Vivimos en una sociedad que nos transmite a menudo la idea de que debemos quedar siempre bien con los demás. Nos aterra decepcionar. Sin embargo, nos hacemos mucho daño con este pensamiento porque consigue que nuestro foco principal sean las necesidades ajenas, quedando en último lugar las nuestras; y eso afecta directamente a nuestra autoestima. 

Todos sentimos la necesidad de ser aceptados y reconocidos. Pero no podemos pagar cualquier precio por cumplir con las expectativas de los demás. Pensemos por un momento en nuestras decisiones vitales: el lugar donde vivimos, el trabajo que desempeñamos o la situación sentimental que mantenemos. Muchas personas terminan construyendo su realidad en función de lo que otros esperan de ellos. Y es que el miedo a decepcionar es más fuerte de lo que pensamos. Seguramente conocemos a algunos que se ven obligados a dedicar tiempo a actividades y personas que no los nutren ni les apetecen. Nadie se ha vuelto loco ni es masoquista; existen razones de peso que nos llevan a querer complacer a los otros. 

El desarrollo del sentido del yo y del vivir en sociedad, tiene presente las reacciones de los demás hacia nosotros. En este caso, la vergüenza puede aparecer al sentir que no respondemos a las expectativas de los otros. El miedo a decepcionar no surge de la nada, sino que se ha ido forjando a lo largo de nuestra historia como un elemento evolutivo. Muchos adultos sienten un miedo muy intenso a no alcanzar el horizonte que otros han dibujado para ellos. 

Tenemos miedo a defraudar a la familia y a los amigos; a decepcionarlos con alguna de nuestras decisiones o comportamientos. Quien tenga ahora mismo este tipo de inquietud o preocupación en mente, se halla en una encrucijada vital estresante. Por un lado, están los propios sueños y los anhelos. Y en la otra parte, figuran muchos que vetan expectativas y a los cuales se les confiere un excesivo poder. En ocasiones, hasta se puede entender que aquello que soñamos y necesitamos es secundario. No hay peor circunstancia que la de vivir con miedo y no hay sufrimiento más inútil que el temor a decepcionar a segundas personas.

Madurar es un historial de muchas decisiones. Hacerlo sin el temor de quedar mal con algunos. Al dar este paso, también sucede otra cosa: el miedo se apaga para quedar liberados. Defraudar no siempre es sinónimo de herir a alguien. No lo es, si lo que hacemos consiste, simplemente, en seguir el dictado del corazón, en actuar de acuerdo a los propios valores y decidir en base a nuestros sueños y deseos. Nada de eso es lesivo, hiriente o catastrófico. A la larga, es mucho menos dañina la disonancia con las expectativas de los demás que la disonancia con lo que realmente nos hubiera gustado haber elegido.

Quien teme decepcionar a alguien y focaliza su existencia en la necesidad de complacer, vive del refuerzo externo. Son personas que necesitan del “muy bien, estoy orgulloso de ti” o “estupendo, esa decisión que has tomado es la mejor”. Esta forma de validación invalida, limita potenciales y libertades cuando dejamos sujeta la vida entera a obtener esas palmadas en la espalda. El miedo a defraudar no es otra cosa que miedo a vivir y como cualquier temor, debe afrontarse.

Debemos acostumbrarnos a reforzar nuestra conducta en base a los propios objetivos y deseos. La única manera de tener una vida significativa, feliz y realizada es atender al propio horizonte. Liberarnos de las exigencias que los demás tienen hacia nosotros ya es un gran paso, una tarea difícil que requiere de mucho valor. Si además logramos entender que no hemos fracasado y que la decepción y la frustración es de los demás, habremos aprendido además que no podemos vivir constantemente tras esa máscara, y acabaremos por despertar de nuestro letargo.

Si funcionamos con el miedo al qué pensarán o qué dirán, acabamos por no gestionar nuestra propia vida, permitiendo que los demás tomen las decisiones por nosotros. Lo verdaderamente importante es que no quedemos mal con nosotros mismos. Así, decepcionar a los demás habla bien de nosotros y de nuestra autoestima porque estamos apostando por nuestros deseos y necesidades. 

Un resumen de un bello poema de Chaplin puede ayudarnos: “Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Hoy sé que eso tiene nombre… Autoestima.

Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… Autenticidad.

Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… Amor hacia uno mismo.

Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero…, cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es… ¡Saber vivir!”