El poeta Robert Frost dijo: "Dos caminos divergían en un bosque y yo tomé el menos transitado de los dos; eso fue lo que cambió todo." En ocasiones, la vida no está yendo por el sendero más positivo. Nos sentimos cansados, desalentados, nada está bien y no sabemos cómo lograr un cambio en esa situación. Es verdad que hay mentes cerradas que luchan para que nada cambie. No enfrentan las mudanzas con la madurez de quien sabe que no todo lo que llega se queda, y nada de lo que se va, se pierde del todo. Las personas podemos ser profundamente reacias a los cambios.

A veces, preferimos habitar en zonas conocidas, independientemente de si nos hacen felices o no. Porque cruzar la frontera es adentrarnos en el territorio de la incertidumbre y del miedo. Nos asusta madurar. Un cambio siempre implica un desprendimiento transformador, exige ensanchar nuestros senderos interiores para dar espacio a mucha más sabiduría. Porque con los cambios se crece, porque una crisis no es más que una oportunidad para empezar de nuevo y mejor.

Para algunos psicólogos la mente, y la vida misma, es como un vaso que no siempre está limpio y transparente. Y nos encantaría quitarle esa suciedad. Sin embargo, durante ese proceso de limpieza pasa algo realmente curioso. En el momento en el que echamos agua para limpiarlo, el agua se pone turbia y puede proyectar la idea de estar manchando aún más el cristal. Sin embargo, después de lavarlo, todo queda perfectamente traslúcido. Y es que, reconocer la suciedad, forma parte del proceso de cambio. 

Esa opacidad es necesaria y tiene mucho valor; en el fondo ya existía, la hemos hecho visible para poder terminar con ella. Una etapa de transformación que, a veces, nos genera mucha confusión, dudas, tensión e incertidumbre. Es decir, nos suscita sentimientos y emociones que nos "embarran" y que sacan a flote mucha "suciedad". Pero que, al final, terminan marchándose, en la experiencia del cambio. 

Hay un conjunto de circunstancias a las que nos acomodamos pasivamente y que, por lo mismo, ejercen un grado mínimo de exigencia sobre nosotros; lo llamamos zona de confort. No es precisamente un espacio para desarrollar la capacidad de crecimiento. Más bien es lo contrario. Cuanto más permanezcamos repitiendo rutinas y moviéndonos solamente en el terreno de lo conocido, más difícil será visualizar y abordar las novedades. Se genera una falsa paz y la fantasía de estar controlándolo todo. 

Está configurado a partir del miedo. Todo lo que no esté dentro de ese territorio conocido se experimenta como amenaza. Lo nuevo, lo distinto, lo desconocido es simplemente un peligro. Aunque muchos no estén en riesgo, fantasean con los posibles riesgos que pudieran aparecer. Esto les causa angustia y termina con la falsa paz que supuestamente debería predominar: prefieren seguir en los mismos lugares, con el mismo grupo, con los mismos hábitos, sin aventurarse a la novedad. Por eso Arthur Clarke dijo: "La única posibilidad de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de ellos, hacia lo imposible".

Las cosas buenas no suceden porque sí, suceden porque las atraemos y porque lo disponemos todo para crearlo. En definitiva, sucede porque vamos hacia la montaña y no esperamos que la montaña venga a nosotros. Es la zona en la que aparecen las cosas maravillosas, agrandamos nuestros sueños y conseguimos superarnos. Abrir los ojos desde el interior para descubrir las oportunidades que nos envuelven; quitar poder al dragón de los egos, al fantasma del miedo, y al tambor del "qué dirán"; conectarse en paz y equilibrio a nosotros mismos.

"Era el comienzo de la primavera. Las plantas empezaban a desperezarse del largo sueño del invierno. Las ramas del árbol de una familia de orugas, iniciaban su reverdecimiento con una explosión de hojas, que servían de alimento a las voraces crías. 

Al calor del sol, las orugas empezaron a sentir un fuerte instinto que clamaba desde su interior. Las más precoces y valientes se colgaron de una rama y pasando por crisálidas, pronto se convirtieron en maravillosas mariposas. Sin embargo, todavía quedaba un pequeño grupito que se resistía al cambio. 

Cierto día una de las hermanas mariposas, se acercó y las animó a transformarse. Le dijeron que eran muy felices y que en esa forma de vida, tenían todo aquello que deseaban: hermanas para jugar, un árbol para correr y hojas para comer. Una llegó a confesar: -Tengo miedo a renunciar a lo que conozco. Tengo miedo a meterme en la crisálida y cambiar mi cuerpo. Tengo miedo, mucho miedo a volar sola. Carezco de valor para cambiar.

La mariposa nuevamente se acercó a ellas. Hizo que una se subiera a su espalda. Y la mariposa echó a volar. La oruga vio otro nuevo y precioso mundo, mucho mejor que el anterior, que desde la pequeñez de su árbol y de la limitación de sus patitas, nunca podría haber conocido.

Las demás no quisieron saber nada y la despacharon displicentemente. Finalmente la oruga tomó una decisión: se colgó de una rama para ser una crisálida. Y llegó a ser mariposa; por fin estaba libre de miedos y prejuicios. Por fin había asumido su ser auténtico al completo. Por fin había sacado a la luz su yo interior."

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Lic. Aldo Godino

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