Pascal señaló que el hastío era (e iba a ser) el principal problema de la humanidad. Apuntaba que esta dimensión surge cuando todo nos abandona: el amor, el placer de viajar, de leer. Es entonces cuando aparece la “nada”, esa ausencia total de estímulos y pasiones que nos lleva al ahogo, porque todo lo que nos envuelve, es homogéneo, hueco y aburrido. Nada atrae nuestro interés, ni siquiera las cosas que antes nos apasionaban. Todo nos parece rutinario, falto de sentido. 

Alguien definió la falta de entusiasmo como ese estado en el que lo divino se desvanece y la existencia se convierte en una llanura. Es que pocas emociones son tan enriquecedoras, vitales e inspiradoras como sentirnos entusiastas. El entusiasmo es la energía que nos lleva hacia la felicidad, es la pasión por hacer lo que realmente nos motiva y lo que amamos; supone mantener una actitud de ilusión y apertura ante lo que se nos presenta. Lamentablemente en nuestro día a día vamos acomodándonos, adaptándonos a la rutina, creando una monotonía. 

Cuando somos niños exploramos, nos asombramos y entusiasmamos con naturalidad, a través de cosas sencillas. Conforme avanzamos en el tiempo vamos apagando esta capacidad aunque, afortunadamente, no todo se pierde. El vivir con entusiasmo no es algo que venga en nuestra forma de ser o esté determinado genéticamente; es una actitud y como tal supone un aprendizaje. Por eso afirmaba Aldous Huxley que “el secreto de la genialidad es el de conservar el espíritu del niño hasta la vejez, lo cual quiere decir nunca perder el entusiasmo”.

Vivir con entusiasmo significa elegir explorar, abrirse a las emociones y a la capacidad para experimentar. La actitud de entusiasmo nos permite romper con la queja, el negativismo y el escepticismo. Al situarnos en una visión más esperanzadora, vemos un mundo lleno de posibilidades, con más perspectiva. La motivación parte de las expectativas que tenemos acerca de lo que somos capaces de conseguir con nuestro esfuerzo. 

El entusiasmo es una forma de ver la vida, una actitud que nos ayuda a motivarnos y afrontar las situaciones que se nos presentan. Se puede aprender a ser entusiasta aunque sea algo que también esté fuertemente arraigado a nuestra personalidad. Una visión más positiva acerca de las adversidades y de las dificultades, nos relaciona mejor con las motivaciones. Los grandes logros que la humanidad ha conseguido han sido gracias al entusiasmo, a las ganas y la fuerza que nos empuja a descubrir y a dejarnos asombrar.

Necesitamos despertar nuestro entusiasmo. Es bueno encender esa vitalidad energética y positiva con la que afrontar las dificultades con mayor ímpetu y confianza. Esta emoción es el motor que nos impulsa a conseguir nuestros objetivos. Resulta complicado poner ilusión a nuestra realidad cuando pesa la rutina y miramos al futuro con el pinchazo de la incertidumbre. Casi siempre el entusiasmo es signo de salud emocional. Es comprometernos con la vida y darle impulso. Es también un rasgo que nos permite afrontar las cosas desde el corazón, de manera vivaz y energética.

Despertar el entusiasmo se contagia, es como una chispa en la oscuridad que guía e inspira. Nos ayuda a salir de nosotros mismos y a explorar otros territorios. Descubrir nuevos escenarios y ampliar experiencias despierta la pasión por vivir. Hay que dejar de vivir en “modo supervivencia”. El entusiasmo no se enciende cuando estamos atrapados por la rumiación y la inquietud constante. Debemos preguntarnos qué nos apasiona, qué enciende nuestra inspiración, nuestra ilusión y nuestra motivación; clarificar cuáles son nuestros gustos, nuestras inquietudes personales para trabajar en ellas. Lamentablemente alrededor siempre habrá una o dos presencias que infravalorarán nuestras pasiones o nuestras inquietudes; personas expertas en arrancar alas a los que sueñan, en desanimar a quien encuentra su camino.

Aquel que se entusiasma, siente una alegría especial, se enamora de una idea, de una causa, de un proyecto, y la vida se llena de sentido para él. A veces la chispa del entusiasmo se enciende como si de un flechazo se tratara, otras la llama va creciendo más lentamente hasta alcanzar la misma categoría emocional. El entusiasmo tiene mucho que ver con la capacidad de amar, ya que supone profundizar en la belleza que hay detrás de todo lo que nos sucede. Es principalmente el amor, como fuente de motivación y entusiasmo, quien nos hace mejores. Se afirma sabiamente -al estilo del Principito- que si quieres a una flor, la arrancas para tenerla contigo, y si “amas” a una flor, la cuidas todos los días con el entusiasmo del corazón.

Una mañana llegó a las puertas de la ciudad un mercader árabe y allí se encontró con un pordiosero medio muerto de hambre. Sintió pena por él y le socorrió dándole dos monedas de cobre.

Horas más tarde, los dos hombres volvieron a coincidir cerca del mercado: -“¿Qué has hecho con las monedas que te he dado?”, preguntó el mercader.

-“Con una de ellas me he comprado pan, para tener de qué vivir; con la otra me he comprado una rosa, para tener por qué vivir…”