Al parecer, los buenos modales ya no son tan importantes en la educación actual. Algunos opinan que son simples "formalismos" y que no vale la pena desgastarse en ellos. Sin embargo las buenas maneras son la expresión de lo mejor que hay en nosotros, la mejor muestra de respeto y atención, para dar a entender al otro que es tan valioso como nosotros mismos. Manifiestan el nivel de conciencia que tenemos hacia la dignidad y la consideración por la persona.

No es cuestión de niños ni de adolescentes reaccionarios y problemáticos. En nuestra vida cotidiana encontramos reacciones inapropiadas y comportamientos poco éticos en personas adultas, en hombres y mujeres que, con hábitos desagradables, hacen muy complicada la convivencia.

Malas contestaciones, faltas de respeto, impertinencias, gritos, exigencias; reacciones muy presentes en nuestros entornos. El no cumplimiento de la normas de tránsito; la impuntualidad; el comportamiento inadecuado en las aulas; la ausencia de palabras como "buenos días", "gracias", "perdón"; la manera grosera de comer en público; el mal uso del celular y otros dispositivos en reuniones; la ausencia de urbanidad en los colectivos con ancianos o mujeres embarazadas; la falta de cortesía entre vecinos, compañeros de trabajo o de estudio. Los gritos e insultos, además de una falta de respeto, denotan desequilibrio emocional y falta de autocontrol.

En una encuesta, detrás del desempleo, se hallaba el comportamiento de las personas, la grosería, la falta de civismo, la falta de respeto, como algunos de los elementos que mayor estrés y ansiedad generaban en la población. De esta manera, la mala educación preocupa y es un foco de contaminación para la convivencia.

Levantar la voz para hablar, entrometerse en vidas ajenas, interrumpir conversaciones, reírse de los demás, humillarlos, no respetar el mobiliario, no dar las gracias o incluso estar más pendientes de los móviles que de las personas que se tienen en frente. Ejemplos a los que cuesta habituarse.

Perfiles de personalidad con patrones narcisistas, personas con falta de empatía que no reconocen los límites ajenos. Adultos con nula resistencia a la frustración, con serias dificultades para ajustarse a las normas y habituados además, a faltar el respeto a los todos.

Las formas y los modales adecuados no son un anacronismo ni un invento social heredado de algún siglo pasado. La buena educación en realidad construye escenarios de convivencia respetuosos. Elementos como la corrección en el trato y el reconocimiento al otro facilitan lo comunitario y asientan las bases del civismo.

Ser amables nos hace nobles y fortalece nuestras cualidades, pues de alguna manera la educación que promovemos con nuestras acciones, revierte en buenos actos hacia nosotros. O sea, ponerle a la vida el color de una sonrisa, del respeto y de la gratitud es, sin lugar a dudas, una gran decisión.

Lamentablemente se nos olvida con facilidad la importancia de tratar con delicadeza, de posar nuestras manos emocionales sobre los demás y mostrar cariño en el día a día. Una palabra, una pregunta, un gesto, una mirada, un roce. Cualquier expresión constituye un intento de conexión emocional. Cuando dejamos de lado la importancia de conectar, solemos propulsar nuestro propio aislamiento, nuestra insatisfacción y nuestra inestabilidad.

Muchas veces, un acto cortés se vive como algo inesperado. ¿Por qué estará siendo esta persona tan amable conmigo?, ¿estará coqueteando?, ¿querrá algo? Hemos llegado a un punto en que la cortesía, efectivamente, nos toma por sorpresa e incluso nos causa desconfianza. Ser cortés no cuesta nada y sin embargo, se gana mucho, construye.

Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano. Corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario. Cierta tarde, un guerrero, conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allá. Utilizaba la técnica de la provocación y contraatacaba con velocidad fulminante. EI joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Conociendo la reputación del samurai, fue en su busca para derrotarlo y aumentar su fama. Todos los estudiantes del samurai se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío.

En la plaza de la ciudad el joven comenzó a insultar al anciano maestro. Le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados. Durante horas hizo todo lo posible para provocarle, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, el impetuoso guerrero se retiró.

Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron: -¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? -¿Por qué no usaste tu espada en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?

El maestro les preguntó: -Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio?

-A quien intentó entregarlo, respondió uno de los alumnos.

-Lo mismo vale para la envidia, la rabia, los malos modales y los insultos- dijo el maestro. -Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.

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Lic. Aldo Godino

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