El problema filosófico del libre albedrío tiene muchas caras, que tocan diversas disciplinas. Una de ellas es la armonización entre libertad y destino. El destino no está escrito en las estrellas, el viento o la tierra. Nuestro porvenir sólo puede ser plantado, regado, cuidado y recogido por nosotros mismos. Ningún inmenso poder decide por nosotros. En nuestras capacidades personales hay fuerza suficiente para corregir un destino que no nos gusta. Nosotros decidimos qué queremos hacer con nuestra vida, nuestro mundo y nuestro entorno. Solo nuestro corazón y mente tienen la habilidad de escribir nuestra autobiografía.

En ocasiones, pensamos que nuestra vida ya está condicionada y que no podemos hacer nada para cambiarla. Sin embargo, somos responsables de la vida que hemos elegido. Los límites nos los imponemos nosotros mismos. “El que puede cambiar sus pensamientos puede cambiar su destino”, decía Stephen Crane. No siempre queremos esforzarnos en derribar todos esos límites. 

Durante todas las etapas de nuestra vida encontraremos dificultades, dolores, angustias, pérdidas. Pero, no le echemos la culpa al destino puesto que tenemos la fuerza y capacidad necesarias para sobreponernos. Cuando asumamos nuestro propio riesgo de vivir, sabremos que no existe ningún destino que nos obligue a una vida que no deseamos. El destino se forma con nuestras elecciones; lo vamos labrando poco a poco. Con cada elección nos abrimos camino por un nuevo sendero. “El destino no es lo que te va a pasar, sino lo que tú quieres que te suceda”.

Casi todos hemos caído en la tentación de adjudicar al “destino” algunos de nuestros logros y nuestros fracasos. Nada más fácil que responsabilizar a la fatalidad de lo que nos sucede. Es una fórmula casi mágica, que todo lo explica y todo lo justifica. De esta manera, prácticamente todo lo que hacemos carecería de sentido y nos libraríamos de nuestra responsabilidad. El destino no es cuestión de casualidad sino de elección. Aceptar que todo está escrito de antemano es renunciar a la libertad y a la vida misma.

Cada uno está condicionado por sus propias elecciones. Porque la vida no se teje en las estrellas, sino en nuestra propia realidad y en el día a día. Tomar algo y dejar algo: esa es la rutina. Pero pocas cosas son más complicadas que tomar una decisión cuando todas las opciones que tenemos ante nosotros son malas. Elegir entre lo malo y lo peor nos coloca ante un dilema que casi todos hemos vivido alguna vez. 

El dilema de la “manta corta” está de plena actualidad. Solo tenemos dos opciones: taparnos los pies o cubrirnos la cabeza. No podemos elegir ambas cosas al mismo tiempo. Elijamos lo que elijamos, el resultado siempre será el mismo: sentiremos frío. Lo cierto es que en nuestros escenarios personales, no siempre tenemos que elegir solo entre dos opciones. Una de las trampas que encierra esta premisa es hacernos creer que estamos supeditados a tener que elegir solo entre dos caminos. Este dilema es, en determinadas ocasiones, un tipo de manipulación social. Buena parte de nuestros medios nos obligan a tener que elegir, por ejemplo, entre izquierdas y derechas, entre economía o salud, entre energía nuclear o industria renovable, entre ser feminista o ser machista. 

No siempre hay que elegir entre lo malo y lo peor. Entre un extremo y otro hay puntos intermedios, hay más opciones. El mayor problema de las personas está en el miedo a la hora de tomar decisiones; cuando el temor invade nuestra mente, es muy difícil ver más de dos opciones. El dilema de la manta corta nos hace creer que el problema de todo está en la propia manta. En que es demasiado corta. Sin embargo, tengámoslo claro, el auténtico problema es que tenemos frío y para ello, hay muchas más formas a fin de entrar en calor. Más allá del contexto, más allá de la situación, siempre hay más de dos opciones. Hay que elegir, pero no siempre hay que elegir entre lo malo o lo peor.

“Hace mucho tiempo, un anciano general se dirigió a defender a su pueblo, con su pequeño ejército, frente a un invasor muy numeroso. Sus soldados estaban desmoralizados. Cerca del lugar de la batalla había un templo del que se decía que tenía la capacidad de vaticinar el futuro y conceder favores: las personas acudían allí para orar y meditar. Cuando se salía del santuario era costumbre lanzar una moneda al aire; si salía cara, se cumplían los favores que se habían pedido. El anciano general fue al templo y rogó ayuda de Dios para que fuese favorable a su ejército. Al salir del templo, lanzó la moneda delante de sus soldados y salió cara. Sus guerreros, envalentonados, se dirigieron rápidamente a la batalla y contra todo pronóstico, la ganaron. Cuando la lucha se acabó, un lugarteniente del anciano general le dijo: -Estamos en manos del destino, nada podemos hacer contra aquello que decide Dios. El general contestó: -Cuánta razón tienes, amigo mío. Y le enseñó la moneda: tenía dos caras. -Es bueno andar por la vida con una moneda de dos caras. El futuro se debe construir pues tenemos la capacidad de ser guionistas y protagonistas de nuestras propias historias.”