Desde hace un tiempo se habla mucho del "ninguneo". Es una práctica social consistente en descalificar a otra persona, por la vía de la indiferencia. Habla y es como si no dijera nada. Pide algo y es como si no lo necesitara. En una palabra, como si no existiera. Eso es ningunear: implementar conductas para dar a entender a alguien que no es nadie. Es una forma de violencia moral o psicológica, una expresión de crueldad que algunas personas o grupos creen tener derecho a desplegar. Equivale a la eliminación simbólica de alguien. 

La descalificación aplica para determinadas ideas o ciertos sentimientos. También para una persona e incluso hasta un determinado grupo social. "Esa manera de pensar es estúpida", "no es posible que sientas eso", "no se dan cuenta de que son perdedores". Es suficiente la indiferencia, para hacerle sentir al otro que no cuenta, sembrando allí un germen de violencia. 

La indiferencia es una agresión psicológica. Convierte a alguien en invisible, y lo lleva a un estado de auténtico vacío. Abunda excesivamente en muchos de nuestros contextos: escuelas, política, relaciones de pareja, familia e incluso grupos de amigos. Este "deporte" consiste en negarle existencia y mérito al adversario, como si eso sumara méritos al ninguneador. El efecto siempre es el mismo: dolor, sufrimiento, desesperanza y tristeza.  

El "dejar de lado" denota falta de interés, de preocupación e incluso falta de sentimiento. Y aparecen las implicaciones psicológicas. Tiembla nuestra necesidad de afecto, respeto, interacción, comunicación, aceptación, valoración y aprecio. Se cuestiona la conformación de nuestra autoestima y nuestra identidad. La indiferencia genera una fuerte tensión mental, ansiedad y estrés. 

Como seres sociales, dotados de necesidades emocionales, aspiramos a establecer una relación de constante reciprocidad con aquellos que nos rodean. Si en un momento dado empezamos a percibir silencios, frialdad y despreocupación, nuestro cerebro entrará en pánico. Nos avisará de una amenaza, de un miedo profundo y evidente: el de percibir que no somos amados, apreciados. La indiferencia está asociada a la insensibilidad y al desapego. Esta actitud es una de las más agresivas, crueles y dolorosas que podemos proyectar. George Bernard Shaw decía que "esa es la esencia de la inhumanidad". Aunque sea un proceso doloroso, nos ayudará saber que la tarea interior de nuestra felicidad, no puede depender de nada ni de nadie. 

Algunas personas pueden adoptar una actitud indiferente porque no somos lo suficientemente significativos para ellas desde el punto de vista emocional. Muchas veces utilizarán la indiferencia como escudo pues le temen al compromiso y no quieren tener ataduras emocionales. Y, mal que nos pese, hay personas conscientes y particularmente rencorosas que utilizan la indiferencia para causar daño. En estos casos el ninguneo es un arma de venganza que se usa para golpear al otro donde más le duele. Generalmente, los envidiosos huelen el éxito de aquellos a quienes envidian, y para no reconocerlos, tan egoístas que son, prefieren lanzar el veneno de la indiferencia. 

Quien ejecuta este tipo de maltrato psicológico o emocional, no es capaz de comprender ni ver todo el mal que causa con su comportamiento. Es ladrón de autoestimas y constructor de inseguridades. Tiene el alma dañada. Por eso, no es sólo un pecado, es un castigo. Quien excluye y desvaloriza a alguien de forma recurrente evidentemente tiene problemas de inseguridad, autoestima, envidia; cada vez que ignora y se ensaña en no darle entidad al prójimo de forma sistemática deja en evidencia sus falencias.

No habrá que olvidar los peldaños por los que podemos transitar: primero nos ignoran, después vienen las burlas, luego el desprecio y hasta el combate; transitarlos con la frente en alto y sin padecerlo implica haber ganado. Sirve tener anticuerpos contra el ninguneo; no depositar la noción de "ser alguien" en los demás. "A un gran corazón, ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa."- Leon Tolstoi - 

"Había una vez una rosa roja muy bella. Se sentía de maravilla al saber que era la rosa más bella del jardín. Tal vez un poco vanidosa y engreída, ignoraba a todos los que vivían a su alrededor y se burlaba de los pocos dones que habían recibido los demás en comparación a los suyos. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente la veía de lejos. 

Se percató entonces de que, a su lado, siempre había un sapo grande y oscuro, y que por eso nadie se acercaba a verla de cerca. Indignada ante lo descubierto y con gran desprecio, le ordenó al sapo que se fuera de inmediato. 

El sapo muy obediente y con la frente en alto dijo: -Está bien, si así lo quieres.

Poco tiempo después el sapo pasó por donde estaba la rosa y se sorprendió al verla totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos.

Le dijo entonces: -Vaya que te ves mal. ¿Qué te pasa?

La rosa contestó: -Es que desde que te fuiste, las hormigas me han comido día a día. No he vuelto a ser igual.

-Te hice falta, aunque más no fuera para comerme los insectos. Es bueno reconocerlo."