"El hombre es un animal político" - Aristóteles

La actividad política, sea en condición partidaria, académica o empresarial, requiere de una personalidad especial. Precisa de una mezcla de matices para generar un cierto grado de éxito. La instancia política puede realizarse para convencer, pero también para agigantar diferencias (una grieta) o para relacionarse, establecer una idea en común que acerque a la tolerancia y el acuerdo, generando asociaciones colaborativas que han sido claves en el desarrollo instinto gregario, y de los paradigmas culturales y morales de las sociedades primitivas

Esto se repite en sociedades desarrolladas que respetan los derechos de sus congéneres a partir de valores construidos con el acuerdo social, lo cual requiere de aprendizaje, innovación, transmisión y consenso.

Adam Smith adelantó en el siglo XVIII que la base de la teoría social se encuentra en la relación de ponerse en el lugar del otro para poder entenderse uno mismo. En ese sentido, la empatía sería el epifenómeno de este proceso. Habría que diferenciar el proceso empático que tiene que ver con emoción del otro del proceso de meditación de benevolencia positivas, que implica meditar en pos del beneficio emocional del otro. El proceso empático posibilita angustiarse y confundirse, a diferencia de la meditación benevolente que siempre conlleva afectos positivos.

Un planteo diferente fue el formulado por el fenomenólogo Edmund Husserl acerca de un proceso diferente a la empatía llamado "impatía", que implica primero identificarse a uno mismo para luego poder incorporar al otro. Este proceso deja la idea de primero pensarse para luego poder capturar al otro.

Existen personas que son más influyentes que otras sobre los grupos que integran. Esta situación puede ser comparada con la conducta gregaria de los mamíferos (muy parecida a la de los humanos), en los que se observan miembros dominantes alfa que generan su influencia sobre el resto del grupo.

De todos modos, existen manadas que no presentan estas características, como los monos bonobos, que no tienen un líder preciso, a diferencia de otro tipo de chimpancés que sí lo detentan y son mucho más agresivos.

A la hora del liderazgo, estos procesos se estudian desde diferentes actividades. El ser humano es el ser biológico más social de la naturaleza. Ha desarrollado grupos gigantescos en urbes, en los que se necesita organización. Existe una regla sobre esto: cuanto más cerebro, más sociabilidad. Parte de esta regla consiste en organizarse en dirigentes y subordinados, con sus propias características. Ambos grupos deben atender el bienestar común, pero también el individual, y en esa tensión deben manejarse.

En el cerebro humano existen unas células muy importantes, que se observan también en primates y en cetáceos, que son más que las neuronas comunes. Estas células llamadas "de Von Ecónomo", por su descubridor, estarían relacionadas con la capacidad de autoconciencia, empatía y sociabilidad. Se encuentran solamente en zonas relacionadas con estos procesos: la ínsula, la corteza cingulada anterior y la corteza dorsolateral. Son muy pocas: solo 300.000, aproximadamente, contra las cera de 100.000 millones que tiene el cerebro humano.

Joris Lammers, psicólogo de la Universidad de Colonia e investigador en relaciones del poder, plantea que dos grupos de personalidades pueden llegar al liderazgo. Uno de ellos es bastante problemático, como el compuesto por narcisistas, maquiavélicos y psicópatas, la llamada tríada oscura de la personalidad. Este grupo abusa del su posición, utiliza a los otros para conseguir el bien propio y llegar al poder. Este grupo no duda en realizar mentiras o artimañas para mantenerse en la cumbre en forma perenne.

Aunque tienen ciertas debilidades importantes, sus integrantes soportan mucho menos las críticas y se angustian frente a ellas, aunque generalmente sin modificar sus decisiones. Castigando a los que los critican, aplacan los instintos primitivos de lucha y competencia, ya que estos líderes son mucho más susceptibles a la recompensa que al castigo, mucho más si ese liderazgo se prolonga.

El otro grupo pertenece al de los extrovertidos prosociales. Estos tienden más al bien común y al apoyo de los logros generales, aplicando más los instintos de altruismo y de cuidado, a diferencia de los anteriores.

La prolongación de la actividad de conducción y la combinación con la otra tríada oscura de la personalidad sería una mezcla muy compleja. Esta coyuntura puede hacer que la misma persona empiece a mostrar su personalidad oculta, reñida con la ética.

Adam Galinsky, psicólogo de la escuela de negocios de Columbia y estudioso de los factores de poder, sostiene que el éste sería parangonable a un acelerador. Nos motiva y lleva para adelante, pero se debe regular. Es decir, dejar en una velocidad con capacidad de volanteo, para poder cambiar una decisión. Para ello necesitamos tener una correcta autocrítica (metacognición), no tomar riesgos excesivos y entender lo que le sucede al otro (cognición social).

El imperativo categórico kantiano plantea que la forma idónea de actuar moralmente es como si nuestra conducta se convirtiera en una norma universal, adelantándose a los principios de neuronas en espejos, las que nos hacen sentir empáticamente lo que siente el otro en forma inconsciente. Tal vez esto falte en personas que actúan antisocialmente, no pudiendo entender al otro como a sí mismo, dado que no poseen ningún mecanismo neuronal especular empático.

Dacher Keltne, estudioso del tema y miembro de la Universidad de California, plantea que las personas con y sin poder viven en mundos distintos. El no poderoso actúa más sensible al castigo, pensando en las necesidades de los demás y siendo más cohibido.

El poderoso, por el contrario, tiene mayor propensión a la acción intuitiva y a infringir las instancias sociales. Parecería que el poder genera mayor tranquilidad sobre los posibles castigos que se podrían sufrir ante el quiebre de las normas establecidas socialmente.

Refrenda esta posición otro estudio de la Universidad de Lousana, quien plantea que cuando más influencia tienen las personas, menos éticas son sus decisiones. En una investigación en la que se usó el llamado "juego del dictador" se evaluó la toma de decisiones en diferentes situaciones de control sobre los demás. Así, en situaciones de poder se arriesga más ante la duda y se abusa de terceros, pues se detenta más sensación de asertividad y menor necesidad de escrúpulos.

Es decir, arriesgamos más cuando nos sentimos poderosos. Muchos son los trabajos que observan que los sujetos se tornan más motivados ante el estímulo de poder, quiebran las normas, se arriesgan más y se interesan menos por el otro. Se plantea así: "Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago" (utilizando una doble vara), lo que se agrava con la prolongación del poder no controlado.

La asertividad en política requiere de un buen equilibrio entre las características de la personalidad, la inteligencia y lo emocional. Se debe conservar la autoconciencia, así como también la cognición social. Los aciertos en las tomas decisiones a mediano y largo plazo requieren de empatía, con la suficiente capacidad de armonizar emociones de conductas racionales.