Las “etiquetas” nos sirven para clasificar la realidad, ya sean personas, objetos o situaciones. Catalogamos el mundo que nos rodea para tener la percepción de que existe cierto orden y estabilidad en él y así hacernos un esquema de cómo funciona sin tener que realizar un análisis profundo constante: “tú eres tal”, “aquella persona es cual”, “tiene que ser porque es así”.

El problema es que al “etiquetar” a una persona, generalmente se establece una diferencia con el entorno social al que pertenece, que implica en la mayoría de los casos actitudes de exclusión social y rechazo. La “teoría del etiquetado” explica cómo los demás perciben el comportamiento de una persona y, según sus características, lo encuadran dentro de las convenciones sociales y culturales. El concepto central de esta teoría es que cualquiera que se “desvíe” de las normas sociales será etiquetado de forma negativa.

Esto lo solemos hacer con independencia del grado de conocimiento que tengamos de la persona. No hemos estado presentes en la mayoría de sus acciones, no conocemos la historia que hay detrás de ella ni sabemos qué circunstancias han podido llevar a que actúe de una determinada manera. Sin embargo, en este rápido procesamiento de información, asignamos y utilizamos adjetivos para atribuir rasgos estables de personalidad al sujeto, etiquetas que resulta difícil despegar. 

Parece que no tenemos pelos en la lengua para llamar a alguien “egoísta” o “desastre”. Lo podemos hacer con la simple observación de un hecho aislado, de manera subjetiva o, peor aún, por haber escuchado rumores sobre el otro. A partir de ese momento, podemos considerar a esa persona como alguien que no va a cambiar ni con el paso del tiempo ni el aprendizaje. Y lo trataremos como tal.

Cuando aplicamos etiquetas, en general, nos quedamos en la superficie de las situaciones sin darnos la oportunidad de aprender y crecer; nos formamos opiniones subjetivas de las personas y no nos damos la oportunidad de conocerlas o ser más comprensivos con ellas; dañamos autoestimas ajenas. Si le hacemos creer a una persona que es un desastre desde que nace, es muy probable que lo sea en el futuro. En la mayor parte de los casos las etiquetas se limitan a categorizar a alguien sin demasiada precisión. Se asignan unas características que probablemente no se tengan y una tipología que puede ser muy negativa, con independencia de que sea cierta o no. 

Las etiquetas nos moldean como personas. Es posible que todos hayamos tenido un momento de debilidad sin que esa debilidad nos defina. Pues bien, las etiquetas se adjuntan al “ser”. Vivimos rodeados de etiquetas que nos encasillan en todo tipo de categorías. El propio yo es cubierto por algo que impide mostrarse tal cual es. Somos lo que el resto de personas dicen que somos y lo que nosotros consideramos que somos. Pero, estamos influenciados porque las etiquetas nos limitan sin saberlo y nos condicionan. Ese “yo soy” que parece definirnos, muchas veces no es más que un conjunto de etiquetas que provocan la evasión de buscar quiénes realmente somos.

Lo que los demás digan no debe limitar nuestros sueños. Las etiquetas no nos definen. Claro que si permitimos que entren y dirijan nuestra vida, nos acompañarán siempre. Librarnos de ellas no será tarea fácil. Las etiquetas nos evitan el trabajo arduo de tratar de cambiar perpetuando así el comportamiento que las originó. Llega el momento de decir basta. Basta a las barreras que nosotros mismos nos imponemos, basta a todos aquellos que nos condicionan, basta a ser quienes no somos. 

El papel reduccionista del “etiquetado” se utiliza para acotar lo que no entendemos y poder explicarlo. Clasificamos a las personas por su orientación e identidad sexual, por una determinada enfermedad, religión, cultura, creencia, color de piel, comportamiento. Una persona capaz de amarse y ser compasiva se desprenderá de las etiquetas, a sabiendas que éstas solo sirven para limitar nuestra experiencia y para separarnos los unos de los otros. Cuando nos guiamos a través del amor somos capaces de romper con todas las barreras que nos limitan el acercamiento, la amabilidad y la compasión.

“En una ocasión Bankei estaba trabajando en su jardín. Llegó un peregrino, un hombre que buscaba un Maestro, y le preguntó: -Jardinero, ¿donde está el maestro?

Bankei se rió y dijo: -Atraviesa esa puerta, dentro encontrarás al Maestro.

El hombre dio la vuelta y entró. Vio a Bankei sentado en un trono; era el mismo hombre que había visto fuera, el jardinero. 

El buscador dijo: -¿Estás tomándome el pelo? Baja de ese trono. Lo que haces es sacrílego, ¿es que no tienes respeto por tu maestro?

Bankei bajó, se sentó en el suelo y dijo: -Bueno, ahora lo tienes difícil. No vas a encontrar a ningún maestro por aquí, porque yo soy el Maestro.

Al hombre le resultaba difícil ver que un gran Maestro pudiera trabajar en el jardín, que pudiera ser un hombre ordinario. Se fue. No pudo creer que aquel hombre fuera el Maestro; por un pre-concepto perdió su oportunidad.”