Hemos crecido en la cultura de la discusión, de ese estar irritados por todo y no aceptar una diferencia de opinión. Hay discusiones que pueden llegar a ser realmente desesperantes. A veces, en lugar de utilizar argumentos racionales o ceñirnos a los hechos, hacemos uso de argumentos poco honestos o que apelan a las emociones en lugar de a la razón. Estas falsedades, a pesar de parecer válidas, no lo son. La "falacia" es un error en el razonamiento, un fallo que se produce cuando damos argumentos en apariencia creíbles pero que en realidad, son completamente falsos. Son líneas equivocadas aunque no es raro encontrarlas apoyando a diferentes posturas. 

Desde hace siglos, se ha intentado identificar diferentes formas de argumentar equivocadas que, en apariencia, pasan por acertadas. Al contrario de lo que se creía hasta ahora, nos dejamos llevar por tendencias inconscientes.

Alguna de estas falacias, concretamente, consiste en tomar y tergiversar un argumento válido de nuestro rival por otro que se le parezca, pero esté equivocado. De esta manera, es más sencillo rebatirlo y hacer perder credibilidad a la otra persona. Por lo general, se suele utilizar para defender ideologías políticas, religiosas y sociales. La intención y el objetivo que hay detrás es la de no tener que enfrentarse a los argumentos de otra persona. 

La falacia "ad hominem" es otro tipo de abuso. Se basa en ese estilo de diálogo donde, tras dejar claros nuestros argumentos o ideas, alguien decide atacarnos no por aquello que hayamos dicho, sino por lo que somos: por nuestro físico, género, raza, religión o personalidad. Da forma a un tipo de recurso tan común donde alguien elige confrontarnos, no por los fundamentos que expongamos o defendamos, sino por cualquier aspecto ajeno al propio argumento. Es el intento irrespetuoso de desacreditar a alguien a toda costa, "juego sucio" que no aporta razones válidas para rebatir una posición o conclusión.

En la comunicación cotidiana, mantener opiniones opuestas sobre un tema es natural. Estar en desacuerdo, poder expresarlo y que nada cambie es un regalo. Tener una amistad, una relación de pareja o un familiar con quien disentir en diversos aspectos y que ello no derive en discusiones o distancias es un alivio y un ejercicio de bienestar. Hay quienes viven los desacuerdos de manera sobredimensionada, quizás porque tienen un exceso de ego y no los toleran. "La capacidad de escuchar a gente inteligente que no está de acuerdo contigo es un talento difícil de encontrar", decía el escritor Ken Follett. 

Existen distintos tipos de comunicación que usamos las personas cuando hacemos frente a un desacuerdo. El que culpa y ridiculiza agresivamente, el que tiende a ningunear aquello que la otra persona opina o defiende. El que se abstiene, el que calla para no romper la relación. El que desvía la atención y cambia de tema. Asumámoslo, nada es tan satisfactorio como tener a nuestro alrededor a personas con las que estar en desacuerdo sin que nada cambie. Ser capaces de escucharnos sin acumular tensiones, sin malas palabras, sin emociones negativas que a la larga crean distancias.

Muchos, al discutir, tienen más interés en atacar un pensamiento ajeno que en defender el propio. Tal vez por eso necesitan gritar. Si suena más alto, imponen más. Y de eso se trata, de intimidar, de forzar y desprestigiar. Ni qué decir cuando hablamos de los públicos "debates"; acaban por destrozar cualquier buena imagen. Disputar es discutir con violencia, es competir. 

Deberíamos aprender a proponernos. Sin imposiciones. Pero claro, para eso, hay que tener argumentos. Algunos deciden que una discusión se gana con la voz más alta, que normalmente también es la más vacía de contenido. Quien grita, prefiere escucharse poco. Quien grita cubre las carencias de información que tiene. Quien grita, tiene en sus voces y palabras malsonantes sus mejores y únicos argumentos. Y por lo visto, en las discusiones y en los debates que vivimos, comunicarse es de las últimas cosas que interesan.

"Cuatro viajeros provenientes de distintos países que seguían la misma ruta juntaron el poco dinero que tenían para comprar comida.

El persa dijo: -"Compraremos angur"

El árabe contestó: -"No, yo quiero inab"

El turco no estuvo de acuerdo y exclamó: -"De eso nada, yo comeré uzum"

El griego protestó diciendo: -"Lo que compraremos será stafil"

Como ninguno sabía lo que significaban las palabras de los demás, comenzaron a pelear entre sí y mientras más gritaban más crecía la pelea. Tenían información y capacidad de elevar la voz, pero carecían de conocimiento y de respeto.

Pasó por allí un hombre que dijo: -"Yo puedo satisfacer el deseo de todos ustedes, denme su dinero."

Los viajeros accedieron a la solicitud del recién llegado. Al cabo de un rato, el hombre regresó con aquello que todos habían mencionado sin saber que se referían a lo mismo: uvas."