípica y desconocida vivida con ese gran afecto. Cuando la amígdala detecta ese contexto emocional envía neurotransmisores al hipocampo, que se encuentra muy cerca anatómicamente. Así se incorpora en la memoria como fenómeno de fijación.

Todas estas memorias interaccionan con la corteza cerebral, que llevara raciocinio consciente a todo este proceso. Aunque a veces podría agregar mayor confusión, dado la complejidad y el aumento de variables que le otorgará el intelecto a la emoción básica amorosa. Lo análisis que se realiza desde diferentes situaciones o técnicas utilizará las cortezas cognitivas para saber qué sucede con las memoria de recompensa (sexual), la emocional (afectiva) y la declarativa (recuerdos conscientes).

El grupo del neurocientífico Semir Zeki de la University College de Londres sugiere que la corteza prefrontal le agrega crítica a nuestra emoción, pero el amor genera una hipofuncionalidad de esa corteza, lo cual justifica la famosa frase que “el amor es ciego”. Esta estructura cotical difiere cuando se odia, pues continua prendida . Estructuras como el estriado y la ínsula se mantienen prendidas tanto el amor como en el odio, otorgándole carga afectiva a ambas pasiones. Pero sólo el prefrontal mantendría actividad durante odio, dada la necesidad de concentrarse cognitivamente en la actividad del otro, diferente al afecto positivo, cuando bajaríamos la guardia.

Existen además hormonas que regulan el afecto. Como la oxitocina relacionada con conductas gregarias y el apego. Puede secretarse, en el afecto familiar, en el amor de pareja y también con las caricias hacia una mascota, como un perro.

Se relacionada a la oxitocina con la afectividad social, de hecho se la llama la hormona del abrazo, tan ajena a la posibilidad actual. La respuesta a esta hormona facilita la cohesión grupal, cuestión experimentalmente observada en los ratones de pradera; que mantienen una conducta fiel a su familia versus los de montaña, que no lo hacen y presentan una menor respuesta a esta hormona.

Un estudio realizado por Dirk Scheele de la Universidad de Bonn describe que esta hormona no solo está implicada en la satisfacción de la relación afectiva interpersonal , sino que que si algún probando esta en pareja y es reforzado con oxitocina, esta hormona lo aleja de la tentación de acercarse a una persona atractiva. Es decir que no sólo se refuerza ante el afecto, sino que disminuye la atracción por otro congénere. De ahí a que está sustancia sea mencionada por muchos autores como un químico de la fidelidad, algo por cierto un tanto reduccionista.

Las relaciones afectivas están condicionadas por los diferentes tipos de personalidades. Las personas con rasgos “obsesivos o histriónicos” serán más pasionales y celosas, las “narcisistas” más egoístas, los retraídos le darán poca relevancia a la relación, entre otras cuestiones.

La respuesta al amor no correspondido o la ruptura de una pareja dependerá de la interacción de funciones cognitivas y emocionales: memorias, razonamiento, afecto y características de la personalidad.

Los conflictos de ruptura pueden aumentar en el confinamiento, dado los distanciamientos o por lo contrario el aumento del contacto intrahogar, pudiendo generarse duelos afectivos con shock, negación, enojo y recuperación. Esta última etapa y la de enojo, puede producir mayores riesgos para sí o terceros, especialmente en personas con cierta predisposición psicológica más aún en estos tiempos de encierro.

La cuarentena produce problemas de espacio, de estrés agudo casi cronificado, sobrecarga de información, competencia por las mismas estructuras, aumento de labores intramuros, novedades desconocidas del otro y pérdida de autorrealización. Este combo puede constituir un alto riesgo para las relaciones afectivas.

Algunos afectos podrán afianzarse, pero los que se encontraban en conflicto pueden eclosionar. Solicitar apoyo a especialistas en salud mental y aumentar la expectativa de un fin cercano del encierro deben ser puntos claves. No es asertivo tomar grandes decisiones durante una crisis, pero a veces se torna inevitable. Es aconsejable en esos casos pedir ayuda.

*Neurólogo Cognitivo y doctor en Filosofía. Prof. Titular UBA . CONICET