La situación actual ha enfriado climas y aumentado distancias. El individualismo parece reflejarse en muchas áreas de nuestra vida. Todo apunta a que el sentimiento de comunidad no es igual que hace unas décadas. Es probable que mucha gente no sepa quien hay al otro lado de la pared de su propio piso. Además, el enfrentamiento social como fenómeno y la apología de la disputa están siendo ensalzados. Con mucha probabilidad, estas tendencias sociales se han visto acentuadas por la crisis sanitaria mundial. 

Si existe algo que puede revertir por sí mismo toda una situación global de insatisfacción y frustración es el amor. El amor hacia nuestra pareja, hacia nuestros padres, hacia nuestros hermanos, nuestros hijos, pero también hacia esa persona que se acaba de tropezar, a la que le preguntamos si se encuentra bien, a la que vemos llorando y nos ofrecemos por si necesita algo. Hacia la persona diferente, la que reza según un credo distinto al nuestro, la que opina de manera diferente a nosotros o la que habla otro idioma. El amor a nosotros mismos.

El amor, poderoso, trascendente, imparable, es la única forma de superar, como sociedad, cualquier adversidad. Es uno de los motores más potentes de la existencia humana. Poner amor en cada cosa que hacemos, pensamos y deseamos. Ofrecerlo en libertad y permitirnos recibirlo. Cuando es auténtico nos transforma y nos empuja a crear la vida que deseamos. Ninguna realidad trasciende tanto al ser humano como ese filtro que todo lo ilumina. Porque cada cosa que nos rodea puede conjugarse con el verbo amar, aunque no siempre nos demos cuenta de ello.

El amor es el sentimiento que más nos enriquece y que saca lo mejor de nosotros mismos. Todo está revestido por esta aleación que tiene, al fin y al cabo, un gran impacto en los pensamientos, las emociones y los comportamientos. Erich Fromm, ya en 1956, explicaba que este sentimiento debería verse como una forma de arte. Al percibirlo de este modo, las personas tendríamos dos obligaciones. La primera entender la teoría, saber cuál es su esencia, su significado, su finalidad. Por otro lado, y no menos importante, hay que saber amar y para eso se necesita práctica, buen hacer y buena voluntad. 

El amor todo lo impregna, lo trasciende y, con él, todo alcanza plenitud. La dimensión del "amar" no está hecha para meditarla en quietud o en los pasillos de nuestra soledad; sólo adquiere sentido a través de la acción. Necesitamos comportamientos que lo demuestren, que lo hagan llegar en un acto auténtico de reciprocidad. Al fin y al cabo, el amor facilita la conexión, el interés por el otro y el deseo de generar el bien. 

El amor es un desafío constante, no es algo fácil ni un espacio calmo donde todo discurre en placidez y armonía; hay que moverse, crecer, comprender, trabajar juntos. El arte del buen amor no busca complacer al ego. Es un tendón psíquico que confiere aliento, sustento y respeto. Querer es ante todo un acto de dignidad hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Es el motor que impulsa nuestra esperanza. Una vida con amor implica vivir en paz, en armonía y reconociendo en cada ser humano, a un hermano, con el que compartimos un universo. Nuestras acciones basadas en el amor nos llevan a desarrollar y sacar a la luz la mejor versión de nosotros mismos. De esta manera generamos un cambio positivo en todos y fortalecemos la convivencia. Quizá muchas personas no vean la relación entre la práctica del amor en lo cotidiano y que nuestra sociedad cambie. Será cuestión, simplemente, de empezar. Y después, cada uno verá lo que puede suceder a todos los niveles.

"A un pueblo lejano, llegó un hombre ya anciano. Dicen que era sabio. Unos jóvenes decidieron probarlo preguntándole: -Si eres un sabio, dinos quién es la mejor persona de este pueblo. 

Al día siguiente, se sentó en una calle donde los ciudadanos pasaban continuamente. Colocó un cartel que decía: "Necesito de usted. Por favor, déme algo." La gran mayoría le dio dinero. Pero, cada vez que le daban dinero, él lo arrojaba a otro mendigo que se encontraba a su lado. La gente se sorprendió con su actitud. 

Al otro día, de nuevo estaba con el mismo cartel. Pocos le dieron dinero pero le trajeron comida. Nuevamente, el sabio dio toda la comida recibida a otros mendigos cercanos. 

Nadie entendió qué quería realmente el sabio. El tercer día le dieron menos dinero y muy poca comida. Pero un hombre se acercó al sabio, le preguntó cómo estaba, le sonrió, conversó un rato con él y después se retiró. El sabio abandonó el lugar. Los jóvenes preguntaron sobre lo que había sucedido. 

-Queridos jóvenes, la realidad es que tanto el dinero como la comida que me dieron no tenían nada de especial. Lo hicieron casi por deber. Sin embargo, la persona que se acercó, me sonrió y conversó conmigo es la mejor de todas, porque me dio la riqueza de la vida y la comida del alma. Siempre que busquen a alguien bueno, verifiquen que, junto con cualquier cosa material, esa persona dé algo de sí misma."