Afecciones, padecimientos, dolencias; existen muchas enfermedades en las que el componente psicológico es un importante factor causal. Con frecuencia caemos en el error de pensar que cuerpo y mente son realidades totalmente diferenciadas e independientes. Y por eso, cuando padecemos un malestar a nivel físico no nos detenemos a analizar su relación con las emociones, los pensamientos y las vivencias que estamos experimentando. Sin embargo, muchos de los síntomas de nuestro cuerpo derivan de una falta de bienestar psicológico; son las denominadas enfermedades psicosomáticas.

Son trastornos que no pueden ser explicados desde una causa orgánica. Es decir, no existen lesiones, infecciones o alteraciones a nivel biológico que puedan dar cuenta del malestar que se experimenta; o, al menos, no completamente. Sin embargo, sí se ha determinado el factor causal del componente psicológico. Son los pensamientos y las emociones, inadecuadamente gestionadas, las que conducen a la aparición y al desarrollo de esos síntomas. La alteración emocional se proyecta en el exterior (en el cuerpo) evitando que la persona tenga que enfrentar el malestar psíquico, origen del problema.

Hay una molestia significativa que llega a afectar al desempeño cotidiano de la persona. El dolor o el padecimiento corporal impiden el buen rendimiento laboral, afectan a las relaciones sociales o a las actividades comunes del individuo. Algunos ejemplos: dolores estomacales y trastornos digestivos, migrañas y cefaleas, bruxismo, trastornos dermatológicos y erupciones cutáneas, fibromialgia y fatiga crónica, trastornos respiratorios, asma y alergias, problemas cardíacos. 

Hay una fuerte tradición que lleva a separar la mente del cuerpo y a considerar los fenómenos mentales como “ficciones”, y los fenómenos físicos como “reales”. Aún en pleno siglo XXI este tipo de patologías siguen planteando interrogantes y despertando incomprensión. Muchos piensan en ellas como si fuesen simulaciones. “Tu cuerpo te está diciendo que algo no va bien dentro de ti y que no lo estás viendo”, afirma la neuróloga Suzanne O’Sullivan. Porque todas las emociones generan cambios físicos. Ante la presencia de un ser amado experimentamos “mariposas en el estómago”, o cuando hablamos en público, el corazón late más fuerte y las piernas tiemblan. 

Aunque parezca imposible, la mente puede enfermarnos. Cuando nuestra mente toma el control, traumatizada o supeditada a un estado de ansiedad muy convulso, todo es posible. Los trastornos psicosomáticos son la prueba del impacto que la mente puede llegar a tener sobre nuestro cuerpo. En ellos, se evidencia una serie de síntomas físicos reales relacionados con enfermedades invisibles. Es algo que nos pasa a todos. En ciertos individuos este mecanismo decide crear una patología. Lo que ocurre es que todos tenemos una forma diferente de lidiar con el estrés. El precio de ser fuerte a toda costa conduce a somatizar.

Un síntoma, como el dolor de espalda, de esos que no dejan ser, de esos que apenas nos permiten movernos o incluso trabajar o el malestar de estómago, de esos que preocupan día y noche y que nos hacen imaginar lo peor, puede interferir y socavar por completo la calidad de nuestra vida en todos los ámbitos: profesional, familiar, ocio.

Muchas veces las personas no sabemos expresar nuestro dolor ni sabemos decir con exactitud qué nos ocurre para que el resto logre entendernos; en cambio lo hace nuestro cuerpo. Esta incapacidad para hacer coincidir nuestras palabras con las emociones se conoce en el campo de la psicología como “alexitimia”. 

Nuestro cuerpo se expresa como puede, o como lo dejamos. Hay que estar muy atentos a lo que nos dice, porque en muchas ocasiones es la única pista verdadera y auténtica que tenemos para resolver una situación. Decía el psiquiatra Francis Braceland: “El dolor que no se desahoga con lágrimas puede hacer que sean otros órganos los que lloren”. 

“Tres días de parto y el hijo no salía: 

-Tá trancado. El negrito tá trancado, dijo el hombre. Él venía de un rancho perdido en los campos. Y el médico fue con él. Maletín en mano, bajo el sol de mediodía, el médico anduvo la lejanía, hacia la soledad; y llegó y vio. Después lo contó: 

-La mujer estaba en las últimas, pero todavía jadeaba y sudaba y tenía los ojos muy abiertos. A mí me faltaba experiencia en cosas así. Y temblaba, estaba sin un criterio. Y en eso, cuando corrí la cobija, vi un brazo chiquitito asomando entre las piernas de la mujer. 

El médico se dio cuenta de que el hombre había estado tirando. El bracito estaba despellejado y sin vida, un colgajo sucio de sangre seca, y el médico pensó: -No hay nada que hacer. 

Y sin embargo, quién sabe por qué, lo acarició. Rozó con el dedo índice aquella cosa inerte y, al llegar a la manito, súbitamente la manito se cerró y le apretó el dedo con alma y vida. Entonces el médico pidió que hirvieran agua y se arremangó la camisa. Respira, siente, piensa. La vida es muy fuerte. Y lo que no puede decir la boca, el cuerpo se encarga de hacerlo saber”.