Muchas veces, cuando sonreímos a la persona con la que estamos hablando, ella nos devuelve una sonrisa. Del mismo modo nos embarga la tristeza cuando alguien cercano se encuentra triste y nos cuenta qué le pasa. Los aficionados al fútbol, cuando su equipo marca un gol, se unen en un mismo estado de ánimo eufórico. Es un fenómeno conocido como contagio emocional. 

Cada vez que interactuamos con una o varias personas, los mecanismos de contagio emocional se ponen en marcha. En nuestro contexto familiar, en nuestro grupo de amigos o en el lugar en el que trabajamos, nuestras relaciones se ven afectadas por la forma en la que nos dirigimos al otro o en el modo en que recibimos lo que el otro dice o hace. De esta manera cada uno de nosotros es, en buena medida, responsable de cómo se determinan los sentimientos de las personas con las que día a día interactuamos, tanto a nivel positivo como negativo. 

Las emociones también se contagian como si fueran un virus. El contagio emocional es un proceso imperceptible y sutil que ocurre constantemente, afectando a las personas de nuestro alrededor. Basta con ver a alguien expresar una emoción para que en nosotros se evoque ese mismo estado: sonreímos porque el otro ríe, nos preocupa la preocupación del otro, lloramos con las lágrimas de los demás. 

Las emociones negativas suelen tener un impacto mayor que las positivas y, aunque no conozcamos a quienes las expresan, nos afectan lo mismo. Un fenómeno que explica por qué muchas noticias sensacionalistas o los tweets cargados de odio se hacen virales de manera muy rápida. El enfado se contagia, la ira se puede expandir velozmente y, a menudo, el miedo pasa de unos a otros.

Más aún, buena parte de los miedos son aprendidos. En ocasiones, nuestros padres, nuestros amigos o el propio entorno nos transmiten una serie de temores. Miedos aprendidos que no nos vienen de “fábrica”. Son temores que nos proyectan los demás. Existen angustias que vemos reflejadas en quienes nos rodean y que de un modo u otro quedan impresas en nosotros. Esto es peligroso porque ahí están, contagiando al cerebro de inseguridades que limitan nuestro potencial porque parten de procesos irracionales. Aprender a temer lo que otros han temido antes, no ayuda al crecimiento.

Aunque tener miedo es normal, puede llegar un momento en que sea él quien decida por nosotros y domine nuestra vida. Por eso se hace necesario filtrar esos temores desde la lógica y entender que nos han sido presentados por los demás. “No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo”, decía Giacomo Leopardi. El miedo suele ser a menudo un mal compañero de viaje pues tiene la singular facultad de hacernos ver las cosas peores de lo que son, de lograr que vislumbremos un futuro demasiado pesimista o de llenar de tinieblas nuestra calidad de vida.

Por eso la valentía no es una opción en la vida. La mayor parte de las veces es una obligación, la única salida cuando los miedos alzan muros demasiado altos y cercan nuestro bienestar, nuestra calma e incluso las perspectivas de futuro. Decía Winston Churchill: “El miedo es una reacción. El valor es una decisión“. Nuestra única opción es ser valientes, para que la realidad emocional de los temores no se instale en nuestras vidas resintiendo la salud física y psicológica. Ser valiente implica, en realidad, permitirnos avanzar a pesar de los miedos, caminar junto a ellos restándoles poder. Somos valientes cuando nos levantamos cada día por la mañana a pesar de que fallen las ganas. Y lo somos cuando elegimos no rendirnos para seguir alimentando la esperanza y la ilusión.

“Un rey, famoso por su coraje y ecuanimidad, perdió casi todo su reino y hasta el último de sus soldados, como consecuencia de los violentos ataques y saqueos de las hordas bárbaras. No le quedaban más que dos servidores y su castillo era el último bastión que impedía a los conquistadores dominar sus territorios y esclavizar las aldeas diezmadas por el continuo acoso.

Y llegó el día en que se supo que los bárbaros avanzaban hacia las puertas de la ciudad con la intención de poner cerco al palacio. Se cuenta que esa noche, cuando llegaron las noticias del avance enemigo se vio el rostro del monarca marcado por el temor y la responsabilidad, pero en ningún momento abatido por el miedo.

Al amanecer el rey ordenó a sus servidores que abrieran todas las puertas y ventanas, y acto seguido se instaló en una de las almenas a fin de observar la llegada de los invasores. Inmutable, les vio avanzar hasta la escalinata del palacio.

Pero su serenidad perturbó hondamente a los bárbaros. Éstos supusieron que les esperaba una trampa en su interior. En vez de poner cerco a aquel lugar, el jefe reunió a sus hombres y tocó a retirada.

El rey dijo entonces a sus servidores: -Miren, y no olviden nunca que, una misma emoción, el miedo, a ellos les ha impulsado a huir atemorizados y a nosotros nos ha motivado a permanecer en nuestro puesto, encontrando una respuesta creativa a tan atemorizante situación. Y recuerden: la única forma de vencer al miedo es enfrentándose a él”.

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