Existen personas que harían por nosotros hasta lo inimaginable, y otras que no moverían un dedo por nuestro bienestar; hay relaciones que enriquecen nuestro camino y otras que no. Pero en situaciones de emergencia, de conflictos o de crisis humanitaria, hay un nutriente que no debería faltar: la empatía genuina y efectiva. Esa energía que crea puentes entre las personas permitiendo que fluya la compasión y ese interés activo capaz de generar cambios positivos.

No puede ausentarse en ningún escenario, público o privado. Es necesaria en cada persona que tenga como objetivo atender a otros. Más que nunca es primordial despertar esta dimensión psicológica. Sin una empatía útil y activa nadie llegará muy lejos. Es una actitud comunicativa que nos permite abarcar todas las relaciones interpersonales, independientemente de quien sea la persona que tenemos delante, estemos o no de acuerdo con ella, simpaticemos o no con ella. Empatía no es simpatía.

Entre sentir y actuar hay un gran abismo que no todos se atreven a sortear para crear puentes, para movilizar energías y recursos hacia el bien común. No es lo mismo sentir el dolor o las necesidades ajenas, que comprenderlas y decidir ser útil. El auténtico propósito de la empatía es favorecer la supervivencia y el bienestar comunitario al conectar con las emociones del otro y generar una conducta capaz de promover el bien ajeno. 

En momentos de caos y dificultades, la empatía actúa como elemento transformador. Es un medio para que fluya la armonía entre todos, la identificación de necesidades y una colaboración activa, tratando de ser parte del grupo y no arquitecto del conflicto. Se precisan personas que sumen y que no dividan, corazones y mentes orientadas a generar soluciones y a no permanecer en una posición pasiva que se limita a ver qué está mal en los demás.

La empatía emocional es útil, nos permite sentir la realidad del otro. Pero debemos trabajar también la que entiende las necesidades reales, que va más allá de la emoción y da el paso para actuar, para generar soluciones. Se llama empatía compasiva y muestra una preocupación genuina por los demás. Caen los egoísmos, los intereses y las falsedades para activar una compasión que valora al ser humano por encima de cualquier cosa. Ello se traduce en acciones y en compromisos reales y efectivos.

Pocas veces se ha necesitado tanto de esta dimensión. Es quizá un momento idóneo para que la aprendan los más jóvenes, para que germine en las comunidades de vecinos, en los pequeños pueblos, en las grandes ciudades y por supuesto, a nivel internacional. Es la acción de quien se involucra y decide ayudar, de quien se atreve a acompañar, con gestos concretos, la realidad del otro.

La empatía compasiva ha sido llamada la gran desconocida y, al mismo tiempo, descuidada. Nos invita a movernos siempre a medio camino entre la razón y la emoción. Nos ayuda a calibrar cada situación desde una óptica equilibrada, sin dejarnos llevar por el contagio emocional ni tampoco por esa lógica objetiva que entiende las cosas pero que nunca obra. Nos enseña a llegar a la persona con autenticidad, comprendiendo su realidad singular, aceptándola tal y como es, sin prejuicios, sin dobles intenciones. Todo un arte: ponerse en los zapatos del otro, atender los sentimientos y pensamientos de los demás, mirar al mundo con los ojos del que está frente a nosotros. 

"Yo no lo sabía, pero las fichas blancas y negras de mi juego favorito se odiaban a muerte. Cada noche peleaban por la única casilla multicolor del tablero, a la que las blancas llegaban siguiendo el caminito de casillas blancas que cruzaba su reino, y las negras siguiendo otro caminito de casillas negras que atravesaba el suyo. Lucha sin fin. El Dado les propuso entonces una partida definitiva: se enfrentarían los líderes de cada bando para ganar la casilla multicolor para siempre.

-Ambas pasarán la noche anterior aisladas y vigiladas por mí. Yo las llevaré luego a su casilla de salida.

En el lugar destinado del tablero solo encontraron dos cubos de pintura, uno blanco y otro negro.

-Cambiarán sus colores esta noche, y mañana jugarán la partida con el color al que siempre se han enfrentado. No pueden decírselo a nadie. 

Obedecieron y al día siguiente la ficha negra, toda ella pintada de blanco, cruzó el reino de las fichas blancas entre aplausos, regalos y gritos de ánimo, sin que nadie supiera que estaban aclamando a la mejor de las fichas negras. La ficha negra descubrió que el reino de las blancas no era tan distinto del suyo, aunque fueran de colores opuestos. Se sintió un poquito menos negra; no recordaba ninguna razón para detestar a las fichas blancas. Entonces se encontró frente a frente con la ficha blanca, toda ella pintada de negro, que había vivido algo muy parecido en su viaje por el país de las fichas negras. Y, olvidando la partida, ambas avanzaron hasta la casilla multicolor para fundirse en un gran abrazo.

Desde entonces, en la casilla multicolor hay dos cubos de pintura para quienes quieran ver el mundo con los ojos de los demás".

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