La evaluación que hacemos del tiempo puede verse afectada en la cuarentena. Aunque podría variar según los grupos, por ejemplo las personas esenciales que están activas (más que en la normalidad),  pueden plantear el cansancio y la sensación de eternización de los días. Sin embargo, otras personas  plantean la sensación del paso rápido del tiempo diario dado que la cantidad de actividades y estimulación disminuyó.  Si bien es cierto que en cohortes que han perdido gran parte de la relación interpersonal, especialmente los niños, los días podría también percibirse como más lentos.

La conciencia del tiempo es una plataforma sobre la que  sustentamos  las  tomas de decisiones. A partir de ella se generan diferentes posibilidades, haciendo  que una decisión pueda esperar o deba ser tomada a corto plazo; dependiendo de la ansiedad anticipatoria que la persona presente. Esto modificará sustancialmente los mecanismos y variables evaluadas así como la decisión final, la que podríamos clasificar como inmediata, a mediano o a largo plazo. Todas muy diferentes,  como se podrá comprender.

Una de los interesantes estudios de neurociencia y subjetividad del tiempo que se han planteado es la diferente representación en la niñez, momento en el cual la temporalidad parece generalmente mucho más prolongada. Diferente a  la adultez cuando la evaluación subjetiva va generando percepciones cada vez más breves de la temporalidad.

El investigador Adrian Bejan, profesor de ingeniería mecánica de la Universidad de Duke planteó una explicación interesante, en la que postula que las rutas sensoriales y cerebrales de los niños son más pequeñas  y rápidas,  con menos interceptación de las redes neuronales. Contrario a lo que sucede en el adulto, en el cual la información recibida a lo largo de la vida, fue incorporando redes y conformaciones que producen un retraso en la información.  Consecuentemente la cantidad de variables que ingresan al sistema nervioso y a nuestra conciencia, amortiguan y disminuyen la cantidad de información;  generando una evalución subjetiva más rápida, pues serian menos los sucesos que hemos percibido durante la adultez y aún más la vejez.

Esto también tendría relación con la diferente percepción que hará la persona sobre la duración subjetiva del tiempo, entre una persona activa que recibe mucha información en el día, como sucede actualmente en los trabajadores esenciales, que podría relacionarse con una representación más prolongada del mismo; contra las personas que están todo el día en su casa, en las que el tiempo podría ser percibido como más veloz.

Esta temporalidad será flanqueada por el nivel de ansiedad, que en cierto modo es un gran marcador  de la subjetividad del tiempo. La ansiedad desproporcionada transformará la vida con peor calidad; generando la necesidad anticipatoria,  permitiendo una percepción paradójicamente más lenta del mismo, convirtiendo ese espacio temporal en un momento displacentero, aburrido o angustiante que enlentecerá aún más nuestra percepción. Esta subejtividad distorsionada de la evaluación consciente de lo temporal, podrás además aumentar la producción de toma de decisiones erróneas.

El humano, como todos los seres biológicos, tiene impuesta la necesidad instintiva de supervivencia. La que sin embargo se complejiza con el sistema consciente. La evolución de la temporalidad es uno de los procesos en un principio instintivo que permiten sobrevivir a los animales, como por ejemplo migrar y escapar del frío, hasta medir los tiempos para cazar o escapar del cazador. En el ser humano se complejizó, tomo partes conscientes y puede entenderse como la Metacognición de la temporalidad.

Ritmos, sueño y reloj biológico

El homo sapiens complejizó las evaluaciones del pasado, como por ejemplo un hecho histórico a reflexionar y también sobre el futuro, como necesidad de planificación y programación. La biología había avanzado sobre procesos muy primitivos de la temporalidad que, por ejemplo, coordinan los ritmos moleculares celulares de aproximadamente 24 horas (ritmos circadianos: cerca de un día). Estos siquiera se pueden considerar procesos instintivos, sino sólo de equilibrio (homeostasis predictiva), dado que regulan los complejos sistemas internos de  animales aún muy primitivos.  

Existen otros reguladores temporales, que podrían considerarse como instintivos. Ya que coordinan la actividad conductual de los animales en pos de la supervivencia. Son ejemplo de estos, los ritmos circadianos, que regulan el reloj biológico interno de un día; a través de un núcleo hipotalámico llamado supraquiasmático (el real reloj biológico). Modifican las cuestiones corporales internas, pero también las conductas como decidir  dormir, entre otras. Este sistema, tiene como punta de lanza un mensajero tisular, una hormona secretada por la glándula pineal: la conocida melatonina que regula los ritmos diarios.

Esta hormona comunica a los tejidos sobre el momento del día en que se vive, se secreta al bajar el sol e indica la oscuridad. Es decir comunica la noche y la hora en la que debe aparecer el sueño; a partir de modificaciones corporales y cumpliendo un equilibrio predictivo. Sin embargo este sistema de los ritmos diarios debe regularse por estímulos externos, dado que en se estiman de aproximadamente 25 horas. Los estímulos externos son llamados Zeitgebers que claramente se verán alterados en cuarentena. Especialmente en las personas confinadas, pudiendo vivir una especie de Jet-Lag, consecuencia de haber perdido los ritmos cotidianos, como el trabajo, el caminar diario o la hora fija de despertar.  Desordenando las rutinas que organizan nuestra temporalidad.

Estos cambios temporales en los animales más desarrollados pueden modificar conductas, sin por ello pueda pensarse en que presenten conciencia temporal. Aunque sí podría considerarse, que estos presenten cierto conocimiento del tiempo; sin llegar a ser una conciencia plena y compleja como la metacognición del humano.

Por ejemplo, las aves migratorias conjugan claramente la temporalidad con el espacio; aunque con un conocimiento instintivo de la temporalidad, a partir de la cual deben migrar. En estos casos ya se observa la imbricación tiempo-espacio. De hecho, uno de los descubrimientos más resonantes de los últimos años de la neurociencia es la descripción de células cerebrales que sirven para ubicarse en el espacio. Descriptas por los premios nobel del 2014: John O’Keefe, May-Britt Moser y Edvard Moser, aportando en un problema que ha ocupado a filósofos y científicos durante siglos.

El humano, sin embargo, presenta una conciencia más profunda del tiempo, tanto del corto, del mediano, como del largo plazo. Asimismo sabe de su finitud, desde la niñez avanzada lo cual lo angustia y modifica su perspectiva de las tomas de decisiones complejas a futuro. La pregunta es entonces: ¿cómo el homo sapiens constituye su conciencia temporal? Una de las premisas es que la temporalidad implica una función relacionada con la ubicación en tiempo y el espacio e implica el conocimiento profundo de los mismos.

La evaluación del tiempo en confinamiento será una función que condicionará el nivel de ansiedad con el que sustentamos esta cuarentena. Ordenar el tiempo y relajar tensiones harán que ese tiempo pase con mayor calidad, lo cual lo hará sentir más placentero y menos prolongado.

 

*Neurólogo Cognitivo y doctor en Filosofía. Prof. Titular  UBA. Conicet