Dar la espalda a los problemas rara vez los soluciona; el tiempo, por sí solo, a la hora de deshacer nudos, suele enredarlos más. Sin embargo, la “evitación” sigue siendo un mecanismo de defensa común. Huimos de lo que preocupa, aplazamos lo que nos estresa y creemos que no dar importancia a lo que duele hará que, tarde o temprano, deje de doler por completo. No obstante, la mayoría hemos comprobado que la estrategia falla, y mucho. Porque escapar de lo que hace daño, de lo que preocupa o inquieta, además de no resolver nada, incrementa la emoción sentida y por supuesto, intensifica la ansiedad. 

El pensamiento evitativo define esa costumbre tan nuestra de rehuir y no pensar en lo que enturbia el bienestar. Muchas veces va acompañado por la procrastinación: dejar para mañana lo que tengo que hacer hoy, aplazar lo que debería estar resolviendo ahora, dejar para el último momento aquello que me produce ansiedad. La evitación, además, nos instala en el inmovilismo. La mente se estanca y pierde esa flexibilidad con la cual, poder desarrollar conductas más proactivas que nos permitirían minimizar el estrés. La evitación hace que los problemas se incrementen; nos condena a un malestar mayor. 

Agatha Christie dijo: “Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”. Dentro de la evitación podemos distinguir entre la evitación por anticipación y la huida. En el primer caso, anticipamos una situación desagradable y hacemos todo lo posible por alejarnos de ella. En el segundo caso, ya estamos inmersos en una situación desagradable y centramos todas nuestras energías en intentar escapar de ella. Un distanciamiento que nos permita autocontrolarnos, reevaluar la situación de forma positiva, planificar las acciones que vamos a llevar a cabo y buscar apoyo social (sin llegar a depender de los demás para todo), puede ser beneficioso. Puede ser una estrategia prudente, pero no podemos ir por la vida saltando charcos cuando llueve a menudo. 

Hemos sido dotados de dos mecanismos que nos permiten huir o luchar, quedarnos o marcharnos, escapar o defendernos. Pasar de la evitación al afrontamiento no es fácil, pero se puede conseguir. La realidad es que está bien combinar ambas respuestas, ya que cada situación concreta merecerá un tipo u otro de acción. La flexibilidad nos ayudará a saber escoger cómo actuar en cada situación para salir airosos de la misma. El problema nace cuando convertimos la evitación en el único mecanismo posible.

Hay personas que han desarrollado el automatismo de huir de las situaciones de tensión; por ello, tienden a evitar los conflictos y los problemas, porque no soportan esa carga tensional. Suelen ser personas a las que les cuesta ser asertivas: decir que no o expresar su opinión por miedo a que no coincida con la de los demás. Hay otras que poseen un exceso de empatía. Muchas veces afrontar supone hacer daño a alguien (o incluso a uno mismo) o elegir entre dos opciones, perdiendo elementos valiosos. No debería ser insano la honestidad en nuestras relaciones interpersonales o superar el miedo a no gustar a los demás. Pero, para no enfrentarnos a la encrucijada, evitamos afrontar, utilizando el mecanismo de la evitación.

La evitación limita la vida de la persona. Dejan de hacer planes con sus amigos, dejan de lado aficiones que les gustaban o se recluyen en casa. El impacto en la salud mental del individuo puede resultar enorme. Existen personas sensibles y cautelosas que habitan incrustadas en el caparazón de su soledad por temor a ser heridas, juzgadas o rechazadas. Es tal su necesidad de huida y su incapacidad para gestionar sus miedos y su angustia que acaban construyendo los muros de su propia fortaleza donde recluirse. Sólo por no descubrir en sí mismas la capacidad de enfrentar los obstáculos y dificultades para seguir creciendo. 

“Hace mucho tiempo, un Emperador colocó una gran roca obstaculizando un camino. Entonces se escondió entre la maleza cercana y miró para ver si alguien quitaba la voluminosa piedra.

Algunos de los comerciantes más adinerados de la comarca, al pasar por ahí, simplemente dieron una vuelta alrededor de la roca, sin prestarle en absoluto atención o intentar moverla.

Algunos caminantes culparon al Emperador por el descuidado mantenimiento de su reino. Ninguno de ellos hizo algo para sacar la piedra grande del camino.

Varios días después, pasó un campesino que llevaba un cargamento de verduras en su espalda. Al aproximarse a la roca, puso su mochila en el suelo y trató de mover la piedra hacia la vereda del camino. Después de empujar y fatigarse mucho, logró despejar el espacio de tránsito. Mientras recogía su cargamento de vegetales y los volvía a poner sobre sus espaldas, notó que en el suelo había una bolsa, justo donde había estado la roca. La bolsa contenía muchas monedas de oro y una nota del Emperador indicando que el oro era para la persona que moviera la piedra del camino. 

El campesino aprendió lo que los demás nunca entendieron: cada obstáculo en nuestro camino nos brinda una oportunidad para mejorar, pero hay que enfrentarlo.”