Hay personas que experimentan un cambio de personalidad cuando se encuentran en posiciones jerárquicas. Puede darse en los negocios, en la política o en cualquier otro campo. Muchos de los que ostentan poder muestran un orgullo extremo, exceso de confianza y un cierto desprecio por los demás. Rasgos de carácter que conducen a un comportamiento impulsivo y a menudo destructivo.

Para explicarlo se ha utilizado el término “hubris”, concepto griego que significa ‘desmesura’. Se refería a una persona desmesuradamente orgullosa, que trataba a los demás con insolencia y desprecio. Parecía obtener placer al usar su poder de esta manera, comportamiento fuertemente condenado en la antigua Grecia. El poder siempre ha sido una droga embriagadora, que no todos los líderes tuvieron ni tienen el carácter necesario para contrarrestar. Requiere una combinación de sentido común, humor, decencia y ética.

El uso del poder para la auto-glorificación, la obsesión con la imagen personal, la excesiva confianza en sí mismo, acompañada de desprecio por los consejos o críticas de los demás, son algunas de las características. A esto puede añadirse una pérdida de contacto con la realidad y un conjunto de acciones imprudentes e impulsivas. Alguno lo ha denominado “la intoxicación del poder”, que lleva de forma inexorable al lado más oscuro del ser humano.

Si algo nos ha enseñado la historia es que el poder es atractivo, cautivador e inevitablemente corrosivo. Una de las tareas más difíciles a la que se enfrenta un educador, un padre, una madre, es la de enseñar la diferencia entre jerarquía, liderazgo y autoridad. Y es difícil porque incluso el adulto, a veces, juega peligrosamente en los límites de la dictadura. 

“Ejercer el poder corrompe, someterse al poder degrada” decía Mijaíl Bakunin. Los adictos al poder son personalidades regidas por las emociones más primitivas y las más agresivas, ahí donde solo respira el placer de la dominación y la preocupación por uno mismo. Apegados a la territorialidad, al control, a la dominación. 

Son individuos enérgicos, muy orientados al exterior y a establecer nuevas relaciones sociales con las que esconden un interés camuflado: conocer para controlar, intuir para chantajear y crear alianzas con las que obtener más poder. Son personas que están siempre a la defensiva y se sienten heridas o traicionadas; cuando esto ocurre, no dudan en reaccionar con agresividad. Suelen perder los estribos con facilidad. Son incapaces de ser receptivos o empáticos a las necesidades ajenas.

El poder es la capacidad de ejercer un dominio hegemónico sobre uno o varios individuos y la habilidad de influir sobre ellos. Un profesor tiene poder respecto a sus alumnos. Los padres lo tienen sobre sus hijos. Un jefe cuenta con poder sobre sus empleados. Los políticos lo tienen sobre los ciudadanos. El poder social está presente en todos los ámbitos de la vida. Y muchos abusan demasiado de él.

Los diferentes poderes pelean por colonizar la mente de las personas. Si lo logran, tienen el camino libre para ampliar su poder ilimitadamente. En cualquier régimen absolutista, la verdad es un problema. En este caso, “verdad” se refiere a esa verdad sencilla, que no demanda mayores pruebas para ser verificada. Que es de noche o de día; que se dijo lo que se dijo, o no se habló de ello. Para los poderes perversos, tener el control sobre esas verdades cotidianas es fundamental. No importa lo cierta o falsa que sea una afirmación. Lo que importa es quién la dice. 

El mejor remedio para protegernos contra la manipulación de los “poderosos” es tener una buena autoestima y buena claridad mental. Al estar seguros de nosotros mismos, será mucho más difícil que nos dejemos conmover por argumentos puramente emocionales y ambiguos.

“Había un picapedrero que a menudo se lamentaba de su suerte: -¿Por qué fui destinado a un trabajo tan bajo? -Qué maravilloso debe ser grande y poderoso; me gustaría ser rey. El picapedrero no sabía que era justamente su momento de gracia, durante el cual se le concederían todos sus deseos. De repente se vio transformado; era el rey aclamado por la multitud. -¡Qué maravilla!

Después de un rato, comenzó a sentirse incómodo. El fuerte sol lo  hacía transpirar. Y concluyó: -¡Entonces el sol es más poderoso que yo! Quiero ser el sol.

Inmediatamente se transformó en el sol. Podía impartir luz y calor. Pero de repente se sintió muy frustrado. Deseaba dirigir sus rayos hacia un punto determinado pero una gran nube se había colocado por debajo de él, y lo obstruía. -Si una nube puede frustrar al sol, entonces la nube es más poderosa. ¡Deseo ser una nube!. 

Como una nube grande y pesada, se sintió muy poderosa, al arrojar torrentes de lluvia cada vez que lo deseaba. Pero su júbilo duró poco, pues repentinamente se había topado con una montaña alta a la que no le afectaba su agua. -¡De modo, dijo, que una montaña es más poderosa que el agua! Entonces deseo ser una montaña.

Se irguió majestuosamente. Ahora sí era el más poderoso. De repente sintió un dolor agudo. ¿Qué era esto? El picapedrero, con un pico afilado, estaba arrancándole pedazos. -¿Cómo puede ser? preguntó. -Si alguien puede desmembrarme, es porque existe alguien aún más poderoso que yo. Deseo ser ese hombre.

Su deseo le fue concedido, y se transformó en el más poderoso de todos: ¡un picapedrero!”