La filosofía desde sus orígenes era considerada como un proceso de autoconocimiento transformador y vital del ser humano. Para ello, los griegos practicaban el "cuidado personal" (cura sui) a fin de estar en armonía con uno mismo y con el mundo exterior. El "cura sui" se traduce como camino para mantener una vida en equilibrio. Es un viaje hacia la plenitud individual, que también puede influir de manera positiva a nivel colectivo. Implica tener el coraje y la humildad de mirarse hacia adentro y saber quién es cada uno. Exige un esfuerzo por romper la inercia y la costumbre: ver y vivir de manera más consciente. Proceso de transformación, en el que el ser humano aspira a potenciar una mirada más penetrante sobre la combinación de dos realidades: la interior y la exterior.

El autocuidado es una práctica que exige disciplina, compromiso y sacrificio continuo; por esto y por el hecho de que el ser humano vive en su zona de confort y de ocio, nos resulta difícil desplazar la atención del exterior a nuestro interior, de una posición reactiva a una posición proactiva. Ese cuidado de sí es algo que sólo puede proporcionarse el mismo sujeto. Es una forma de pertenecerse a sí mismo, de "ser yo". Ocuparse de uno mismo no implica una actitud egocentrista. Significa tener conciencia plena de todas nuestras potencialidades y limitaciones. Se trata de aprender a cuidar y a tomar la realidad en nuestras manos. Por eso algunos se han referido al cuidado de uno mismo como un signo de libertad.

El concepto de autocuidado parte de la conciencia y de un conjunto de decisiones que hemos tomado durante nuestra vida. Adicionalmente, se constituye como un pilar de las relaciones sociales. Este proceso tiene lugar en el campo de la comunicación personal y colectiva. El autocuidado abarca muchas esferas que se relacionan con el bienestar, como por ejemplo, las necesidades, las emociones, la salud, los comportamientos, los valores. Estamos hablando de todo aquello que permite mejorar nuestra calidad de vida y que no perjudica la de los demás.

Relacionamos el cuidado de uno mismo con la auto empatía, un ejercicio de bienestar y salud psicológica que descuidamos con frecuencia. La empatía es una cualidad volcada esencialmente hacia fuera. Es un "ponerse en el lugar del otro" para comprender sus puntos de vista y experimentar sus emociones. La auto empatía, al contrario, se enfoca hacia dentro. Nos permite darnos ese abrazo reconfortante tan necesario. Quererse bien y atenderse a uno mismo igual que hacemos con los demás. Situar la mirada en el interior, no deja de ser el primer paso hacia cualquier tipo de empatía externa y, a su vez, el punto de partida en cualquier relación enriquecedora tanto con uno mismo como con los demás.

A lo largo de nuestra vida nos han recordado siempre la importancia de la preocupación empática. Pero no nos han explicado que el mejor modo de practicar este arte es partiendo de la autoconciencia emocional. Se trata ni más ni menos que de conectar con uno mismo y monitorear los propios estados internos, las preferencias, las intuiciones, las necesidades y cada emoción a medida que surge. Son muchas las personas que pasan buena parte de su vida descuidando cómo se sienten. 

La auto empatía requiere que notemos y reconozcamos que estamos ahí, que hay una parte de nosotros que siente, sufre, se ilusiona, se entristece y se esperanza. Implica que seamos capaces de observarnos sin emitir juicios, sin criticarnos por experimentar determinadas cosas, sin amonestarnos porque hoy nos sentimos enfadados, preocupados o asustados. Atendernos de manera abierta y sin fisuras y sin dejarnos para después. 

¿Cuánto tiempo hace que no nos preguntamos: «cómo estamos realmente»? Aparentamos ser criaturas invencibles, esforzándonos por no atender ni escuchar demasiado a ese ser interno que pide ayuda y que sufre. Somos esa sociedad que se saluda con un «cómo estás» sin esperar respuesta del otro. 

Desarrollar esa valiosa capacidad de mirar hacia adentro y expresarlo después no es tarea fácil. Pero no debemos acostumbrarnos a sonreír a la fuerza, a aparentar normalidad olvidándonos del autocuidado emocional. No dejemos que se apague nuestro fuego interior. 

Les comparto un texto de Eduardo Galeano: "Un hombre del pueblo Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado desde arriba la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear; esos son los que se cuidan y se alimentan para no empequeñecerse ni apagarse y quien se acerca termina encendiéndose."