Ortega y Gasset, de manera muy resumida, pensaba que la amalgama del "yo" y la "circunstancia" era indisoluble, que era imposible entender uno sin el otro. Cuando el filósofo afirmaba eso de "Yo soy yo y mi circunstancia; si no la salvo a ella, no me salvo yo", hacía referencia a la fuerza de dicha unión. Es decir, cada uno de nosotros estamos, lo queramos o no, influidos por las limitaciones y libertades que nos facilita el mundo.

La palabra "circunstancia" recoge un marco muy amplio: la familia, la sociedad, la cultura. Es ese entorno, flexible y moldeable en muchos aspectos, que nos contiene. Allí, nuestras experiencias se van configurando y nuestra acciones giran hacia los intereses, deseos y sueños que tenemos. En ese momento, las decisiones conforman nuestra identidad y nos sitúan ante el mundo y ante los demás.

Por eso, en buena medida, el producto de nuestras decisiones está bastante condicionado por las particularidades del aquí y del ahora. No siempre nos rodea el ambiente propicio para que todo salga como nos gustaría. A menudo, nos toca optar con millones de adversidades en contra. Lo más difícil será la decisión de actuar, el resto no es más que tenacidad. De todos modos no nos podemos limitar a ser meras víctimas de nuestras propias circunstancias; es bueno tomar el control, en la medida que nos sea posible y construir nuestros senderos. Aún cuando el miedo o la tristeza nos bloquean y nos dificultan el movimiento, estamos obligados a seguir; incluso no decidir, es decidir. Aunque no sea fácil, el compromiso con la vida implica decidir.

Nuestras decisiones definen quiénes somos. Están nuestros talentos y habilidades; está cada elección hecha en un momento complicado; están, también, aquellas personas o cosas que hemos decidido priorizar en un instante determinado. En cada uno de los pequeños actos cotidianos, se va construyendo nuestra vida y también la persona que somos. Cada alternativa, enfrentada a diario, perfila la esencia de nuestra personalidad. El tipo de vida que llevamos, el trabajo que tenemos y con quién compartimos nuestros días son el resultado directo de las decisiones puntuales tomadas en algún momento.

Hay personas más impulsivas, otras más reflexivas, algunas más tendentes al cambio y otras con un patrón comportamental más conservador. Decidir con la mente o decidir con el corazón. Según los expertos, las mejores decisiones se toman siempre sintonizando la lógica con la emoción, la intuición con la experiencia. Nadie actúa ni decide solo a través de sus emociones o mediante el filtro exclusivo compuesto por la lógica más fría, objetiva y razonable. El mundo de los afectos y sentimientos está presente en cada decisión y, a su vez, en cada elección meditada y razonada se halla la impronta de las emociones.

"El hombre que pretende verlo todo con claridad antes de decidir nunca decide", decía Henry F. Amiel. Qué difícil es optar cuando buscamos el resultado perfecto y el destino esperado. Las decisiones son subjetivas, propias, no perfectas. El perfeccionismo conlleva no estar nunca conformes con nuestra ejecución o con nuestro rendimiento. Habrá decisiones más acertadas y otras que lo serán menos. Toda decisión implica un "ganar" y un "dejar ir". 

Cada crisis puede llegar a convertirse en un punto de inflexión en nuestras vidas. Es un momento idóneo para hallar nuevos significados, para auto explorar nuestro universo interior en busca de esas preferencias que dan fuerza, aliento y coraje a nuestra identidad. Cuando uno tiene claras cuáles son sus prioridades, las decisiones son mucho más fáciles. Es verdad que tenemos dificultad para separar las propias necesidades de las demandas del entorno; en realidad, la clave está en mantener un equilibrio sabio, armónico y firme, aprendiendo a decidir mejor y recordando cuáles son nuestras prioridades. No olvidar que, para ser feliz, hay que tomar decisiones y ser responsables de ellas en todo momento.

"Un gran maestro y un guardián compartían la administración de un monasterio. Cierto día el guardián murió, y había que sustituirlo. El gran maestro reunió a todos sus discípulos para escoger a quien tendría ese honor. 

-Voy a presentarles un problema. Aquel que lo resuelva primero será el nuevo guardián del templo, les dijo.

Trajo al centro de la sala un banco, puso sobre este un hermoso florero de porcelana con una hermosa rosa roja y señaló: -Éste es el problema.

Los discípulos contemplaban perplejos lo que veían: los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? Todos estaban paralizados. 

Después de algunos minutos, un alumno se levantó, miró al maestro y a los demás discípulos, caminó hacia el vaso con determinación y lo tiró al suelo.

-Usted es el nuevo guardián, le dijo el gran maestro. Y explicó: -Yo fui muy claro, les dije que estaban delante de un problema. No importa qué tan bellos y fascinantes sean, los problemas tienen que ser resueltos. Puede tratarse de un vaso de porcelana muy raro, un bello amor que ya no tiene sentido, un camino que debemos abandonar pero que insistimos en recorrer. Solo existe una forma de lidiar con los problemas: tomar decisiones." 

Más notas de

Lic. Aldo Godino

Dejar de predecir el futuro, crearlo cada día

Dejar de predecir el futuro, crearlo cada día

Creadores de instantes perfectos

Creadores de instantes perfectos

Inteligencia sin bondad, trampa para el mundo

Inteligencia sin bondad, trampa para el mundo

Apostar por la venganza siempre será perder

Apostar por la venganza siempre será perder

Las decisiones definen quiénes somos

Las decisiones definen quiénes somos

Tiempos de bienestar o adversidad: todo es aprendizaje

Tiempos de bienestar o adversidad: todo es aprendizaje

Existe también una ansiedad colectiva

Existe también una ansiedad colectiva

Volveremos a florecer: superación personal

Volveremos a florecer: superación personal

Ansiedad: querer controlar el tiempo

Ansiedad: querer controlar el tiempo

Empatía, la difícil y enriquecedora tarea

Empatía, la difícil y enriquecedora tarea