"La belleza no mira, solo es mirada"
Albert Einstein

La belleza ocupa un lugar central en la cognición humana. Nacemos con la capacidad para discriminarla. Investigadores plantean que ya desde nuestro primeros días discernimos entre la dicotomía lindo/feo y bueno/ malo. Pensamientos antagónicos que distinguen entre la cara de mamá o de papá (linda) y un rostro desconocido (fea) generando una respuesta "buena" como una sonrisa en el primer caso y otra "mala" como el llanto en el segundo. Luego, la idea bueno/malo se transforma en lo ético y lindo/feo en lo estético.

Es decir, maduramos y complejizamos la capacidad cognitiva de la belleza desde el comienzo de nuestras vidas. Un grupo de investigadores liderado por Edard Vessel, del Instituto Max Planck de Alemania, plantea la posibilidad de encontrar las redes cerebrales de lo estético, pudiendo existir un idioma universal de la belleza.

Este grupo estudió a diferentes personas a través de una resonancia funcional del cerebro ante la exposición a situaciones "bellas", como paisajes, obras de arte o arquitectónicas, y se observó la participación de sectores cerebrales en defecto, que generalmente permanecen en descanso durante la actividad. Espacialmente, las zonas occipitales y temporales silenciosas se activan ante lo que había sido del agrado estético de los participantes. Relacionando las redes en defecto con el gusto por la belleza, lo cual probablemente estéemparentado con la epifanía creativa, ya pensada en relación con estas zonas cerebrales.

Es necesario tener fluidez (reposo cerebral) para crear. Está demostrado que este reposo o "pensar en nada" aumenta la capacidad innovadora. Interviene aquí una zona de la cortea cerebral parietal interna llamada "precúneo", un sector que, por ejemplo, no reposa en patologías psíquicas, como ciertas psicosis, empeorando el rendimiento funcional.

Los científicos especializados en neurociencia relacionan las zonas en defecto con la fluidez, un estado particular de automatización de una labor, en la que fluye la funcionalidad y que se trabaja principalmente en forma inconsciente o implícita. Algunos plantean, además, que sería diferente la respuesta cerebral ante un paisaje que ante una obra de arte que nos guste.

Esto genera una mayor abstracción de los estímulos externos, aumentando exclusivamente la sensibilidad a los estímulos relacionados con el trabajo que se realiza en ese momento y con una especial abstracción del tiempo.

La fluidez garantiza un trabajo con mejor performance y con mayor placer. Sucede especialmente cuando la persona realiza una labor ni demasiado fácil ni tampoco muy difícil, siendo importante contar con la capacidad y conocimiento para hacerlo.

Durante el estado de reposo se inhibe la importancia del exterior. El sujeto entra en un túnel de trabajo que requiere lo que el científico Arne Dietrich, de la Universidad de Georgia, Atlanta, llama hipofrontalidad transistoria.

El lóbulo frontal de la corteza cerebral es esencial para la atención y para la flexibilidad cognitiva. En la fluidez procedural disminuye su control consciente, inhibiendo la captación de información exterior (inhibición lateral), disminuyendo la flexibilidad a los estímulos externos o internos que no estén relacionados con la función que se esté desarrollado.

Algunos científicos, como Corina Peifer, de la Universidad de Trier en Alemania, plantean que el mejor momento para la fluidez es la mañana, especialmente a la hora de levantarse e incluso es mejor después de un ejercicio leve. Esta postura, si bien es cierta, está exclusivamente circunscrita al nivel de cortisol (que es mayor a la mañana). Probablemente en los estados de fluidez haya otros componentes individuales y culturales, además de los hormonales.

Los investigadores de los ritmos biológicos (cronobiología) dividen a las personas en búhos (quienes trabajan mejor de noche) y alondras (con mejor performance a la mañana). Probablemente se deba replantear la mañana como el mejor momento para la fluidez. Pues diferentes personas podrían tener distintas variantes. Y no pensar que el cortisol es la única cuestión para influir nuestra función implícita.

Existen algunas confusiones entre el fluir con otros estados. Uno de ellos es divagar (es decir, pensar en nada, dejar que el cerebro cree y nos dirija donde desee), base funcional de los procesos creativos. La otra confusión se da con la meditación trascendental, en la que se fija la conciencia en un solo punto, sin ser para nada una actividad automática.

Varias investigaciones muestran una relación del pensamiento inspirador con el neurotransmisor dopamina, ya que en pacientes con enfermedad de Parkinson, que tienen baja secreción de esta sustancia, se observa una reducción de los procesos creativos.

El grupo de Margherita Canesi, del Centro Parkinson del Instituto de Perfeccionamiento de Milán, mostro que al dar el neurotrasmisor "dopamina" como mediación los pacientes no solo mejoran sus problemas motores sino que también aumentan la flexibilidad de los procesos de creativos de estas personas.

Varios trabajos demuestran que la dopamina aumenta la motivación para crear a través del arte, en una especie de círculo vicioso positivo en el que además se genera más adhesión al tratamiento. Quizás por los mecanismos de recompensa que se generan y, además, porque se percibe un aumento de la satisfacción.

Científicos de la Universidad de Duke reportaron la importancia de la conexión entre ambos hemisferios cerebrales. Las personas más conectadas superaron al resto en su capacidad creativa observada. Así se evaluaron 68 puntos de conexión interhemisférica con un scan cerebral que mide el conectoma humano y las personas con mayor conexión eran las de mejor performance.

Podría existir, entonces, un código universal neurológico para la belleza; es decir, una parte cerebral unificada en donde se dispare esa actividad que, sin embargo, se diferenciara culturalmente. Dependerá de qué nos agrade, pero además del tiempo, el lugar y la cultura que constituyan nuestra idiosincrasia.