“No pierdas el tiempo…”. Muchos podemos recordar a nuestros padres repitiendo constantemente esta frase. Como si siempre hubiera algo más importante y trascendental que hacer esperando a la vuelta de la esquina. La necesidad de ocupar siempre nuestro tiempo con cosas importantes y sobre todo, siempre productivas, parece que debe marcar nuestra rutina. Ese mensaje corre el peligro de traducirse en la adultez a través de comportamientos de aceleración: siempre corriendo, a menudo tarde y con algo importantísimo que hacer.

Un ejército de profesionales han salido a nuestro encuentro decretando una serie de recomendaciones a desarrollar. Hacer gimnasia, estar en familia, mirar series y películas, cocinar rico, tener un hobby, aprender algo nuevo. Para muchos, es trágico no realizar alguna actividad y ven en el descanso algo casi despreciable. La filosofía del 24×7, es decir, estar disponibles y haciendo “algo”, siete días a la semana, las 24 horas, pudiera no ser tan beneficiosa como parece. Hacer o no una buena gestión del tiempo libre podría repercutir directamente sobre nuestra salud.

Hay personas alérgicas al descanso; es más, el simple hecho de no hacer nada y limitarse solo a ser y estar, les genera ansiedad. Abundan los que por su carácter activo y proactivo siempre tienen la necesidad de mantenerse en movimiento, ideando cosas, creando, planeando.

Hay quienes no conciben disponer de un instante de inactividad. Porque esa quietud, esa permisividad para no hacer nada, da paso a un reencuentro con uno mismo. Y, en ocasiones,  dicha realidad interna no gusta e incomoda.

Ocio y tiempo libre

Nos hemos acostumbrado a llenar nuestros días con listas de tareas y obligaciones. Estar ocupado y preocupado es lo normal. Hasta se ve con extrañeza al ocioso, al que no hace nada, al que baja el ritmo y se permite tiempo libre. Los obsesivos del “tengo que y debo” son quienes encierran, a menudo, realidades problemáticas. Ya que, leer, pasear, descansar, tener buenas conversaciones, disfrutar de un paisaje y del aquí y ahora, llenan de significados y trascendencias el “no hacer nada”.

Son muchas las personas que generan ansiedad al saber que no tienen nada pendiente, que no tienen obligaciones. No solo se sienten improductivas, les embarga la sensación de estar haciendo algo incorrecto, de estar fallando en algo o a alguien.

Estas situaciones encienden el motor de una mente no dispuesta a relajarse, alérgica al silencio interior e incapacitada para apreciar el momento presente. 
Algo delicado puede derivarse de la tendencia al activismo: la intolerancia a sentirnos aburridos.

El aburrimiento es un estado emocional desagradable que no nos permite encontrar satisfacción en lo que hacemos. Sensación de fastidio por falta de diversión, interés o sorpresa; es una condición en la que nada nos pone “los pelos de punta”. Una persona aburrida pierde la concentración porque no encuentra algo que la motive y que le produzca placer. Se trata de una medianía sin novedades que, si dura mucho tiempo, puede volverse insoportable. Viene de la mano con la rutina y el automatismo. 

El aburrimiento: ¿positivo o negativo?


El aburrimiento no está muy bien visto. Parece que aburrirse implica perder el tiempo y no hacer nada. Que sea negativo o positivo solo depende del significado que le demos. Puede ser un espacio vacío sin sentido o por el contrario un espacio de descanso y exploración personal. Bertrand Russell decía: “Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor”. Aburrirse implica que tenemos tiempo y no hay mejor forma de aprovecharlo que dedicándonos estos momentos a nosotros mismos. Aburrirse es fundamental para desconectarse y hacer de esa oportunidad algo productivo. El aburrimiento ocasional es bueno y necesario, nos ayuda a reflexionar y encaminar nuestra vida. 

El Principito


“El cuarto planeta era el del hombre de negocios. Estaba tan ocupado que ni siquiera levantó la cabeza cuando llegó el Principito. -Buen día, le dijo éste. -Su cigarrillo está apagado.
-Tres y dos son cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. Buenos días. Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de volver a encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. Uf! Eso da entonces quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.

-Quinientos millones de qué ?
-Eh? Todavía estás ahí? Quinientos un millones de... ya no sé... Tengo tanto trabajo! Yo soy un hombre serio, no me entretengo con tonterías! Dos y cinco siete...

-Quinientos un millones de qué – repitió el Principito, que nunca jamás había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.
El hombre levantó la cabeza: -Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, no fui perturbado más que tres veces. La tercera vez... es ésta! Millones de esas pequeñas cosas que se ven a veces en el cielo, esas pequeñas cosas doradas que hacen soñar a los holgazanes. Pero yo soy una persona seria! No tengo tiempo para aburrimientos.
El Principito tenía sobre las cosas serias, ideas muy diferentes a las de los adultos. Y el Principito se fue. Los adultos son decididamente muy extraordinarios, se decía simplemente a sí mismo durante el viaje”.

Más notas de

Lic. Aldo Godino

La tolerancia a la incertidumbre, clave para vivir

La tolerancia a la incertidumbre, clave para vivir

Inseguridad personal: vivir en la cuerda floja

Inseguridad personal: vivir en la cuerda floja

Sobrevivir a los imprevistos

Sobrevivir a los imprevistos

Vivir deliberadamente, una decisión importante

Vivir deliberadamente, una decisión importante

Los beneficios de “no tener nada para hacer”

Los beneficios de “no tener nada para hacer”

Buscando inspiración cada día

Buscando inspiración cada día

Miedo a que las cosas nunca cambien

Miedo a que las cosas nunca cambien

Aires de superioridad: los que se "creen" importantes

Aires de superioridad: los que se "creen" importantes

Ninguna gota de lluvia cree haber causado el diluvio

Ninguna gota de lluvia cree haber causado el diluvio

El perfeccionismo: mejor aliado, terrible enemigo

El perfeccionismo: mejor aliado, terrible enemigo