El Dalai Lama decía: "Sólo existen dos días en el año en que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y otro mañana. Por lo tanto, hoy es el día ideal para amar, crecer, hacer y principalmente vivir." Alguna vez, seguramente, nos hemos sentido demasiado preocupados por lo que vendrá. Y, cuando le hemos planteado la situación a otros, descubrimos que están en la misma sintonía.

Los sentimientos son de las personas, por supuesto; pero están también los de las sociedades, donde se producen constelaciones y atmósferas emocionales que explican buena parte de lo que sentimos, expresamos o hacemos. Uno de esos sentimientos, personales y colectivos, es la ansiedad. Los individuos ansiosos viven en una condición de peligro flotante, incapaces de describir la fuente de su aflicción. Los tiempos ansiosos producen un miedo cuya fuente nos es desconocida.

Nuestro mundo parece ser más incierto, más inseguro y, por consiguiente, más ansioso. Antes había mucha penuria, pero al menos podía contarse con un futuro calculable, unas sociedades estructuradas e incluso unas amenazas identificables. Hay ansiedad acerca del mundo, de su futuro y del futuro personal y colectivo asociados a él. Tenemos un paisaje colectivo en el que se contagian y realimentan sentimientos caóticos.

Cuando hablamos de ansiedad colectiva, hacemos referencia a aquella que siente un grupo de personas ante cualquier situación estresante. Dicho grupo comparte emociones, pensamientos y comportamientos. La ansiedad colectiva afecta la calidad de nuestra toma de decisiones. Se trata de una reacción natural que tenemos para adaptarnos; sin embargo, si la mantenemos por mucho tiempo, puede afectar nuestro bienestar comunitario ya que trabajamos con una realidad distorsionada.

En psicología se hace referencia a un fenómeno llamado "contagio social". Las emociones se propagan hasta desencadenar situaciones de elevado estrés, preocupación y hasta pánico. La ansiedad termina impregnándose en nosotros y es necesario contener su efecto para manejar entre todos, y de manera acertada, las circunstancias del momento. Esa sensación de pánico y su impacto afectan a muchos y, lo que es peor, nos aboca hacia comportamientos poco útiles e incluso irracionales.

En contextos de incertidumbre e inquietud es muy importante tener la ansiedad bajo control. Debe ser nuestra aliada y no esa mecha que intensifica nuestra preocupación y nos desequilibra. Tener miedo es lógico y esperable; no obstante, ese miedo debe ser racional. Dejarnos llevar por el pánico intensificará nuestro malestar psicológico y dejará entrever lo peor de nosotros mismos. Debemos por encima de todo, controlar los pensamientos catastróficos que inmovilizan y aumentan los "fantasmas negativos". Necesitamos despertar nuestras fortalezas mentales.

Para colmo, muchas veces, la difusión masiva de "ciertas" informaciones nos lleva a sentirnos cada vez más preocupados. Es bueno, por eso, evitar la infoxicación, o sea, la sobrecarga informativa que, a menudo, aparece irresponsablemente en los medios y en las redes. Estar informados, pero no obsesionados. Con el aumento de la información disponible y su actualización impulsiva, no podemos correr el peligro de creer que estamos exonerados de ejercer la reflexión personal.

Debemos entrenar nuestro enfoque mental. Crear espacios donde nutrirnos de esperanza, energías y confort emocional, espacios para un aprendizaje concreto de equilibrio y de sentido común. Controlar nuestras reacciones y comportamientos manteniendo la calma, cuidándonos a nosotros mismos y siendo capaces de atender a los demás. Algo tan adecuado como cultivar el sentido de confianza en el día a día nos ayudará a disolver la impronta de la ansiedad personal o grupal. Es un deseo que se combina con el optimismo, ahí donde somos capaces de focalizarnos en un horizonte más amable e incluso ilusionante. Es la revolución de la serenidad y de la mirada positiva.

El único sobreviviente de un naufragio llegó a una deshabitada isla. Pidió fervientemente a Dios ser rescatado. Cada día divisaba el horizonte en busca de una ayuda que no llegaba. Cansado y desesperanzado optó por construirse una cabaña de madera para protegerse del sol, de la lluvia y para guardar sus pocas pertenencias. Un día, tras una buena caminata por la isla, en busca de alimento, regresó a la cabaña y la encontró envuelta en llamas, con una gran columna de humo levantándose hacia el cielo. Lo peor había ocurrido; lo había perdido todo y se encontraba en un estado de desesperación, ansiedad y bronca.

-¿Cómo quieres que confíe si has sido capaz de hacerme esto?, se lamentaba tristemente a Dios.

Sin embargo al amanecer del día siguiente se despertó con el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a salvarlo.

-¿Cómo supieron que estaba aquí?, preguntó el cansado hombre a sus salvadores.

-Vimos su señal de humo, contestaron ellos.

Es muy fácil perder la esperanza y el optimismo cuando las cosas marchan mal. Si nuestra cabaña se vuelve humo, queda aún la posibilidad de que la ayuda está en camino.