No siempre es posible volver rápidamente a la normalidad, tras una situación traumática. En caso de no poner en marcha mecanismos de afrontamiento y sanación tras ese evento, seguramente él nos acompañará siempre, en forma de estrés, ansiedad, estados depresivos. Además, aunque superemos los efectos de un hecho traumático, jamás volveremos a ser los mismos de antes. Crearemos un nuevo «yo», alguien con nuevos recursos para manejar el sufrimiento, alguien con mayor seguridad interna para construir su propia felicidad y crecer en esperanza, aunque no necesariamente más fuerte. La sanación trata de habilidades, de recursos, de aprender a ser capaces de aceptar lo que lastima, aprendiendo a vivir con ello. Proceso dolorosamente difícil.

El trastorno de estrés postraumático es una condición tristemente común y que la sufren millones de personas en todo el mundo. Vivencias como el maltrato en la infancia o en el seno de una relación afectiva, haber sufrido bullying en el colegio o mobbing en el trabajo, sobrevivir a un accidente de tránsito o incluso a una enfermedad grave dejan esta herida en el cerebro que, en muchos casos, puede durar para siempre. Imágenes y sensaciones vividas quedan selladas en la memoria emocional de manera intensa.

Seguramente hemos transitado situaciones traumáticas cotidianas, sobre todo en el encuentro con personas que, con un estilo prepotente, han dejado huellas indelebles en nuestra personalidad. Personas conflictivas, demandantes y carentes de empatía, constructoras de entornos tóxicos en los que la negatividad se contagia. Son actitudes que hacen mucho daño porque intoxican destructivamente las relaciones con los demás.

Hay personas crueles disfrazadas de buenas personas. Son seres que agravian y que violentan, mediante un maquiavélico chantaje emocional basado en el temor, la agresión y la culpa. En nuestro día a día podemos ser víctimas de la falsa bondad, la violencia encubierta, la manipulación, el egoísmo sutil, la ironía más dañina. No importa la edad, el estatus o las experiencias previas. Estos perfiles habitan a nivel familiar, en entornos laborales y en cualquier escenario. Y no nos referimos sólo al maltrato físico. La agresión emocional, la instrumental o la verbal son heridas menos denunciables, pero más cotidianas sobre las que debemos defendernos.

A menudo, suele decirse aquello de que “quien hiere es porque en algún momento de su vida también fue dañado”. Que quien fue lastimado, lastima. Sin embargo, y aunque bajo estas ideas no deja de haber una base verídica, hay otro aspecto que no siempre nos gusta admitir. La maldad existe. Los actos malvados pueden darse sin necesidad de que haya una enfermedad psicológica subyacente. Sí, hay personas crueles. Se caracterizan por hacerle daño a los demás deliberadamente, sin otro objetivo que causar sufrimiento. La agresividad, que las impregna, las lleva a atacar o confrontar a los demás con ira. Es muy habitual que esté asociada a la falta de autocontrol, a la inseguridad, al temor o a una crianza desplegada también en un entorno agresivo.

Son perfiles arrogantes, convencidos de que son superiores a los demás y con la capacidad de despreciar al otro. Con frecuencia suele ser una manera de compensar un sentimiento inconsciente de inferioridad o impotencia. Son personas intolerantes, incapaces de aceptar y respetar las diferencias personales. Actitud propia de quienes no han construido convicciones firmes y hacen del prejuicio su forma de pensamiento. Gente dañina y fanática, que hace de unos cuantos dogmas su norma de vida porque le proporcionan un sentimiento de seguridad. Hombres y mujeres pesimistas y superficiales, negativistas que viven en un mundo de apariencias, banales sin reflexión. 

Nadie es perfecto, y eso es claro, pero por lo mismo, lo más razonable es trabajar para evolucionar, especialmente en aquellas actitudes que hacen más daño. Decía Mark Twain: “Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño”. Es obvio que esa tarea nunca se va a completar del todo, pero con el esfuerzo diario se logra pacificar, al menos, esos aspectos oscuros de nuestra personalidad. Porque no sólo los demás pueden actuar mal; también en nosotros hay una línea que atraviesa el corazón y que divide el bien y el mal. Lamentablemente no siempre somos conscientes de las consecuencias que pueden tener nuestros actos; y hemos llevado la violencia demasiado lejos. 

“Un día, un maestro vio a un niño explotando de ira y tratando muy mal, con gestos y con palabras, a uno de sus compañeros. Lo llevó al frente de la clase y, entregándole una hoja de papel, le dijo: -“Estrújalo!”

El alumno, asombrado, obedeció e hizo una bolita. -“Ahora déjalo como estaba antes”.

Por supuesto que no pudo dejarlo como estaba; por más que lo intentó, el papel quedó lleno de pliegues y arrugas. -“El corazón de las personas, dijo, es como ese papel. La impresión que en ellos dejas con tu maltrato será tan difícil de borrar como esas arrugas y esos pliegues”.