Muchos filósofos sostienen la idea de que existe un orden universal y que todo lo que sucede es perfecto. Es decir, solo ocurre lo que debe ocurrir. La perfección de la que hablan estos filósofos es esa suerte de coherencia, a partir de la cual cada pieza encaja en el lugar que le corresponde. “Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor al destino: el no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad”, decía Federico Nietzsche. Todo lo que sucede es perfecto porque cumple con un destino. 

Trasladado al plano de las personas, el error está en suponer que existen los modelos universales para el ser humano. Ni hay un tiempo ideal para nacer, ni hay padres ideales, ni ninguna de las otras circunstancias pueden estar exentas de contradicciones. No darnos cuenta de esto, nos lleva a una inconformidad absurda. Las personas, nuestras experiencias o el propio mundo nunca es blanco o negro. No todo es malo ni todo es exquisitamente perfecto. La mayoría de las veces nos movemos en una escala de grises. El amor no es perfecto, pero vale la pena. Un trabajo casi nunca es como esperábamos, pero nos recompensa.


El perfeccionismo es uno de esos atributos sobre los que hay gran ambigüedad. Es una característica fuertemente valorada en el mundo profesional; pero, a la vez, origina más problemas que beneficios en el mundo emocional. Al perfeccionista le cuesta mucho disfrutar de sus logros. Nunca los resultados van a parecerle meritorios. Ni siquiera suficientes. Olvidan que somos humanos, no máquinas infalibles.
La búsqueda de la perfección puede transformarse en algo insano e irracional. De hecho, cuando el perfeccionismo paraliza al sujeto, es posible que se sufra de “atelofobia”, una enfermedad mental relacionada con los trastornos de ansiedad.

Es el miedo a ser imperfecto, a no hacer algo bien, a no ser lo suficientemente bueno. Es una forma irracional y obsesiva de perfeccionismo que puede conducir a una inacción permanente que causa numerosos problemas de salud relacionados con el estrés. La persona se siente invadida por emociones de valencia negativa, tiene pánico al error o a estar cometiendo fallos sin darse cuenta. Este marco no solo genera frustración sino que también es muy destructivo con la autoestima de la persona; la misma que se siente superada y encarcelada en su propio temor.

No hay nada malo en esforzarse para hacer las cosas lo mejor que podamos, pero tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones. Frustrarse por no alcanzar la perfección en todo es la curiosa paradoja del perfeccionismo. A las personas perfeccionistas casi todo les produce insatisfacción porque su nivel de exigencia es excesivo e incluso, ilusorio; piensan que siempre pueden hacerlo mejor. La novelista

Anne Lamott afirma: “Creo que el perfeccionismo está basado en la creencia obsesiva de que si corres con suficiente cuidado, pisando cada escalón perfectamente, no tendrás que morir. Lo cierto es que morirás de todos modos y que muchas personas que ni siquiera miran sus pies lo van a hacer mucho mejor que tú, y lo pasarán mucho mejor mientras lo hacen”. 

El perfeccionismo es, en su lado más positivo, un auténtico acicate del proceso creativo, ya que su búsqueda estimula esfuerzos y soluciones. Pero, rebasada cierta línea, el acicate se vuelve congelador. Pasamos de “lo que hemos hecho es un desastre” a “soy un desastre”. Y seguimos alimentando la terrible falsedad de que “el que quiere, puede”.

Todos somos falibles, todos nos equivocamos porque es de humanos fallar. Por eso, es bueno no exigirnos tanto a nosotros mismos ni a los demás y pensar que todos nos equivocamos; hoy yo, mañana tú. 

“Cuando era niño, ocasionalmente mi madre, como cena, nos daba café con leche con muchos agregados. Recuerdo especialmente una noche, cuando ella nos sirvió, puso un plato con huevos revueltos, fiambre y tostadas bastantes quemadas frente a mi padre. Esperé un poco, para ver si papá notaba ese hecho.

Todo lo que mi padre hizo, fue tomar su tostada, untarla con manteca y jalea, sonreír a mi madre y preguntarme como había sido mi día en la escuela.
Cuando me levanté de la mesa, escuché a mamá disculpándose por haber quemado las tostadas. Nunca me olvidé de la respuesta de papá: “me encantó la tostada quemada”.

Más tarde, le pregunté a papá si realmente le había gustado aquella tostada.
Él me tomó en sus brazos y me dijo: -Compañero, tu madre tuvo un día de trabajo muy pesado y estaba realmente cansada. Además, una tostada quemada no le hace mal a nadie. La vida está llena de imperfección y las personas no son perfectas. Tampoco soy el mejor marido, el mejor empleado o cocinero, tal vez ni siquiera el mejor padre, aunque intente serlo todos los días.

Desde que tu madre y yo nos unimos, aprendimos los dos a suplir uno las fallas del otro. La suma de nosotros crea el mundo que te recibió y te apoya. Hijo, esfuérzate para ser siempre tolerante, contigo mismo y con los demás porque todos somos imperfectos. Las personas se olvidarán de lo que hagas, o de lo que digas. Pero nunca se olvidarán de cómo las hiciste sentir”.

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Lic. Aldo Godino

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