El filósofo australiano Roman Krznaric hace notar la importancia de salir de la dictadura del instante que prevalece hoy en día; destaca que las personas y los gobiernos deben pensar la realidad en términos de siglos y no de nanosegundos. Un enfoque muy interesante en el que la empatía lleva a lo genuino y lo genuino lleva al bienestar. El cortoplacismo frenético y la tiranía del ahora no coinciden con la más auténtica naturaleza humana. Por eso el concepto de empatía es uno de los ejes en su pensamiento. 

Krznaric aboga por que la humanidad desarrolle empatía con quienes vendrán en el futuro. Él habla del “pensamiento catedral”, metáfora para referirse a los constructores de las catedrales góticas que pensaban su obra en términos de centurias y no de un par de minutos. Cree que el ser humano debe volver a pensar así y salir del cortoplacismo patológico que prima en la actualidad, diseñando, desde la empatía, un futuro a largo plazo.

La empatía es más necesaria que nunca en tiempos difíciles. No puede faltar en ningún escenario, público o privado. Debería estar presente en cada persona que tenga como objetivo atender a otros, liderar un país o, simplemente, salvaguardar a los demás y a sí mismo. Al fin y al cabo, ese es el auténtico propósito de la empatía: favorecer la supervivencia y el bienestar del grupo al conectar con las emociones del otro y generar una conducta capaz de promover el bien ajeno. 

No es lo mismo sentir el dolor o las necesidades ajenas que comprenderlas y decidir ser útil. Entre sentir y actuar hay un gran abismo que no todos se atreven a sortear para crear puentes, para movilizar energías y recursos por el bien común. Como bien señala Daniel Goleman, sin una empatía útil y activa nadie llegará muy lejos. Es un medio para que fluya la armonía entre los grupos, la identificación de necesidades y esa colaboración activa donde ser “parte del grupo y no arquitecto del conflicto”.

Cuando pasamos por momentos difíciles habrá quien se limita en exclusiva a cuidar de sí mismo y de su familia, aunque debamos ser capaces de ir más allá. En el ámbito del liderazgo, tanto empresarial como político, es esencial la empatía compasiva. En este caso, se moviliza un ejercicio emocional, cognitivo y conductual en el que se muestra una preocupación genuina por los demás. Caen los egoísmos, los intereses y las falsedades para activar una compasión que valora al ser humano por encima de cualquier cosa. Ello se traduce en acciones, en compromisos reales y efectivos a partir de esa cercanía auténtica para con las personas.

Empatía es también “resonar” con el otro, sentir las vibraciones de sus sentimientos para diseñar y producir intervenciones valiosas. Es como el eco, como el sonido que parte de un lado e impacta en muchos lugares a la vez. Es un estímulo que trasciende y deja huella de múltiples maneras. La resonancia empática, caracteriza a la persona capaz de conectar y comprender las emociones de su gente y valerse de ello para mejorar su bienestar. Es una apertura total para captar la realidad de quien tenemos enfrente, comprendiendo emociones, pensamientos y situaciones personales. Asimismo, cuando algo nos “resuena” nos invita a actuar, a promover conductas de ayuda, de apoyo. 

Si Charles Darwin nos señaló que las especies que sobreviven no son las más fuertes ni las más rápidas ni las más inteligentes, sino aquellas que mejor se adaptan a los cambios, le faltó añadir un pequeño aspecto: la bondad, la ternura, la capacidad de servir de ayuda y apoyo al grupo social. En tiempos duros necesitamos corazones valientes. Necesitamos mentes claras que sepan intuir necesidades y corazones tiernos capaces de romper el molde del egocentrismo para crear puentes y lazos entre las personas. En días complicados necesitamos personas que sumen y no que resten, figuras altruistas y llenas de coraje que saben transmitir comprensión, que saben ser hogar cuando afuera hace frío. 

“Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario de un hospital, conocí a una niñita que sufría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse, era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla.

El doctor explicó la situación al hermano de la niña, y le preguntó si estaría dispuesto a darle su sangre. Yo lo vi dudar por un momento, antes de tomar un gran suspiro y decir: -“Sí. Lo haré si eso la salva. Le voy a dar mi sangre para que ella viva."

Mientras la transfusión se hacía, él estaba acostado en una cama al lado de la de su hermana, muy sonriente. Veíamos regresar el color a las mejillas de la niña, pero de pronto el pequeño se puso pálido y su sonrisa desapareció. Miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa: -“¿A qué hora empezaré a morir?”

El niño no había comprendido al doctor, y pensaba que tenía que darle toda su sangre a su hermana para que ella viviera. Creía que él moriría... y aún así había aceptado.”