Hay una serie de términos que nos acompañan últimamente: “tiempos inciertos”, “incertidumbre laboral”, “futuro incierto”. Lejos de acostumbrarnos, procesamos este conjunto de palabras con marcada angustia y relativa frustración. Al cerebro no le gusta la incertidumbre, él necesita certezas y tener una buena sensación de control. La incertidumbre es el desencadenante de muchos de los trastornos de ansiedad. Los miedos, la ansiedad, las obsesiones o las fobias son un reflejo evidente de ese caos que no siempre podemos controlar. Sentimos necesidad de saber qué va a pasar a continuación, de forma que nos podamos anticipar.

La “entropía psicológica” es un concepto adoptado de la termodinámica: hace referencia a ese nivel de incertidumbre que nos rodea y que de algún modo tiende a desordenar o a traer cierto caos a nuestras vidas. La entropía psicológica viene a recordarnos que, en un contexto cambiante como el actual, estamos obligados a aceptar y controlar ese componente caótico. Una de las emociones más difíciles de manejar es la incertidumbre, el miedo al futuro, el temor a lo que sucederá próximamente. Todos en mayor o menor medida hemos sentido, sentimos o sentiremos incertidumbre; es inevitable sentir miedo al futuro. 

Nos estamos olvidando de cultivar un atributo decisivo para la adaptación: la tolerancia a la incertidumbre. Es precisamente esa capacidad para lidiar con la falta de certezas y de soluciones inmediatas. Hay personas que necesitan que las cosas se definan de una vez por todas. O sí, o no. O blanco, o negro. Las paradojas y las ambigüedades son algo inaceptable. 

El principio de incertidumbre, utilizado en la física cuántica, puede aplicarse en lo cotidiano para entender lo inesperada que puede ser nuestra realidad: en la vida nunca podemos estar seguros de nada. Enfrentarse a la incertidumbre es una parte inevitable de la vida diaria. “La incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar”, decía Mario Vargas Llosa. Somos equilibrio y somos caos. Somos estabilidad y también cambio. Asumir este movimiento y esas fluctuaciones es ley de vida y también de bienestar. 

Es precisamente la dificultad para aceptar lo incierto lo que conduce a utilizar la preocupación como una estrategia de control. Ante una situación, nos imaginamos todas las posibles eventualidades, con el fin de obtener una respuesta adecuada para cada una. De alguna manera, mantener la mente ocupada alivia la inquietud del «no saber», el no saber qué va a pasar y la inseguridad que lo acompaña. El no saber es sinónimo de desamparo, y por tanto, de miedo ante lo desconocido. El descontrol que a algunos les provoca la incertidumbre es como si intentaran conducir un coche sin las manos al volante.

El problema siempre son las emociones que acompañan al estado de inseguridad por lo venidero: la ansiedad, el miedo, la irritabilidad, la tristeza o el enfado. Todas están provocadas por nuestros “futuribles”. Todas ellas tienen que ver con nuestra resiliencia o la capacidad para afrontar la adversidad. La incertidumbre, el miedo al futuro, están muy relacionados con las anticipaciones: ¿Y si me despiden? ¿Y si me es infiel? ¿Y si no funcionan los tratamientos? Y si, y si…

Muchas personas para sobrellevar mejor la incertidumbre echan mano de futurólogos y pitonisas de todo tipo, con más o menos fiabilidad, ya que les ofrecen una vía de escape mental para estar prevenidos, aunque luego estos augurios no siempre se cumplan. De manera que estos “profesionales” ofrecen a gran número de hombres y mujeres, de todas las clases sociales, ricos y pobres, listos y no tanto,  cierto grado de paz mental que tanto anhelan. Por desgracia, quien tiende a preocuparse suele tener una asignatura pendiente: aprender a vivir a fondo cada instante, cada circunstancia sin paralizarse en el pensamiento de lo que viene.

“Un hombre murió repentinamente. Vio que se acercaba un ser muy especial que no se parecía a ningún ser humano. Llevaba una maleta consigo y le dijo: -Amigo mío, es hora de irnos: soy la muerte.

El hombre, asombrado, le preguntó: -¿Ya? Tenía muchos deseos y muchos planes...

-Lo siento, amigo, pero es el momento de tu partida.

-¿Qué traes en esa maleta? -preguntó el hombre.

-Tus pertenencias…

-¿Mis pertenencias? ¿Mis cosas, mis ropas, mi dinero?

-Lo siento: las cosas materiales que tenías, nunca te pertenecieron… Eran de la tierra.

-¿Traes entonces mis recuerdos?

-Esos ya no vienen contigo. Nunca te pertenecieron. Eran del tiempo.

-¿Traes mis talentos?

-No. Nunca te pertenecieron. Eran de las circunstancias.

-¿Traes a mis amigos, a mis familiares?

-Tampoco. Ellos eran del camino.

Entonces el hombre lleno de miedo arrebató a la muerte la maleta y al abrirla se dio cuenta que estaba vacía. Con una lágrima de desamparo brotando de sus ojos, el hombre le dijo: -¿Nunca tuve nada?

-Si, amigo mío… Cada uno de los momentos que viviste, fueron solo tuyos. Estabas tan preocupado por lo que vendría, que olvidaste llenar tu maleta”.

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Lic. Aldo Godino

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