No sólo estamos hechos de sueños e infinitas preguntas. En nosotros hay grandes dosis de valentía que nos hemos visto obligados a demostrar en más de un momento. Somos seres extraordinarios. Podemos entender el universo y escribir nuestras propias historias con grandes dosis de coraje e ingenio. Aunque, a veces se nos olvida y descuidamos nuestras fortalezas psicológicas, perdiendo ese brillo original.

Los mejores héroes, sin embargo, no son los que llevan armaduras brillantes o capas de relucientes colores. Los verdaderos héroes son de carne y hueso y están hechos de cicatrices, de historias tristes y de una piel curtida en mil experiencias. Somos seres que rara vez dejamos de alimentar la esperanza. Y eso, nos hace únicos.

Las personas somos pedacitos de coraje entremezclado con ilusiones y sueños. A menudo, protestones porque el mundo no siempre se ajusta a nuestros deseos y expectativas. Persistentes a la hora de trabajar por nuestras metas y olvidadizos, cuando nos descuidamos un poco entre tantas presiones, tareas y obligaciones. Se nos olvida, quizá, que todo ciclo vital no es más que un proceso constante de transformación. Hay pérdidas y hay ganancias. Hay puertas que se cierran y ventanas que se abren. Hay que saber mirar porque en el horizonte siempre nos esperan nuevos espacios por conocer.

“No caerse nunca no es una virtud, sino aprender a levantarnos cada vez que caemos", decía Confucio. Muchos de nosotros tememos las caídas. Nos da miedo fallar o fracasar a la hora de iniciar nuevas etapas. La persona realmente fuerte no es la que más resiste, sino la que es capaz de levantarse una y otra vez, sin despreciar las oportunidades que puedan aparecer por el camino. Con toda autoridad moral, afirmaba Stephen Hawking: “Por muy complicada y adversa que parezca la vida, siempre hay algo que puedes hacer. Donde hay vida, hay esperanza".

Todo aquello que nos duele, que nos cambia, también nos hace crecer y luchar. Lo que nos aflige nos enseña el valor de las sonrisas, las caricias y los buenos momentos. Al igual que nos hace aprender de los malos momentos y buscar la fuerza que sea necesaria para cambiarlos. No hay mejor gasolina que la que emana de la tristeza más profunda, esa que nos cala hasta los huesos. Porque en la vida, los momentos más bajos preceden a los mejores cambios. Donde hay lágrimas, hay fuerza, hay carácter. Dicen que solo aquel que ha conocido la tristeza y ha llorado con todas sus fuerzas conoce la grandeza del ser humano.

La tristeza nos da la valentía necesaria para que, después de la tormenta, podamos volver a ver el sol. Donde hay lágrimas, hay una oportunidad para aprender. Tras las fuertes tormentas también hay instantes de calma, tranquilidad y tiempo para pensar. Cuando pensamos que el camino que deseamos es inalcanzable, hay peligro de  perder la esperanza. Recuperarla no es tarea fácil; por eso muchísimas personas caen en estados de desánimo continuo, autodestrucción y estancamiento. Esperanza; ésta sólo aparece cuando pensamos que podemos conseguir lo que queremos y que es posible.

Hagamos desaparecer el mítico “si quieres, puedes". Este mensaje es tan irreal como desesperante y nos priva de un diálogo interior verdadero y saludable. Lo que cabe decir es que si de verdad lo creemos posible y tenemos fuerzas para pelear por ello, merece la pena trabajar para conseguirlo. La esperanza, entendida como una mirada al futuro, confiando en que las cosas pueden cambiar y esperando acontecimientos positivos, se convierte en un factor de protección fundamental frente al estrés, la ansiedad y la depresión. Es un pilar de fortaleza psicológica, que surge cuando parece que las fuerzas nos abandonan, que nos impulsa a no tirar la toalla y a no abandonarnos a la apatía y el pesimismo. Necesaria para mantener el equilibrio, nos ayuda a encontrar sentido a las experiencias de la vida. Mantiene el interés y permite perseverar en las metas y objetivos. 

“Un día decidí darme por vencido: renuncié a mi trabajo, a mi relación y a mi vida. Fui al bosque para hablar con un anciano que, según decían, era muy sabio.

 -¿Podría darme una buena razón para no darme por vencido?  le pregunté.

-Mira a tu alrededor, me respondió. ¿Ves el helecho y el bambú?

-Sí. respondí.

-Cuando sembré las semillas del helecho y el bambú, las cuidé muy bien. El helecho rápidamente creció. Su verde brillante cubría el suelo. Pero nada salió de la semilla de bambú. Sin embargo, no renuncié al bambú.

En el segundo año el helecho creció más brillante y abundante y, nuevamente, nada creció de la semilla de bambú. Pero no renuncié al bambú.

En el tercer año, aún nada brotó de la semilla de bambú. Pero no perdí mi esperanza.

En el cuarto año, nuevamente, nada salió de la semilla de bambú. Pero no renuncié al bambú.

En el quinto año un pequeño brote de bambú se asomó en la tierra. En comparación con el helecho era aparentemente muy pequeño e insignificante.

El sexto año, el bambú creció más de 20 metros de altura. Se había pasado cinco años echando raíces que lo sostuvieran: esa es la esperanza.”

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Lic. Aldo Godino

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