Que lo llamen como quieran: pereza, desidia, desmotivación, ociosidad. A veces estamos tan abrumados y sobrecargados que el panorama nos paraliza. Sin embargo, sea lo que sea, el resultado es siempre el mismo: inmovilismo ante las tareas pendientes. Es un bloqueo que parece ser contagioso. En ocasiones, nuestra familia, amigos o compañeros de trabajo nos proyectan ese mismo desánimo o apatía a la hora de iniciar una actividad. 

Hay una clase de desgaste psicológico basado no en el exceso sino en la ausencia. Concretamente, la ausencia de energía y de voluntad. Esta sensación de estancamiento emocional se suele plasmar en un pensamiento muy simple: "no tengo ganas de nada". Algunos terminan siendo artesanos del “dejar para el año que viene lo que deberían haber hecho ayer”. Mejor posponer que afrontar. Si algo nos exige mucho, mejor dejarlo para mañana. 

“Me cuesta ponerme a hacer las cosas”. Muchas personas, especialmente en épocas de crisis, comparten esta sensación. Es como si de pronto, el ánimo, la iniciativa e incluso los deseos, se hubieran escapado, dejando lugar a una apatía constante. Imposibilita rendir en el trabajo, disfrutar de nuestras relaciones e incluso proyectar objetivos a largo plazo. Este tipo de realidad no es algo trivial. Esa falta de ganas e incluso de ilusión cotidiana es como el óxido que impregna nuestro músculo mental y lo debilita poco a poco. 

El peligro aparece si nos habituamos a sentir esa flojera o esa falta de empuje. Cuando pasamos por esas épocas en que las preocupaciones son abundantes y los días de calma escasos, el cerebro puede recurrir a los clásicos bloqueos por estrés; cuesta pensar, atender, reaccionar, responder. Cuando no estamos motivados o concentrados todo parece que cuesta el doble o el triple. Nos detenemos cada dos minutos, suspiramos e intentamos que vuelvan las ganas de continuar. Pero parece que éstas, de vez en cuando, se van de vacaciones.

“No encuentro ánimo ni motivación”. La procrastinación, o sea, el postergar una tarea, es una mala compañera de vida porque logra incrementar las emociones negativas. El hábito de posponer nos lleva a retrasar o aplazar, innecesariamente, actividades importantes, para otro día o momento. Caer en la pereza, en el abatimiento, en la desgana o en el “dejar pasar” juega significativamente en nuestra contra. 

Hay tareas muy importantes que siempre estamos postergando: “mañana empiezo”, “de mañana no pasa”… y ese mañana se va trasladando al futuro, día tras día, y a veces, en el peor de los casos se convierte en un “nunca”. Postergar el comienzo de una dieta, la revisión del coche, ir al médico, eso que nos gustaría decir a alguien y que nunca decimos, estudiar, empezar a comer más sano, hacer deporte. Todo aquello que engrosa nuestra lista de tareas pendientes. Somos las personas del mañana.

Las ilusiones subyacentes a esta perspectiva cuentan con que “más tarde será mejor” y que las acciones evitadas se encontrarán hechas mágicamente o habrán desaparecido. Descubrir qué nos motiva es un trabajo difícil, ya que nace de nosotros mismos. Es encontrar sentido a lo que hacemos y perseverar en lo que queremos conseguir. La motivación no se alimenta de los sueños que no se puedan cumplir, sino de aquellos que podemos hacer realidad. 

No hagamos una larga lista de cosas que se tropiezan en nuestro camino y que “nos impiden” llevar a cabo aquello que teníamos pendiente. La vida nos enseña que muchos de los eventos de nuestras circunstancias dependen en gran parte de nuestra decisión firme de luchar para conseguir los objetivos. No dejemos nada para más tarde, puesto que dejando siempre todo para más tarde podemos perder los mejores momentos, las mejores experiencias, los mejores amigos, la mejor familia. El día es hoy, el instante es ahora. No dejar las cosas para el último momento; “deadline” le llaman los anglosajones, literalmente la “línea de la muerte”. 

“Un ratón entró de noche en una tienda. Olía todas las cosas buenas que había allí dentro: la mantequilla, el queso, el tocino, el chocolate, el pan. Así que se levantó sobre las patas traseras estirando el hocico y soltando un silbido de alegría. Pero, ¿con qué debería empezar primero? ¿Por dónde iban sus ganas? Le iba a hincar el diente a un paquete de mantequilla pero, desde algún lado, le llegó el aroma riquísimo a tocino y decidió dejarla para después. Aunque también se hizo presente el olor irresistible del queso. A punto de empezar a devorar el queso le invadieron las fragancias del chorizo, y luego las de las zanahorias frescas. Listo para darse un banquete con ellas, desde algún lado le llegó el aroma de las nueces. Y así fue dejando todo para más tarde, no sabía por dónde empezar. El pobre ratón corría de un lado a otro. Y de repente se hizo de día. La gente entró en la tienda y echaron de allí al ratón. Él mismo les contó después a los otros ratones: “Nunca jamás volveré a esa tienda. Es como la vida; cuando al fin tenés ganas de comer y sabes qué querés, te echan fuera”.