Nos pasamos la vida realizando tareas con el único objetivo de cumplirlas, como si nuestro bienestar solo dependiera de ello. En cierto modo, solemos vivir inmersos en una planificación: ir al trabajo, cocinar, tomar café con amigos, ir al gimnasio, lavar la ropa, ducharnos, hacer las compras, entre muchas tareas más. Tal es la programación que tenemos, que sin acabar una tarea ya estamos pensando en empezar la otra. No disfrutamos del aquí y ahora.

A veces, nos olvidamos de ser, de sentir, de estar, de pararnos a pensar quiénes somos y qué necesitamos. Tendemos a focalizar gran parte de nuestra energía en llevar a cabo tareas y actividades, en organizar nuestro tiempo y nuestra agenda. Nos centramos tanto en el futuro, que pasamos por alto la importancia del vivir el presente. En algunos momentos nos olvidamos de reír, de dar gracias, de apreciar la naturaleza que nos rodea, de abrazar, de besar, de dar muestras de cariño, de sentir el aire puro, de caminar libremente, de disfrutar los sabores. Estamos muy pendientes de hacer cosas y de ir tachando tareas de nuestra lista.

Cuando dedicamos más tiempo a «hacer", nuestro catálogo de cosas por terminar puede ser infinito. Y, sin darnos cuenta, nos volvemos personas mecánicas, insatisfechas, frustradas, con la sensación de que nunca es suficiente. En estos casos, la autoestima depende de los logros obtenidos y no tanto de nosotros mismos. La gestión del tiempo debería depender de las prioridades. Nos cuesta construir y seguir esa lista. No dejamos espacio a estar con nosotros mismos.

Algunos problemas no se resuelven porque la solución no está en realizar alguna acción específica para ponerles fin. Lo que exigen es un cambio, bien sea en el enfoque, en la actitud o en algún aspecto de la personalidad. Por eso se habla de ser y no hacer. El hacer se torna inútil cuando el origen de una dificultad está en el ser. Algunos dicen que hemos llegado a un tiempo que no es de seres humanos, sino de "haceres humanos". El razonamiento es perfecto. La trampa es maravillosa. Tienes que tener para poder hacer y tienes que hacer para poder ser. Dedícate a tener, porque, si no tienes, no haces, y si no haces, no eres.

Ser y no hacer implica eliminar los automatismos frente a las dificultades. La actitud frente a un problema es una creación personal; es en el ser donde se le da significado, donde se forja una actitud frente a él. Las personas y las sociedades han ido evolucionando frente a dos orientaciones, la orientación del ser y la del hacer.

La plenitud, tiene que ver más bien, con lo que pensamos, con el cómo nos posicionamos ante cualquier dilema, con las decisiones que tomamos. Se trata de un proceso de ser. Desde esta orientación, no nos define nuestro auto, nuestro trabajo ni nuestro aspecto físico, ni nuestras capacidades, nuestros defectos y ni siquiera nuestras virtudes vinculadas al logro o éxito. Somos mucho más que eso. Somos esencialmente más que lo que tenemos o lo que hacemos. La orientación del ser significa ser fieles a nuestra esencia sin cambiarse a una orientación del tener, propia del materialismo extremo, o del hacer, propia de un activismo estéril.

A los occidentales, eso de "no hacer" nos parece cosa de locos. De hecho, vivimos haciendo todo lo contrario: actividad y deseos. En la filosofía oriental se pregunta: "¿Puedes mantener el agua quieta y clara para que refleje sin enturbiar?" El no hacer permite que la realidad se manifieste de una manera más diáfana y visible. No se refiere a quedarnos congelados frente a todas las circunstancias. Más bien se trata de permitir que cada una de las realidades siga su propio curso, sin gastar inútilmente las energías.

"Primero me moría por terminar el bachillerato para empezar la universidad. Y luego me moría por terminar la universidad y empezar a trabajar. Y luego me moría por casarme y tener niños. Y luego me moría para que mis niños crecieran y fueran a la escuela para volver a trabajar. Y luego me moría por retirarme. Y ahora, me estoy muriendo y de repente me doy cuenta de que me olvidé de vivir". Vivir no es solo existir. Tener el coraje de ser nosotros mismos, pasa por el descubrimiento de quiénes somos: cuáles son nuestros valores, miedos, objetivos. Es necesario crear una vida que valga la pena vivir.

"Cuando una mujer murió, fue llevada al tribunal celestial.

-¿Quién eres?, preguntó una voz.

-Soy la mujer del alcalde, dijo ella. -Te he preguntado quién eres y no con quién estás casada, respondió la voz.

-Soy madre de cuatro hijos. -Te he preguntado quién eres y no cuántos hijos tienes.

-Soy maestra de escuela. -Te he preguntado quién eres y no cuál es tu profesión.

-Soy cristiana. -Te he preguntado quién eres y no tu religión.

-Soy una persona que iba todos los días a la iglesia y ayudaba a los pobres. -Te he preguntado quién eres y no lo que hacías.

Algunas personas solo se apoyan en las cosas externas y nunca miran dentro, en su interior."