Todos conocemos a hombres y mujeres académicamente brillantes que luego dejan mucho que desear en el aspecto relacional, pues tienen escasa o nula empatía hacia la realidad de los demás. Y el conocimiento y la excelencia son inútiles si no impulsan realmente cambios y mejoras en la calidad de la vida de las personas.

La máxima de cualquier sociedad progresista es la bondad, sobre todo en tiempos de confusión. El mundo no puede quedarse con ausencia de valores esenciales y necesarios. Es por ello que si el conocimiento no sirve a la bondad, es una trampa para el mundo. “Un gramo de bondad vale más que una tonelada de intelecto” dijo Alejandro Jodorowsky. Ser buena persona siempre enriquece, tanto a uno mismo como al mundo. 

Debemos alejarnos de la ignorancia y cultivar el conocimiento pero sin dejar de lado la humildad; perseguir la brillantez en nuestro trabajo, no por el reconocimiento público sino por la satisfacción que el hecho en sí nos produce. Cuando la mediocridad y la hipocresía calan hondo en la mayoría, son las minorías las encargadas de portar los valores que muchos han olvidado.

En las horas de crisis suelen verse dos fenómenos muy diferentes. Por un lado, se manifiestan los antagonismos, la confrontación y, a menudo, hasta el mero instinto de supervivencia. No importa que el mundo se esté viniendo abajo mientras a mí no me afecte, mientras mi realidad se mantenga con el equilibrio de siempre. En el otro lado están los que favorecen el crecimiento de la sociedad ayudando al débil, siendo una respuesta para quien lo necesita. Saben aunar esfuerzos para concebir avances en los que todos ganan.

Darwin, en su clásico libro “El descenso del hombre”, explicó que sólo las sociedades más compasivas tenían mayor probabilidad de subsistir en el tiempo, al hacer frente a las dificultades de manera más efectiva, al concebirse «como grupo» y no como «individuos aislados». Las personas compasivas activan múltiples competencias que parecen ser claves en épocas de crisis y conflictos sociales. Más allá de la mera conexión emocional, experimentan una sensación de calidez y afecto por quien lo está pasando mal y sienten, además, el deseo expreso y altruista de ayudar sin esperar nada a cambio. Las personas compasivas son el reflejo evidente del instinto más decisivo del ser humano, ese que, al fin y al cabo, nos ha permitido sobrevivir como especie: “preocuparnos los unos de los otros”. 

El otro también es importante y forma parte de mí y, por ello, debo ser capaz de dar lo mejor de mi persona, porque así lo siento, porque así lo necesito y es, de este modo, como puede sostenerse una sociedad. En momentos críticos no basta con ser amables o con sentir lo que otro siente. Necesitamos actos de coraje que partan del compromiso. Ante la dificultad, se necesitan acciones, no sólo sentimientos. No basta con experimentar lástima, con ver a quien sufre y limitarnos a ponernos en sus zapatos unos instantes para comulgar con sus pesares, y después alejarnos para poner olvido a la distancia. 

Los buenos pensamientos sin acciones se quedan en humo, en meros deseos lanzados al viento. Se necesitan compromisos, valentías y, sobre todo, obras. Las buenas intenciones, si van acompañadas de actos, pueden transformar la realidad. Los meros deseos no contienen, ni alivian, ni sanan, ni dan de comer, ni apagan miedos y ansiedades. El compromiso con quien tengo delante deja caer los egoísmos; la ceguera desaparece para ver al otro desde el corazón. 

“Martín había vivido gran parte de su vida con intensidad y gozo. Él se amaba suficientemente y hacía todo lo posible para cuidarse de no dañar a los demás. Un día partió en dirección al monte; en el punto más alto giró para mirar su ciudad. 

-"Por un peso te lo alquilo". Era la voz de un viejo que apareció con un pequeño telescopio plegable. Martín entregó la moneda. Después de un rato de mirar consiguió ubicar su barrio, la plaza y hasta la escuela. Algo le llamó la atención. Un punto dorado brillaba intensamente en el patio del antiguo edificio. 

-"Qué raro ese punto brillante!", exclamó Martín. 

-"Son huellas", dijo el anciano. -"Ese día tu amigo Javier lloraba desconsolado. Su madre le había dado unas monedas para comprar un lápiz y él las había perdido. Cortaste tu lápiz nuevo en dos partes iguales, sacaste punta a la mitad cortada y le diste el nuevo lápiz a Javier. Él nunca olvidó ese gesto y el recuerdo se volvió importante; dejó una huella dorada en su vida. El punto brillante en la vereda a la salida del colegio, fue cuando defendiste a Pancho; volviste a casa con un ojo morado."

Martín miraba la ciudad. "Ese en el centro, es el trabajo que le conseguiste a Don Pedro, y el otro, el de la derecha es la huella de aquella vez que juntaste el dinero para la operación del hijo de Ramírez; las huellas a la izquierda son de cuando volviste del viaje porque la madre de tu amigo Juan había muerto y quisiste estar con él."

Apartó la vista del telescopio y empezó a ver cómo miles de puntos dorados aparecían desparramados por toda la ciudad. Huellas doradas de verdadera compasión.”

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Lic. Aldo Godino

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