Muchas veces nuestro cerebro, para procesar cualquier información y teniendo como referencia conocimientos o experiencias adquiridas con anterioridad, toma atajos. El problema es que no siempre llegamos a conclusiones correctas. Puede darse un error en el procesamiento de datos, que nos lleva a suponer que las situaciones negativas serán mucho peores de lo que en realidad son. O que las positivas serán mejores de lo que efectivamente terminan siendo. También suponemos que su duración será mayor. En otras palabras, pensar en las situaciones futuras imaginando que pueden demandarnos más recursos de los que tenemos. Lo llaman “sesgo de impacto”.

Las personas tendemos a sobreestimar la reacción emocional que vamos a tener frente a los acontecimientos futuros, tanto en sentido positivo como en sentido negativo. En las proyecciones futuras que realizamos influye más el componente emocional que el producto de la lógica. Cuando miramos hacia el mañana, nuestros miedos, inseguridades o fantasías tienen mayor peso que nuestra capacidad para evaluar las variables y hacer predicciones confiables. Por eso C. S. Lewis, autor de Las Crónicas de Narnia decía: “El futuro es algo que cada cual alcanza a un ritmo de sesenta minutos por hora, haga lo que haga y sea quien sea”.

Buena parte de la ansiedad se desata porque esperamos, desde una expectativa negativa, que algo salga mal a corto, mediano o largo plazo. Esa es precisamente la raíz de la pre - ocupación. Un constante volver sobre la misma idea, imaginando posibles desenlaces o visualizando diferentes caminos, sin que esto conduzca a la acción. El sesgo de impacto hace que inundemos con una fragancia trágica todas nuestras anticipaciones. Si nos centramos en el futuro y en las posibilidades dolorosas que en él habitan, lo más probable es que terminemos conviviendo con una cantidad insoportable de fantasmas. 

A menudo, las propias hipótesis, suposiciones y expectativas nos encarcelan al sufrimiento y la mayoría de las veces no tienen nada que ver con la realidad. La ansiedad anticipatoria es algo realmente perjudicial; es un malestar que se experimenta por algo que no ha sucedido y puede que nunca suceda. Uno de los errores más frecuentes que nos llevan a sufrir por causas imaginarias es “suponer”, es decir, sacar conclusiones sin tener evidencia suficiente al respecto o generar expectativas sin tener indicios suficientes que las hagan probables.

El ser humano tiene una capacidad asombrosa para imaginar. Nuestra mente es un espacio donde no paran de aparecer ideas, pensamientos y evaluaciones, ya sea sobre nosotros mismos, sobre los demás o sobre el mundo en general. A veces estas ideas están adaptadas a lo que existe en realidad, y otras veces están distorsionadas. Como si nos pusiésemos unas gafas con los cristales, a veces limpios, a veces empañados. Cuando nos preocupamos en exceso tendemos a estar muy alterados; estamos creyendo que se nos avecina una catástrofe y que no saldremos vivos de ella. Habrá que reducir esa capacidad fantasiosa que tenemos porque el sólo preocuparse no es mágico, no nos salva de los problemas.

Existen personalidades “catastróficas” que tienen como lema “piensa mal y acertarás”, siempre imaginan el peor escenario posible y evalúan exageradamente, como horribles, las cosas que pasan. No se preguntan si lo que está ocurriendo es verdaderamente tan paralizante o dramático como creen o si están sobredimensionando la situación a su manera. Pensamiento, emoción y conducta son tres engranajes que se influyen mutuamente. 

Emilio Duró, empresario y conferencista español, dice que “el 99% de todo lo que nos preocupa son cosas que nunca han pasado ni pasarán” y que estamos perdiendo nuestro precioso tiempo en una preocupación que nos va a crear sentimientos negativos y no nos va a dejar disfrutar. Tenemos miedo a sufrir. Enfocar la atención hacia nuestro interior será fundamental si queremos emprender un camino que pueda cambiar nuestra forma de relacionarnos con el sufrimiento, percatarnos de que todo ese sufrimiento no es más que una construcción mental. 

Una disposición optimista es una de las fortalezas más relevantes de cara a lograr el bienestar. Visualizar el futuro en positivo y con un corazón valiente, no solo nos evita sufrimiento en el presente, sino que nos predispone a actuar para lograr el éxito. 

“Un ratoncito estaba angustiado porque tenía miedo al gato. Imaginaba todo el mal que podía hacerle. Un mago se compadeció de él y lo convirtió en gato.

Pero entonces el gato empezó a sentir miedo al perro y pensaba todos los peligros que corría con él, motivo por el cual el mago lo convirtió en perro.

Una vez perro, empezó a sentir miedo a la pantera; seguramente le causaría mucho sufrimiento, y el mago lo convirtió en pantera. Y fue cuando empezó a temer al cazador, que no dudaría en hacerle daño y provocarle la muerte. 

Llegados a este punto el mago se dio por vencido y dijo: -Nada de lo que yo haga por ti te va a ser de ayuda, siempre tendrás corazón de ratón.”