La ley de los pocos vitales y los muchos triviales, conocida como Principio de Pareto, es aplicable no sólo a la economía y lo organizacional sino también a la vida personal. Señala, en pocas palabras, que lo verdaderamente importante representa una pequeña porción de la realidad. Entre tanto, los aspectos triviales dominan la mayor parte de la misma. Esto lleva a perder mucho tiempo valioso en cosas que no lo ameritan. Por eso, esta ley invita a enfocarse en lo realmente importante.

En general las personas buscamos enfocar nuestra mente y esfuerzo en "lo importante"; sin embargo nos cuesta mucho tener claridad sobre lo que verdaderamente importa. Muchos factores nos distraen y sacan del foco, desde las presiones sociales, los mensajes familiares, la comparación con "el vecino", una cultura que nos indica qué es lo deseable y qué no. Vivir y trabajar enfocando lo importante, en lugar de naufragar en las corrientes de lo urgente son de esas cosas complicadísimas, incomodísimas, pero que valen la pena indiscutiblemente. Trabajar en un proyecto, en lugar de “sacar el trabajo diario” no es sencillo, pero en esta vida, lo bueno cuesta.

Mark Twain decía: “Para cambiar tu vida, necesitas cambiar tus prioridades”. Priorizar las cosas nos ayuda a darnos cuenta de lo que realmente importa en nuestra vivencia cotidiana. La realidad es que no todos los días son iguales. Lo más probable es que algunos de ellos sean muy positivos y otros que nos permitirán experimentar la frustración. Cuando priorizamos lo que realmente nos hace crecer, la sensación de que circulamos por el buen camino vendrá sola.

Necesitamos priorizar las cosas que son ciertamente importantes para poder avanzar, para ser productivos en nuestra vida laboral, personal y para poder ser nosotros mismos todo el tiempo. Estar sumergido en actividades que por sí mismas no nos aportan ningún valor, encadenando una tras otra, puede hacer que se nos olvide lo importante. Así, de manera paulatina estaremos generando un desequilibrio que después costará mucho remontar. Para priorizar las cosas, debemos priorizarnos a nosotros mismos. 

Las crisis nos ponen cara a cara con la realidad, limpian el horizonte, dejando solo lo importante e imprescindible delante de nuestros ojos. La realidad condiciona cómo nos sentimos. Sin embargo, no lo hace en el vacío, no somos unos meros espectadores. Trabajamos con una escala de prioridades subjetiva e individual, sobre la que podemos gestionar para identificar lo importante. De repente, sin planificación, sin organización previa, estamos cambiando muchas rutinas: cambios íntimos, laborales, sociales, familiares. En estas circunstancias, despejar la niebla e identificar lo importante puede ser un buen punto de partida: certezas sólidas, aunque sean pequeñas, sobre las que comenzar a trabajar.

Aprender a priorizar significa organizar la propia vida, clarificar valores, recordar qué se nos hace esencial y qué podemos postergar o incluso dejar ir. En la actualidad, y debido a la hiperestimulación constante, esto nos cuesta mucho más. Recibimos demandas e información constante, y nuestra atención, como un músculo poco entrenado, se deja llevar sin recordar cuáles son sus objetivos, cuáles sus metas. Quien sabe y recuerda qué es lo verdaderamente importante, camina mejor en sus relaciones, en su trabajo y en su desarrollo emocional. Este aprendizaje implica dar forma a una mente más centrada, capaz de identificar algunas oportunidades y de minimizar otras. Debemos aprender a economizar esfuerzos y a clarificar propósitos; saber diferenciar entre lo urgente y lo importante.

Sólo cuando nos falta, sólo cuando la vida nos da un pequeño o gran revés, apreciamos de golpe lo que de verdad edifica nuestro corazón. Lo principal, la clave de todo, no está en llevar una vida sencilla sino en ser sencillos de pensamiento y saber de lo importante. Aquello que de verdad hace feliz a nuestro corazón y nos identifica: el placer de las buenas amistades, de un “buenos días” y una caricia inesperada, de la risa contagiosa de un niño, de un despertar de domingo sin ninguna preocupación en la mente. La revolución de la vida sencilla, la revolución de no necesitar más que pocas cosas para sentirse pleno. Transformar lo cotidiano, identificar lo importante y limpiar nuestra escala de prioridades; esa en la que con frecuencia se cuela el sabor amargo de urgencias superfluas.

“Un turista americano y millonario visitó a un famoso rabino. Y se quedó asombrado al ver que la morada del rabino consistía, sencillamente, en una habitación. El único mobiliario lo constituían una cama, una mesa, algunos libros y una banqueta, nada más. No sobraba nada y no había nada lujoso ni superfluo. 

-Rabino, no puede subsistir de esta manera, ni siquiera tiene lo esencial para vivir con comodidad. ¿Dónde están sus muebles?, preguntó el turista.

-¿Dónde están los suyos?, replicó el rabino.

-¿Los míos?, respondió sorprendido, pero si yo sólo soy un visitante... estoy aquí de paso.

-Yo también, concluyó el rabino, y eso es lo importante.”