El mundo está lleno de grandes cosas que hacer, conseguir o lograr. Todos podemos tener muchos proyectos y también muchas obligaciones. Pero no hay tiempo para todo; es obvio. Será necesario tomar decisiones y establecer prioridades que permitan seguir caminando. Porque intentar hacerlo todo implica no hacer nada; o porque no conseguimos avanzar con varias cargas a la vez, o porque quedamos paralizados en hacer planes y en soñar con lo que podríamos hacer. Por eso, priorizar es tan importante para no llegar al agotamiento.

Ordenar las cosas en función de los objetivos que se quieren obtener, es la base para avanzar y no perderse por el camino. La clave para sobrevivir es mantener el enfoque. De hecho, en un entorno competitivo que continuamente está siendo actualizado, debido a la inmediatez web y las nuevas tecnologías, nos vemos tentados a reequilibrar nuestro trabajo caóticamente. Sin control, este ritmo frenético es una receta para la insatisfacción y desesperación.

Muchas veces nos sentimos culpables por no hacer más de lo que hacemos, por no desarrollar una habilidad que nos haga más competitivos o por no disfrutar de algo que nos gusta. El sentimiento de culpabilidad puede conducirnos incluso al victimismo y encerrarnos en un círculo de trabajo excesivo que se llevará gran parte de nuestro tiempo quitándoselo a la familia o al cuidado personal.

Quizás sea importante cambiar la expresión "tengo que hacer", por la expresión "quiero hacer". De este modo salimos del registro de la obligación, que de por sí es muy desmotivante y nos introduce en un permanente choque emocional. Implica que deseamos una cosa, pero debemos hacer otra, aún en contra de nuestra voluntad. "Querer hacer" significa admitir la responsabilidad frente a la vida que elegimos. Todo lo que hacemos y cómo nos comportamos es producto de una decisión personal y es por ello, que únicamente nos concierne a nosotros el cambio. Nadie ni nada nos ha obligado a optar por la vida que hoy tenemos; debería ser consecuencia de un puñado de decisiones tomadas en libertad.

Muchas de nuestras obligaciones en realidad son autoimpuestas y están enfocadas para cumplir con las expectativas más ajenas que propias. Por eso hay que permitir que los "debería" y los "tengo que" se vayan de nuestra vida. Muchas veces son una zancadilla a nuestra felicidad y una terrible tiranía psicológica. Sobre todo los que nosotros mismos nos imponemos de un modo casi obsesivo. Creamos una fantasía sobre cómo (a nuestro parecer) deberían ser las cosas. Centramos toda nuestra atención en eso que aún no tenemos o que aún no hemos conseguido y dejamos de explorar otras opciones, otras realidades que podrían ser mucho más válidas y satisfactorias. En ocasiones ni siquiera somos conscientes de ello; un modo muy triste de auto sabotearnos.

Ser fiel a uno mismo; no permitir más trabajo del que podemos hacer y aprender a decir "no". Esto nos permitirá no dejar en un segundo plano aquello en lo que realmente nos queremos centrar. A pesar de las dificultades, tenemos que creer en nosotros mismos, ser positivos y no perder la fe en nuestras capacidades. Podemos hacer cualquier cosa si creemos que podemos. Y no sentirnos culpables. Ya que no logramos satisfacer a todos, al menos cubramos nuestras propias necesidades.

"-Maestro me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?-

-Cuánto lo siento, no puedo ayudarte; debo resolver primero mi propio problema-. Y agregó: -Si quisieras ayudarme, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar-.

-Encantado- dijo el joven. El maestro se quitó un anillo y se lo dio. -Cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Regresa con esa moneda lo más rápido que puedas-.

El joven partió y empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo de la moneda de oro; algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue amable para explicarle que una moneda de oro era muy valiosa a cambio de ese anillo.

Abatido por su fracaso, regresó. Hubiera deseado tener él mismo esa moneda. Podría entregársela al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo. -Maestro lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. No creo que podamos engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo-.

-Qué importante- contestó el maestro. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vete al joyero, es experto. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo-.

El joyero examinó el anillo, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo: -Dile al maestro que no puedo darle más de 58 monedas de oro por su anillo. Con tiempo podríamos obtener algo más-.

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido. Y el maestro le dijo: -Tú eres como ese anillo: una joya valiosa y única. Sólo puede evaluarte un experto, tú mismo. Sé fiel a tu persona y a tus capacidades."

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Lic. Aldo Godino

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