Es necesario entender que nuestro mundo está entretejido de perspectivas, de modos de sentir, de opinar, de razonar y de apreciar cada realidad que nos envuelve. Gracias a la psicología, hoy conocemos fenómenos muy curiosos referidos a la manera que tenemos de pensar, relacionarnos y vivir en sociedad. 

Decía Napoleón que no hay que tener miedo de quienes piensan de manera diferente; habría que temer de aquellos que guardan silencio y evitan decir lo que piensan. Algunos de nosotros lo hemos hecho en ocasiones; cuando estamos con una o varias personas que hablan y opinan sobre cosas con las que no estamos de acuerdo, optamos por callar. Nos convencemos de que es mejor quedarnos a un lado, asentir con la cabeza y dejarlos hablar. 

Ya desde niños nos damos cuenta de que, a veces, expresarse de manera diversa genera grandes problemas. Algunas personas, al opinar de modo diferente en determinados temas, se sienten no solo distintas a nosotros, sino por encima de nosotros. Es como si una mirada alternativa les diera autoridad moral. En esas circunstancias, cuesta mucho comunicar y alcanzar acuerdos. 

El diálogo es un maravilloso ejercicio de civismo, ahí donde confrontar ideas, relativizar enfoques y, en ocasiones, alcanzar consensos. Así, en un escenario social cada vez más complejo y dinámico, saber comunicar con quien opina diferente es una valiosa herramienta psicológica. Deberemos entender que, a veces, no cruzaremos juntos los mismos puentes. No obstante, ello no significa que, en un momento dado, lejos de existir diferencias insalvables, cabe hasta la posibilidad de un acuerdo. 

Se denomina consenso al acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos. No es una mayoría, ya que cuando ésta se pone de acuerdo existe una minoría que disiente; en el consenso no hay disenso. Sin embargo, muchas personas tienden a sobreestimar el grado de acuerdo que los demás tienen con ellos. Presuponen que sus propias opiniones, creencias y predilecciones están entre las más elegidas y apoyadas ampliamente por la mayoría. Es una orientación  que exagera la confianza de los individuos en sus propias ideas, aun cuando éstas sean erróneas o minoritarias.

Es el fenómeno del “falso consenso”. Éste nos lleva a pensar que la mayoría actúa y juzga como nosotros. Creemos que nuestra forma de pensar es la “normal”. A su vez, las otras formas diferentes son “raras” o, en todo caso, son evidencia de una especie de error o dificultad. Vemos a quienes son diferentes como gente que se aparta de “lo normal”. De esta forma, aumenta nuestra autoconfianza. Pensar que los demás opinan igual que nosotros nos puede hacer sentir más “aceptados” o más “equilibrados”.

El “efecto del falso consenso” también se explica como un mecanismo que nos permite mantener el equilibrio emocional. Todo tiene que ver con lo mismo: sentirnos aceptados, elevar la autoestima y potenciar ese equilibrio interno que buscamos de manera constante. Hay algunos que lo plantean como un mecanismo de defensa espontáneo y automático. Freud lo bautizó con el nombre de proyección; implica atribuir a los demás (para bien o para mal), ideas y sentimientos propios. Las personas tendemos a buscar opiniones que sigan nuestra misma línea y a ignorar o despreciar las que se alejen de nuestras ideas. Así, por ejemplo, una persona de una ideología política determinada piensa que esa ideología es la que más predomina en el país o en el mundo. O alguien de determinada religión, cree que los miembros de la misma son más de los que realmente existen.

Basta con pensar de una forma, para creer que los demás también lo hacen. Estamos tan concentrados en nuestra propia visión, que nos cuesta trabajo ponernos en el lugar de otros para ver la realidad desde otras perspectivas. Dicho de otro modo, vemos el mundo y a los demás como una prolongación de nuestro yo, aunque sea una mentira. Y tenemos miedo de no estar de acuerdo con todos, aunque sea una falsedad.

“Había un rey que se preocupaba mucho por su vestuario. Dos charlatanes le dijeron que podían fabricar la tela más suave y delicada que existía, añadiéndole la capacidad de ser invisible a los ojos de necios e incapaces. Pretendían quedarse con los materiales y el dinero que solicitaban. Por eso, comenzaron a hilar la inexistente tela y a simular la confección del vestido. 

El emperador, que se sentía inseguro de su capacidad, mandó a dos hombres de confianza para que la valoraran. Inmediatamente comenzaron a alabar la tela porque no querían demostrar la supuesta incapacidad para ejercer su cargo. Toda la ciudad estaba ansiosa por ver la prenda para demostrar cuáles eran los verdaderos ineptos.

Llegó el día. El emperador se vistió con la inventada prenda y salió a mostrarla a los pobladores de la ciudad. Nunca dijo que no la veía, pues tenía miedo de admitir que era necio e incapaz. Todas las personas, a pesar de no ver nada, alabaron el traje, para demostrar su capacidad e inteligencia. De repente un niño gritó: El emperador va desnudo! Todos se dieron cuenta de que estaban apoyando una mentira y avergonzados dejaron el desfile”.