Hay distintos caminos para escapar de la realidad. Algunos de ellos son muy obvios, como ausentarnos o tomar distancia. Otros, en cambio, son vías más sutiles que tienen que ver con conductas poco adaptativas y encubridoras de esa evasión. 

Podemos hacernos a la idea de que un problema o un vacío no existen, pero si efectivamente están, tarde o temprano saldrán al paso; además, el no asumir esos problemas solo conduce a que crezcan, muchas veces sin control. Decía Wayne Dyer: “Tú puedes hacer lo que te propongas. Eres fuerte y capaz. No eres frágil ni quebradizo. Al postergar para un momento futuro lo que quisieras hacer ahora, te entregas al escapismo, a la autoduda, y lo que es peor aún al autoengaño”. Ese deseo de escapar de la realidad nos lleva muchas veces a desarrollar conductas dañinas tanto para nosotros como para los demás.

Una de las formas de escapar de la realidad y que nos remite a un mundo ilusorio, es contar con lo que aún no se tiene. Es el famoso “si sucediera esto, se resolvería aquello”. El problema no es explorar lo que hay detrás de la tristeza y la soledad, sino esperar a que “suceda algo” que nos saque de ese estado. Significa esperar algo que difícilmente ocurrirá, para no hacernos cargo de lo que efectivamente nos sucede.

Otra forma de escapar de la realidad propia es sujetándola a la realidad de los demás. Depender de otros es responsabilizarlos de lo que nos sucede. El problema es de la pareja, del jefe, de la familia, o de la oposición. No hay lugar para una mínima autonomía y menos para una autocrítica. De esta manera no tenemos que confrontarnos con nuestros errores o problemas. También es muy habitual buscar justificaciones ficticias para lo que nos ocurre. Las favoritas son el destino o la mala suerte. Aunque a veces nos aferramos a nuestras propias debilidades para justificar el desinterés o la falta de decisión para afrontar nuestros errores y vacíos.

Incluso, posponer lo importante, “dejar para después”, se termina transformando en una costumbre para quienes quieren escapar de la realidad. Posponen las cosas justo cuando éstas comienzan a ponerse difíciles, o cuando exigen más que de costumbre. Tratamos de hacerlo cuando no tenemos claridad sobre cómo afrontarla o sentimos que las herramientas con las que contamos no son suficientes para hacerlo. Casi siempre nos equivocamos en esto.

A menudo, surgen conflictos por la creación de expectativas cuando éstas chocan con los hechos que acontecen. No es lo mismo lo que pensamos acerca de lo que queremos que suceda en una situación y lo que realmente ocurre. Las expectativas que creamos ante una situación o persona pueden resultar peligrosas, si están muy alejadas de la realidad. “No vemos las cosas como son, sino como somos” afirmaba Krishnamurti. Expectativas. Solo eso. Nada ni nadie nos asegura nada, pero parece que nos encanta generarlas y mantenerlas en nuestro día a día. 

Esto provoca, a menudo, la aparición del auto engaño. Es como si tuviéramos la capacidad de anestesiarnos en determinados aspectos o situaciones de nuestras vidas para seguir continuando. Robert Trivers sostiene que “la principal clave para definir y explicar el autoengaño, es considerar que la información verdadera es preferencialmente excluida de la conciencia.”

Existen esas clases de mentiras capaces de sostenernos durante un tiempo o incluso toda la vida. Son mentiras elaboradas para esquivar la realidad y tienen como refugio a la inconsciencia. Somos víctimas de nuestras propias trampas para sobrevivir en nuestro día a día. A veces, el temor al sufrimiento hace que intentemos esquivar la realidad, bloqueando nuestra atención y auto engañándonos. La mentira está presente, pero sin darnos cuenta, oculta tras los silencios, las quejas y los miedos.

“El humilde pesquero había naufragado en medio de la negra noche borrascosa. Sus cinco tripulantes decidieron abandonarlo y aferrarse al pequeño bote salvavidas para luchar sólo por su supervivencia. Al amanecer había regresado la calma. 

Dos días navegaron al capricho del mar: hambrientos, pero sobre todo acuciados por una horrible sed. Al tercer día avistaron tierra. Era una ancha y apacible playa que les acogía milagrosamente. Sus ojos, casi ciegos, pudieron distinguir a otros pescadores que preparaban sus aparejos. Tambaleándose, los náufragos se precipitaron hacia ellos: -Agua, agua, por piedad, compañeros... ¡Nos morimos de sed! 

Uno de ellos corrió hasta el agua de la playa, llenó un recipiente hasta el borde y regresó corriendo para ofrecerla amablemente a los náufragos. -¿Agua salada para calmar la sed?, pensaron ellos. Enojados rechazaron lo que parecía una burla cruel. Pero el hombre insistió: -Beban con toda confianza… Beban sin problema. Estamos en el delta del Gran Río y cuando baja la marea hay agua dulce hasta varios kilómetros mar adentro. 

Los sedientos náufragos bebieron ávidamente una deliciosa agua potable recogida del mar. Entonces comprendieron su torpeza e ignorancia frente a la realidad: se habían movido, ciegos, en un mar de agua dulce porque estaban convencidos de que allí sólo había sal.”