Decía José Saramago que “la mentira forma parte de esta era y es algo a lo que no deberíamos acostumbrarnos”. Pero, lamentablemente, todos mentimos. De un modo u otro, la mayoría hemos recurrido alguna vez a la “mentira blanca” inofensiva. Es esa que usamos para no quedar mal o para no dañar a nadie. Sin embargo, pocas cosas siembran tanto la desconfianza como las mentiras.

La pérdida de confianza es una de las consecuencias más evidente de que las mentiras hacen daño. Cuando descubrimos que alguien nos miente, nuestra inclinación a partir de ese instante es a desconfiar de cada cosa que nos diga. Un refrán popular afirma: “Una gota de mentira puede contaminar un mar de confianza”. Muchos adultos manejan de forma natural las “mentiras blancas”, suavizando el engranaje que hace funcionar a la sociedad.

Desde un “estoy bien”, cuando en realidad nos sentimos fatal, pasando por inventar una excusa al llegar tarde, hasta la mentira más cruel e interesada, poseemos todo un espectro de grados y tipos de mentiras. Y están en todos los ámbitos: la familia, los amigos, el trabajo, la política. Nos quejamos más de las mentiras sociales que de las que se producen en el ámbito privado, pero no quiere decir que en su magnitud o su ética sean peores unas que otras.

Hay personas que, más allá del uso de las mentiras blancas, adornan sus vidas con una serie interminable de anécdotas, datos o historias inventadas o falseadas de alguna manera y que no se corresponden con la realidad. Son personas que se han vuelto adictas a sus propias historias fantásticas porque sufren de una profunda inseguridad. Estos son los mentirosos compulsivos. Fríos y calculadores, sus mentiras contienen objetivos e intereses concretos, generalmente de tipo egoísta. Son mentiras manipuladoras y astutas; sus engaños afectan negativamente a los demás.

Muchas personas no pueden evitar esta conducta. Derivan en la mentira de forma automática como respuesta a un síntoma subyacente, al reflejo de un trastorno psicológico. Es un hábito, una forma de vida: mentir es como respirar; algo habitual. De nada sirve confrontarlos y demostrar con pruebas que aquello que dicen es falso.

De alguna manera buscan llenar un vacío con estas mentiras. Se evita el conflicto interno y externo por sistema y esto se acaba convirtiendo en un estilo de comportamiento totalmente enquistado y perfectamente estructurado. Cuando los descubren suelen tapar “la mentira” con otras mentiras. Si perciben que la persona no les ha creído fácilmente y lo siguen cuestionando, suelen mostrarse a la defensiva y se protegen atacando.

Alguien que miente repite una excusa en su cabeza para justificar la mentira que va a decir. No saben por qué lo hacen, pero tampoco tienen intención de ponerle solución. En ocasiones se miente para mantener una imagen, esa imagen que queremos dar a los demás, para mostrar algo que realmente no tenemos. “Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”, aseguraba Alfred Adler. Con pequeñas mentiras se pierde a grandes personas porque se ponen en duda mil verdades y cientos de sentimientos que creíamos sinceros.

A través del engaño se alimenta la mala costumbre de manejar y fragmentar las experiencias y los sentimientos ajenos, algo que nos convierte en víctimas y que resulta intolerable a la hora de garantizar el bienestar y el confort en una relación. “Me gusta que me digan la verdad, yo ya veré si duele o no”.

No nos hace sentir bien que decidan por nosotros lo que debemos o no debemos saber, cómo debemos hacerlo y en boca de quién nos conviene enterarnos de algo. Todos presuponemos que la base de todo cariño sincero es precisamente la aceptación total y absoluta, sin “peros”, sin condiciones y sin excusas. Las mentiras destruyen y devastan la confianza, algo que por su parte cuesta cientos de experiencias construir y un segundo quebrarla. Nieztsche decía: “Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, me aterra que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti”.

El hecho de ser sinceros es la mejor medicina para estar serenos, sin miedos y a gusto con la vida. La mentira te atrapa, secuestra tus emociones, cuestiona mil verdades y convierte en artificial lo que hasta ese punto se ha vivido y se ha sentido.

“Érase una vez un hombre que buscaba la verdad. Un buen día llegó a un lugar en donde ardía una innumerable cantidad de lámparas de aceite. Éstas se encontraban cuidadas por un anciano que, ante la curiosidad de este individuo, respondió que ese era el lugar de la verdad absoluta; cada lámpara reflejaba la vida de cada individuo sobre la tierra: a medida que se consume el aceite, menos tiempo de vida le queda.

El hombre le preguntó si le podía indicar cuál era la de él. Al descubrir que la llama estaba flaqueando, a punto de extinguirse, aprovechó un instante de distracción del anciano y tomó la lámpara de al lado para verter un poco de aceite de ésta en la suya. Cuando estuvo a punto de alzar la lámpara, su mano fue detenida por la del anciano diciendo: -Creí que buscabas la verdad.”

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