El miedo es una fuerza muy poderosa porque impulsa a actuar, dejando en un segundo plano al razonamiento. Por eso, infundir miedo es, en distintos escenarios, un mecanismo de dominación. El objetivo es apropiarse de la voluntad de otra persona y condicionar sus actos. El deseo de intimidar es deseo de dominar. Tanto en las relaciones privadas como en las relaciones sociales, infundir miedo y conseguir el objetivo es algo que le reporta beneficios a quien lo hace. Son, por supuesto, beneficios individuales y se dan en términos de poder. Alguien amedrentado es mucho más manipulable, influenciable, en definitiva, vulnerable. 

El deseo de intimidar no es solo propio de tiranos o de psicópatas. Aparece en los padres con sus hijos, en los maestros con sus alumnos o en los jefes con sus empleados. Es claro que también es un mecanismo que usan los estados y los grandes poderes. Los totalitarismos representan un fracaso de la persuasión. La esencia está en la intención de ejercer poder. Y el miedo es uno de los instrumentos más eficaces para lograrlo. Por contrapartida, sólo el coraje puede hacer que cesen esas tácticas. “Valiente no es el que no siente miedo -ese es el impávido, el insensible-, sino el que no le hace caso, el que es capaz de cabalgar sobre el tigre”, decía el filósofo español José Antonio Marina.

Cuando pensamos en situaciones de intimidación solemos asociarlas con el abuso y todo tipo de agresiones físicas y verbales, incluso a través de los medios digitales; sobre todo si este acoso se produce en el ámbito escolar. Pero también existen otras formas más sutiles de acosar a los demás, por ejemplo a través de la humillación y el sarcasmo, uno de los comportamientos más crueles que existen. 

Bajo estas conductas amenazantes, muchos intentan compensar su falta de autoestima. Otros, son el resultado de una mala crianza. Finalmente, los menos actúan llevados por un sentido intrínseco de maldad. El abanico de este tipo de comportamientos agresivos y violentos puede ser muy amplio: intimidación verbal (insultos, comentarios despectivos), intimidación social (invisibilizar a una persona, aislarla), intimidación física (agresiones, abusos), intimidación psicológica (manipulación, chantaje, vulneración de la autoestima). Lidiamos con personas insensibles e intimidantes en nuestra vida diaria, desde el conductor agresivo que con su estilo de manejo pone a todos en peligro, pasando por  el compañero de oficina que nos menosprecia, hasta la cajera de la tienda que nos falta el respeto gratuitamente. 

De todos modos, no siempre se necesitan amenazas o intimidación para condicionarnos. Nosotros mismos somos capaces de tomar decisiones impulsados por las opiniones y actitudes de los demás aunque sepamos positivamente que nosotros no elegiríamos ese camino. Hoy en día todos somos capaces de crear nuestras propias cárceles, y para ello, da igual dónde vivamos. Podemos crear rejas muy fuertes con el simple uso de nuestra mente y nuestro corazón. 

La libertad sigue siendo nuestra máxima expresión de quiénes queremos ser. Da igual lo que nos diga nuestro entorno, lo que una determinada facción política nos quiera hacer creer, o lo mucho que nos quieran controlar los medios y los dictadores, porque en nuestro interior, tenemos toda la libertad del mundo para ser nosotros mismos, íntimos, pasionales, únicos. Nuestra capacidad para soñar, para imaginar, para crear, para ver, para interpretar, para ser todo lo que somos, es algo que jamás nadie nos podrá quitar si verdaderamente creemos en ello. 

La gente libre interiormente atrae las oportunidades. Se libera de los prejuicios, de las apariencias, de lo que puedan pensar los demás, aunque sea difícil encontrar nuestro propio yo en un mundo tan influenciado, tan lleno de condiciones, de intimidaciones. “Si estuvieras libre de todo temor, ¿sabes lo que ocurriría? ¡Harías exactamente lo que quieres hacer!”, dice Krishnamurti.

La última de las libertades humanas es la elección de la actitud personal que debemos adoptar para decidir nuestro propio camino. La obediencia puede ser considerada como una virtud o como una imposición. En casos extremos, no será ninguna de las dos acepciones. Ojalá pudiéramos ser desobedientes cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común. Porque las mejores cosas de la vida no pueden ser obligatorias. Seríamos más humanos, más dignos, más libres. En el mundo al revés se nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo. De esta manera nos estaremos perdiendo la mejor versión de nosotros mismos. 

Alguien decía: “Las mejores cosas de la vida no pueden lograrse por la fuerza. Puedes obligar a comer, pero no puedes obligar a sentir hambre; puedes obligar a alguien a acostarse, pero no puedes obligarle a dormir; puedes obligar a que te elogien, pero no puedes obligar a que sientan admiración; puedes obligar a que te cuenten un secreto, pero no puedes obligar a inspirar confianza; puedes obligar a que te sirvan, pero no puedes obligar a que te amen”.