Lo que hacemos y el ámbito en el que trabajamos son factores importantes de nuestra identidad, pero no nos definen por completo. Nuestro “yo” de hoy es sólo una versión circunstancial de los muchos “yo” que podemos ser, porque siempre estamos en tránsito, construyendo identidad con nuevas experiencias y nuevos aprendizajes.

El trabajo no nos define como personas y sin embargo es, en gran medida, nuestra carta de presentación. Es muy común darnos a conocer diciendo nuestros nombres y seguidamente nuestra ocupación. Pero lo cierto es que somos mucho más que nuestra tarea actual, somos mucho más que esa ocupación que llevamos a cabo muchas horas a la semana. Somos seres que sueñan, criaturas que aman, que leen, que adoran pasear, que trazan objetivos en el horizonte, que libran a menudo batallas en silencio.

La sociedad nos inculca, a menudo, la necesidad de ser “algo”. De hecho, a muchos nos han transmitido desde niños la idea de que el día de mañana debíamos ser “alguien” como si el mero hecho de ser, estar y existir no fuera ya suficiente. Vivimos en un mundo en el que las etiquetas lo son todo, y esto nos sitúa en dinámicas muy poco gratificantes. Ya desde el lenguaje confundimos el hacer con la identidad. Nos definimos con etiquetas vinculadas a nuestro mundo laboral o profesional; nos identificamos con los roles, posiciones, funciones y títulos, y también con los nombres de los lugares donde trabajamos, la cultura, la gente y los espacios físicos donde interactuamos. 

El trabajo se alza como el status que uno adquiere en la sociedad. Las personas tendemos a edificar nuestra identidad a partir de la labor que desempeñamos a diario en nuestro trabajo. El trabajo no nos define como personas, pero nos sirve para explicarnos a nosotros mismos y para comprender al otro. De este modo, si alguien nos dice que es director creativo de una empresa de marketing daremos por sentado que es una persona innovadora, abierta, dinámica, original y hasta divertida. Cuando en realidad, puede que un artesano reúna estas y muchas más cualidades. 

Tenemos integrada una idea: la  necesidad de ser “alguien” para ganarnos la vida. Lamentablemente no faltan los que al sentirse fracasados en ese empeño acaban asumiendo que “no son nadie”. Trabajamos para ganarnos la vida, pero un trabajo no tiene por qué ser nuestra vida. El trabajo no nos define como personas, como tampoco lo hace la ropa que llevemos o si por la mañana tomamos café o no. Somos mucho más que aquello que hacemos cada día, porque eso que hacemos hoy, puede que no lo hagamos la semana próxima y aun así, seguiremos siendo los mismos. Seres únicos, excepcionales y maravillosos.

Nuestro potencial y nuestra valía conforman nuestra identidad. Nos define el ser buen amigo, buena pareja, buen padre o buena madre, buena persona. Lo que hacemos en nuestros puestos laborales es solo una parte de nuestro día a día. Asimismo, nuestra carrera o ese puesto que ahora ocupamos en una empresa no nos dice tampoco quiénes somos. La vida cambia y, de pronto, podemos estar desempeñando otra función. Y con nosotros irán nuestras pasiones, bondades, metas, recuerdos, esperanzas y anhelos. 

En la sociedad actual tenemos tendencia a ir con el piloto automático encendido y con el tramposo “modo hacer”. Mientras se nos enseña a ser productivos y a estar ocupados, nos desconectamos de nuestros verdaderos deseos y necesidades. Nos creamos una falsa máscara que define quiénes somos desde lo que hacemos o dejamos de hacer. Pero la diferencia está en el ser, no en el hacer. El “modo ser”, pasa por escuchar lo que necesitamos a nivel físico, emocional y mental. Tiene que ver con hacer caso a nuestro cuerpo, emociones y pensamientos. Cuando nos conectamos desde el ser, damos espacio a nuestro corazón.

“Una hormiga y una cigarra eran muy amigas. Durante el verano y el otoño la hormiga trabajó sin parar almacenando comida para el invierno. No aprovechó el sol, ni la brisa suave del atardecer, ni charló con los amigos tomando una cervecita. Mientras, la cigarra, que andaba cantando y bailando con los amigos en los bares de la ciudad, aprovechó el sol y disfrutó muchísimo sin preocuparse por el invierno.

Pasados unos días, empezó a hacer frío. La hormiga, exhausta de tanto trabajar, se metió en su pobre hormiguero repleto hasta el techo de comida. Alguien la llamó desde fuera y cuando abrió la puerta, se sorprendió al ver a su amiga la cigarra dentro de un importante auto y con un valioso abrigo de pieles.

La cigarra le dijo: -¡Hola amiga! Voy a pasar el invierno en París ¿podrías cuidar de mi casa?

La hormiga respondió: -Sí, claro... desde luego. Pero ¿dónde conseguiste el dinero para ir a París, comprar este auto y ese abrigo tan bonito y caro?

Y la cigarra respondió: -Estaba cantando en un bar la semana pasada y a un productor le gustó mi voz. Firmé un contrato para hacer actuaciones allá. 

Moraleja: Trabajar demasiado, sin disfrutar de la vida, sólo trae beneficios en las fábulas de La Fontaine”.