En un mundo, muchas veces en caos, estamos obligados a hallar un sentido a la vida. Hacerlo, es hallar un propósito y dedicarnos a él. Es, por encima de todo, sentirnos bien con lo que somos, lo que tenemos y lo que nos rodea; ni más ni menos. Sin embargo, en nuestro día a día resulta complicado focalizar la mente, el corazón y la mirada hacia esa meta existencial, porque lo que encontramos a menudo es un claro sinsentido.  

Decía el psicoanalista Erich Fromm: “el sentido de la vida no es más que el arte de saber vivir en uno mismo”. El verdadero secreto del bienestar psicológico: trabajar en nuestra armonía y equilibrio interno. En general, las personas sólo reflexionamos sobre el sentido de la vida cuando nos abraza la adversidad. Surge en la mente la clásica pregunta: ¿qué sentido tiene todo? Pocos actos otorgan tanta trascendencia al ser humano como dar con esos significados aún cuando todo va mal y el destino nos da un duro golpe.

Aprender a vivir con sentido es como si en un momento dado, las personas diésemos ese necesitado paso hacia la introspección interna y la conexión con las propias carencias. Tarde o temprano, tomamos conciencia de que la vida no es un problema que resolver sino un misterio que aceptar. Según el psiquiatra vienés Viktor Frankl, el deseo de dar con un significado existencial es una necesidad que casi todos sentimos en algún momento y el simple hecho de hacerlo, de clarificarlo, nos sirve de apoyo en los momentos complicados. Cada persona traza su propio y particular sentido de la vida. 

Vivir con sentido nos obliga a valorar nuestra experiencia pasada y presente. Es hallar una armonía entre lo que siempre ha sido importante para nosotros (nuestros valores) y aquello que le pedimos a la vida (nuestras ilusiones). Cuando clarificamos esta dimensión, hallamos una razón de ser, un motivo para levantarnos cada día, algo en que creer, por lo que luchar e ilusionarnos. Todo lo que vivimos, sea bueno o malo, tendrá algún sentido. Felicidad, incertidumbre, adversidad, días de calma, pasión, miedo. Cada momento encierra un significado propio que debemos captar y entender. Vivir con sentido es comprometernos con nosotros mismos siguiendo aquello que nos define, que nos da aliento aún en instantes de oscuridad. Cuando no sabemos qué rumbo poner a nuestra vida, el alma enferma. 

La naturaleza y el propio mundo son una auténtica obra de arte. Pero para verlo, para darnos cuenta de ello, necesitamos que nuestra conciencia sea capaz de registrar la realidad que nos envuelve. Sin conciencia no hay nada. Sin esa capacidad para reflexionar en la propia existencia y a la percepción de lo que nos rodea, las personas derivamos en un vacío sin sentido. 

Solo cuando ponemos nuestra mirada, pensamientos, voluntades y recursos psicológicos en un estímulo, logramos que eso que miramos forme parte de nuestra existencia. Si pasamos por el mundo sin poner atención a nada, caminaremos por un vacío absoluto en el que nada adquirirá importancia para nosotros. Por eso es necesario volver la mirada hacia nuestro interior y entonces descubrirnos. Solo cuando realizamos una lectura cómplice de nuestras voluntades, emociones, necesidades e inquietudes, sabemos en qué posición estamos y hacia dónde deberíamos ir. Esto nos confiere sentido y trascendencia. 

La desesperanza de ver las metas no cumplidas y sentir que nada marcha como lo planeamos, nos lleva a perder la fe en que el futuro será mejor o diferente. El significado de la vida debe partir y estar impulsado siempre por la esperanza, esa convicción firme de que el mañana siempre será más reluciente que el hoy. Si perdemos nuestra capacidad para soñar, para ilusionarnos por la vida, lo perdemos todo. “Muchos de los fracasos de la vida son el resultado de esas personas que no se dieron cuenta de lo cerca que estaban del éxito cuando se dieron por vencidos" decía Thomas Edison.

“En el famoso mito griego, Pandora, fue la portadora de un presente, en apariencia temible, que Zeus quiso darle a Prometeo como venganza tras haberle robado el fuego del cielo: una caja cerrada, que bajo ningún concepto debía ser abierta. Aquella caja contenía todos los males del mundo. Esos que Pandora liberó llevada por la curiosidad; escaparon de ella todas las desgracias y males que podían afectar al hombre, y se extendieron por el mundo: enfermedades, sufrimiento, guerras, hambre, envidia, ira. Ahora bien, en el fondo de esa caja quedó guardado un solo elemento: la esperanza. 

Algunos señalan que esas fatalidades que se contenían en la caja no son más que elementos que forman parte de toda vida. Aspectos como la enfermedad, la tristeza, la decepción o la vejez son los hilos con los que se teje cualquier existencia. La esperanza, por su parte, no era ni es un mal. Fue un regalo encubierto que Zeus otorgó a la humanidad.”