En la vida solemos querer más de todo. Nuestra mente y nuestro corazón tienen expectativas que nos impulsan para conseguir lo que deseamos. Éstas son subjetivas, parciales y, a la vez, un arma de doble filo que hay que saber manejar. Unas veces son el incentivo necesario para ayudarnos a avanzar y otras, el camino más directo hacia la decepción personal. Mantener expectativas positivas sobre algo, aunque no sea rimbombante y grandioso, equivale a sentirnos ilusionados, anticipando el desenlace satisfactorio de una situación. 

Sin embargo, hay personas con baja habilidad para disfrutar de la vida, sin capacidad para valorar las pequeñas cosas. Una de nuestras mayores insatisfacciones es que todavía no hemos logrado todo lo que queremos. Pero esos grandes logros se crean con pequeños pasos. Son las pequeñas cosas que hacemos cada día las que marcan la diferencia.

A veces lo anecdótico puede ser más trascendente de lo que pensamos. También los eventos más aislados y singulares, esconden tras de sí realidades lo bastante serias como para tenerlas en cuenta. “Los detalles hacen la perfección y la perfección no es un detalle”, decía Leonardo da Vinci. Las pequeñas cosas tienen muchas formas y llegan de muchas maneras: un mensaje en el móvil, el retraso de un colectivo, una tormenta que arruina esa reunión que teníamos prevista. 

No hay recetas mágicas ni un solo camino a la felicidad; cada uno construye el suyo. Las personas tenemos aspiraciones: el amor, la superación, la satisfacción personal, el bienestar cotidiano, la tranquilidad, el equilibrio emocional. Sin embargo, la felicidad no es una entidad estática y efímera; se edifica y se encuentra, especialmente, en las cosas y en los detalles más pequeños, los más insignificantes, en nuestro “aquí y ahora”.  

La grandeza de una persona está en pequeños detalles que la moldean en acero inolvidable, la hacen única y excepcional. Siempre que pueden, tienen una palabra de aliento, una mano amiga para tender, un buen pensamiento, una buena acción. Poseen una gran capacidad para empatizar, captar, proteger y lidiar con las emociones propias y ajenas. Son los pequeños detalles los que hacen grandes momentos, grandes rasgos y grandes personas; edifican vidas enteras y permiten conocer grandes corazones. 

El corazón sabio se alimenta de pequeños detalles, de esos que están hechos con atención, amor del bueno y dedicación verdadera. Es como un lienzo vital sobre el que construimos una realidad auténtica y significativa. Detalles cotidianos, y a la vez sorprendentes, que además no valen dinero y se ofrecen a cambio de nada. Es triste comprobar que estamos perdiendo la conexión con lo que acontece a nuestro alrededor. Vivimos en una sociedad rica en estímulos, donde el detalle carece de importancia porque lo que cuenta es el impacto y la noticia rápida. Saber regalar momentos y no objetos intercambiables es un arte. Con ellos logramos poner esa pincelada de luz en el momento preciso.

La verdadera heroicidad es dejar huella con los pequeños gestos e ir sembrando bondad para recoger grandeza. Al fin y al cabo, lo importante para nosotros reside en nuestra capacidad para cosechar riqueza en lo cotidiano. Es importante que las hojas de nuestro calendario no pasen sin haber disfrutado de los pequeños detalles. “Espera lo mejor, planea para lo peor y prepárate para sorprenderte”, afirmaba Denis Waitley. La forma en que haces las pequeñas cosas dice mucho de la forma en que harás las grandes. Nada hace pensar que, si hacemos mal lo pequeño, triunfaremos en lo grande que, en definitiva, sólo es algo que se compone de muchos pequeños. Como afirmó Benjamin Franklin: “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.”

El Almirante Mc Raven decía a estudiantes recién graduados: “Cada mañana dentro del entrenamiento, mis instructores, que en aquella época eran veteranos de Vietnam, se presentaban en los barracones y la primera cosa que hacían era inspeccionar tu cama.

Si estaba correctamente hecha, las esquinas formarían un ángulo de 90 grados, la manta y sábanas estarían perfectamente tensas, la almohada justo en el centro, y a los pies de la cama la manta de repuesto. Eso era una cama bien hecha para el ejército. Era una tarea simple, mundana. Pero cada mañana teníamos que hacer la cama a la perfección.

Al principio nos parecía ridículo. Sin embargo he ido comprendiendo la sabiduría de esta acción tan sencilla a lo largo  de los años. Si haces tu cama cada mañana habrás completado la primera tarea del día. Y te animarás a hacer la siguiente y después otra. Al final del día, esa pequeña tarea completada se habrá transformado en muchas tareas completadas.

Hacer tu cama también refuerza el hecho de que las pequeñas cosas de la vida importan. Si no puedes hacer bien las cosas pequeñas, nunca podrás hacer bien las cosas grandes.

Si quieres cambiar el mundo, empieza por hacer tu cama”.