Hay personas que necesitan buscar culpables de todo, porque ante sus ojos nada parece ir bien; el universo entero se ha conspirado para ir en su contra y se han acostumbrado a hablar el idioma del reproche y la acusación constante. 

Es posible que tengamos alguien de la familia, un compañero de trabajo o un amigo que se ha doctorado en crear mal ambiente a fuerza de críticas o de ver todo mal. Más aún, puede que hasta nosotros mismos nos identifiquemos con la tendencia de sentir que nada a nuestro alrededor va como debería, y no, justamente, por culpa nuestra. Por eso es una reacción bastante común buscar culpables para muchas de las cosas que nos suceden.

A menudo, suele decirse aquello de que un optimista ve el vaso medio lleno, el pesimista lo ve vacío y quien se queja de todo, nos culpará de haberle dado un vaso sucio a propósito. No es sano que una persona se limite a ver el lado oscuro de la vida, y además, busque responsables para cada una de sus desafortunadas circunstancias. Siempre es más fácil poner sobre hombros ajenos la culpa de lo sucedido en lugar de asumirlo en propia persona. 

El “síndrome adámico” define a esas personas que echan la culpa a los demás para salir indemnes de cualquier situación. Tras desobedecer las normas impuestas por Dios y comer el fruto prohibido, Adán le echa la culpa de lo sucedido a su creador: al fin y al cabo, Tú me diste a la mujer como compañera  y ella me dio la fruta del árbol; yo entonces la comí. Por su parte, Eva tampoco se queda atrás: no duda en echarle la culpa a un tercer protagonista: la serpiente. Se describe algo realmente común: nuestra habilidad para eludir responsabilidades.

La mente empieza a imaginar posibilidades y alternativas; hacerlo genera menos sufrimiento que asumir nuestro papel en dichos hechos. Hay quienes se niegan a admitir con todas sus fuerzas lo que es evidente. Detrás de la necesidad de buscar culpables a casi todo, se encuentra muy a menudo el victimismo crónico. Son perfiles que hacen uso de una actitud defensiva y desconfiada. 

Seguramente hemos escuchado, más de una vez, referencias del proceso social denominado “chivo expiatorio”,  muy común en el mundo en que vivimos. El término tiene su origen en un rito religioso antiguo. Se elegía al azar un macho cabrío y posteriormente se transferían sobre él todos los pecados del pueblo, que necesitaban ser expiados, purificados o reparados y se lo enviaba al desierto para morir. Ritual mágico, y a menudo violento, que pretendía condensar todo el mal sobre un mismo ser. Hoy utilizamos este término cuando elegimos a una persona como blanco de nuestra ira y frustración. 

“Errar es humano, pero echarle la culpa a otro lo es todavía más”. Una frase de Baltasar Gracián que han popularizado Les Luthiers en sus espectáculos, absolutamente cierta y aplicable a cada minuto de trabajo en cualquier empresa del mundo. Es que muy pocas veces asumimos internamente que nos hemos equivocado, menos veces aún hacemos esa asunción en público y nunca jamás nos echamos toda la culpa sobre nosotros. Lo más a lo que llegaremos es un “bueno sí, esto lo he hecho mal, pero la culpa es de fulanito, que me ha pasado los datos equivocados”.

Empresarios que centran sus males en la crisis o en las políticas del gobierno; padres que culpan del fracaso de sus hijos a las malas compañías o a los profesores; deportistas que se excusan en la mala suerte o en el árbitro; políticos que ingresan en el bucle infinito de echar la culpa a los de antes o a los de enfrente. No reconocer un error es negarse a asumir un aprendizaje, porque la vida es simplemente eso: un pequeño paseo en el cual vivir en paz, amar y aprender. Habrá que aprender de los errores, asumirlos y superarlos. Mario Schajris nos hizo cantar con su canción Venas Abiertas: “Quien se equivoca y no aprende, vuelve a estar equivocado”. 

Sara Bueno decía: “cuando dejes de echarle la culpa a la piedra, aprenderás a caminar”. Buscar culpables no nos ayudará. De hecho se entiende que, cuando una piedra aparece en nuestro camino, nuestra tendencia será  maldecir a la piedra que nos impide continuar o a quien la ha colocado ahí. Es más sencilla la actitud de culpar que la de mirar más allá para buscar una solución. Hay verdades evidentes que no nos atrevemos a reconocer porque, muchas veces, no nos conviene.

La mente trata siempre de deslindarse de los problemas y, sobre todo, de las culpas. Antes de decir “me equivoqué”, es probable que digamos que fue por la mala suerte, el clima, el transporte, el zodíaco o la alineación de los planetas. No importa; cualquier excusa es buena para evitar afrontar la realidad y asumir los errores. Estoy totalmente convencido de que la solución a los problemas está en cada uno de nosotros y no en los demás. Echar la culpa a los demás es muy fácil. Y muchas veces no es más que una forma de no ejercer nuestra responsabilidad. 

“Oscar Wilde llegó a su club después de asistir al estreno de una obra teatral que había sido un completo fracaso.

-Oscar, ¿cómo estuvo la representación de esta noche?, le preguntó un amigo.

-¡Oh!, respondió de forma altanera, la pieza fue un gran éxito, pero el público un fracaso".

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Lic. Aldo Godino

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