Nuestro aprecio oscila entre lo efímero y lo duradero, entre lo permanente y el cambio. Efímero significa etimológicamente "lo que dura un día"; se ha tomado como sinónimo de "fugacidad" y, puesto que la vida se nos escapa, ha adquirido un tono pesimista y angustiante. Hay un miedo común a la finitud, a la muerte, al paso inclemente del tiempo. Pero, al mismo tiempo, disfrutamos con lo efímero. Es que el ser humano es contradictorio. Necesita el freno y el acelerador. Lo efímero nos libera y lo efímero nos desespera. Por eso procuramos conservarlo: fotos, videos, grabaciones. 

Quizás, para disfrutar de la vida con mayor sentido e intensidad, debemos asumir que nada dura para siempre. Pocas realidades son tan ciertas como esto. Si hay un territorio que sabe de principios y fines, de inicios y finales, es nuestra propia existencia, así como nuestros sentimientos, emociones, relaciones. A todos nos cuesta enormemente asumir que determinadas realidades terminan y se desvanecen. Nos aferramos a la idea de que, lo que tenemos hoy, es permanente. Y lo hacemos porque nuestro cerebro así lo necesita. Necesitamos lo previsible y la estabilidad para no dejar espacio al estrés y al miedo.

Imaginar que el amor que hoy nos da sentido, puede acabar mañana, nos hace entrar en pánico. Pensar en la idea de que el trabajo que hoy nos da un sueldo puede terminarse, nos abruma. Y, en nuestra cotidianidad, nos negamos a creer que quienes forman parte de nuestro día a día, pueden dejarnos en algún instante. Sin embargo, ser conscientes de la impermanencia es un ejercicio de salud psicológica que todos deberíamos desarrollar. 

Todos entendemos la brevedad de lo material. Sin embargo, cuesta más asumir lo efímero de esas otras realidades menos perceptibles. Asumimos que esos amigos del alma siempre lo serán. Damos por sentado que siempre contaremos con nuestros padres en cualquier circunstancia y que la felicidad que nos abraza hoy, seguirá dándonos calor mañana. Y muchas veces, uno toma plena conciencia de lo que tiene cuando lo pierde. Resistirnos  a los cambios y a las pérdidas es la principal fuente de sufrimiento en el ser humano.

Hay amores que se acaban y otros que se inician. Se van personas, descubrimos a otras. Perdemos trabajos, y al cabo del tiempo, comenzamos nuevos proyectos. Dejamos atrás lugares, hábitos y hasta amistades, para más tarde poner en marcha nuevas etapas. Es cierto que nada dura para siempre, pero también es verdad que cuando algo termina, lo nuevo empieza a continuación. 

Nada parece tener fin para nosotros. Vivimos el presente como si no existiera mañana, a diferencia de las culturas orientales, más conscientes sin duda de nuestra esencia efímera y finita. Integrar en nuestro aprendizaje vital el concepto de la transitoriedad o la impermanencia es un ejercicio de bienestar psicológico. Solo cuando aceptamos la fugacidad de la vida y de todo lo que hay en ella, lidiamos mejor con la adversidad.

Al igual que la felicidad no dura eternamente, tampoco lo hace el sufrimiento. Nada es perpetuo, y aunque las experiencias adversas nunca serán inevitables, el dolor que nos generan no durará para siempre. Todo tiene fecha de caducidad, todo tiene un inicio y una conclusión. Ahora bien, aquello que se ama con intensidad, aunque se pierda, perdurará para siempre en nuestra memoria. Asimismo, si hay algo que queda es la impronta emocional que dejamos en los demás. Somos lo que hacemos, pero sobre todo lo que transmitimos a quienes nos rodean. Esa estela de afecto, cuidado, amabilidad y aprecio no se borra, deja marca hasta el fin de los tiempos. 

Aunque desde fuera sea evidente que la situación conflictiva mejorará tarde o temprano, el miedo, la angustia y la tristeza pueden hacernos perder la perspectiva y convencernos de que nunca volveremos a estar bien. Y es esa desesperanza a futuro la que más daño nos causa. En los momentos difíciles, recordar que la adversidad no es permanente, que la vida es cambio, puede darnos esa esperanza que parece perdida. Esta es la clave para no rendirse: detrás de las nubes el sol sigue brillando. 

“Un hombre decidió pasar algunas semanas en un monasterio de Nepal. Cierta tarde entró en uno de los numerosos templos de la región y encontró a un monje sentado en el altar, sonriendo. Le preguntó por qué sonreía. -Porque entiendo el significado de los plátanos, fue su respuesta.

Dicho esto, abrió la bolsa que llevaba, extrayendo de ella un plátano podrido.

-Esta es la vida que pasó y no fue aprovechada en el momento adecuado; ahora es demasiado tarde.

Seguidamente, sacó de la bolsa un plátano aún verde, lo mostró y volvió a guardarlo.

-Esta es la vida que aún no sucedió, es necesario esperar el momento adecuado.

Finalmente tomó un plátano maduro, lo peló y lo compartió con él.

-Esta es la vida en el momento presente. Aliméntate con ella y vívela sin miedos y sin culpas.”