Vivimos tiempos de zozobra. Sumidos en una sombría vigilia bélica, dibujando un paisaje de fanatismos enfrentados que amenazan con quebrar tanto los precarios andamiajes sociales, culturales y geopolíticos, como el triste clima de desconcierto y desalentador conformismo en que parecemos instalados. En la sociedad contemporánea, en la que somos más libres que nunca, a la vez somos también más impotentes que en ningún otro momento.

Para Erich Fromm, psicoanalista y filósofo alemán, la principal tarea del ser humano es darse a luz a sí mismo para poder convertirse en lo que realmente es, en alguien más noble, más fuerte y más libre. Sin embargo él mismo pronosticó que, en el año 2000, la sociedad sería cada vez más individualista, deshumanizada y supeditada a la tecnología. Esto nos haría no solo menos libres, sino también más aislados e infelices. 

Si las guerras nucleares no nos destruyen antes del 2000, especuló, tendremos un mundo alienado, frío y menos empático. El ser humano llegará a ser un mero consumidor, un ser pasivo sometido. Perderemos la libertad, la salud y la felicidad para que los engranajes de la “megamáquina” (el mundo) funcionen. La sociedad deshumanizada será una sociedad infeliz. La exaltación del ego figura como una prioridad para muchas personas.

Según la RAE, el individualismo se define como una ‘tendencia a pensar y obrar con independencia de los demás, sin sujetarse a normas generales’. Así, cuando nos imaginamos a alguien individualista, solemos pensar en alguien que solo mira por sus intereses o que no piensa en lo que los otros necesitan. El yo opaca tanto al entorno vital, que es muy complicado que la persona termine por cuidar intereses que estén más allá de los propios. Así, hay individualistas que rozan el egoísmo. 

Son cada vez más las personas que deciden ser solteras para siempre; crece el número de sujetos mayores de 65 años que viven en aislamiento, por indiferencia y desinterés de sus allegados. Los vecinos cada vez hablan menos entre sí. Hasta los niños permanecen hoy más solos que nunca antes. Todos estos fenómenos en conjunto son el precio del individualismo.

Sin embargo, viene abriéndose paso una fuerte tendencia hacia los patrones colaborativos. Este fenómeno se presentó primero en la economía: el verbo tener comenzó a ser sustituido por los verbos compartir, alquilar, prestar. También ha comenzado a compartirse la casa, las herramientas, la comida y hasta las mismas experiencias de la vida cotidiana. Se está intentando, desde el “ser uno”, recomponer los vínculos perdidos con el mundo. 

El sentimiento de unidad nos recuerda que no estamos solos ni desconectados; al cultivarlo recordaremos nuestra humanidad compartida. Podremos comprender que todos sentimos miedo, ira, tristeza y frustración; que muchas personas han vivido experiencias similares y que nuestros errores y vulnerabilidades son, de alguna forma, los de todos. Cuando perdemos este sentimiento comenzamos a sentirnos confusos, perdidos y vulnerables. Comenzamos a dejarnos llevar por el miedo, por la envidia o por el rencor, enfatizamos lo que nos divide y olvidamos lo que nos hermana. 

Al recordar que todos somos uno desechamos la rivalidad y las ansias de imponer nuestra perspectiva, nos abrimos a escuchar, a entender de dónde viene el otro. De este modo, nos permitimos validar sus emociones, aunque no las compartamos, pues podemos llegar a comprenderlas, haciéndonos más sensibles a las realidades de los otros. Nos resulta mucho más sencillo y natural empatizar con las emociones ajenas. El individualismo competitivo se desdibuja para dar paso a la solidaridad, la generosidad y la justicia. La compasión y la bondad, sin críticas negativas ni juicios ni envidia; el perdón, para conectarse emocionalmente con todos. Algo que nuestro entorno y nuestra comunidad grande necesita urgentemente.

“Había una pequeña aldea en medio de los árboles. Allí vivía un hombre paralítico, que apenas se movía arrastrándose por el suelo.

Enfrente de su choza, vivía un hombre ciego y testarudo. Ambos se habían enemistado por alguna razón desconocida. Lo cierto es que todos los días encontraban una excusa para discutir acaloradamente. 

Un día, hubo un incendio en el bosque y el fuego comenzó a devorar las chozas de aquella aldea. La gente salió huyendo del lugar, pero nadie ayudó al hombre ciego ni al paralítico.

Ellos gritaban pidiendo auxilio. El ciego daba vueltas en su patio intentando escapar, pero no lograba discernir el camino que debía tomar. El paralítico, en cambio, miraba que aún quedaba un espacio en medio del bosque por donde huir, pero era escabroso y sabía que no iba a poder arrastrarse tan rápido para salvarse.

No tardaron mucho en darse cuenta que la única forma de salvarse era uniendo esfuerzos el uno con el otro.

En medio de la desesperación, el paralítico le ofreció ayuda al ciego para guiarlo en el camino, a cambio de que lo cargara en su espalda y lo llevara con él. El ciego aceptó gustosamente y así lograron salvarse de la muerte.

Al fin aquellos hombres habían comprendido que su enemistad era inútil y perjudicial.”