Hay días en que todo nos puede y momentos en que nada se nos resiste. Es que las personas no somos máquinas ni androides infalibles. Somos seres humanos, con días mejores y momentos menos buenos. Hay épocas en que el desánimo nos supera y oxida el rendimiento; no hay reservas para el entusiasmo, las ganas o la motivación. Esos días «de bajón» no son -ni cerca- el reflejo de que estemos sufriendo algún trastorno depresivo. Pero preocupa.

Decía Friedrich Nietzsche que nuestra realidad puede parecer horrible en ocasiones, pero tarde o temprano descubrimos que no es tan insoportable, que, al final, podemos con ella. De algún modo, el multiuniverso de las emociones y los sentimientos tiene ese poder inexorable de dotarnos de valores y capacidades que desconocíamos. Y nos damos cuenta de que ningún estado interno es inútil.

Estados anímicos completamente normales que, curiosamente, recorren de manera transversal a toda la humanidad. Es cierto que la gran cantidad de literatura de autoayuda basada en la felicidad, nos ha convertido, de algún modo, en personas intolerantes a las emociones negativas. Nos han enseñado a ser felices sin decirnos qué hacer cuando surge la angustia y el conflicto. De esto nos hablan muchas horas vividas ante la ventana, muchos momentos de quietud en el sillón o, incluso, tiempos de hiperactividad para no pensar. 

Algunos se sienten afortunados por la familia, por la buena salud y por la estabilidad laboral. Otros, en cambio, transitan por ese escenario más adverso en el que están presentes las pérdidas y el abismo de las incertezas del futuro. Sea cual sea nuestra situación, todos experimentamos miedo, inquietud y el sabor de la tristeza en más de un momento. Como dijo Abraham Maslow, reconocido psicólogo humanista, la vida es un proceso continuo de crecimiento y esa tarea suele ser dolorosa. 

Los días en que la vida misma nos pesa en exceso, hace su entrada el desánimo. Y cuando este estado nos atrapa, usamos mil estrategias para evadirlo: dormimos, paseamos, vemos series, escuchamos música, nos encontramos con alguien, hacemos deporte. Todo un modo de maquillar el malestar. El desánimo tiene una composición propia que cuando se instala y nos atrapa, hace que nos cueste mucho deshacernos de él. Es una mezcla compleja de procesos: pensamientos, sensaciones físicas, preocupaciones, emociones.

No hay que eludir, hay que afrontar, aceptar esos días de bajón y permitirnos desgranar qué hay en ellos y qué es lo que debemos resolver. Expertos en psicología de la motivación señalan algo llamativo: los altibajos nos enriquecen como seres humanos. No somos infalibles y, tocar fondo de vez en cuando, pertenece al ámbito de la normalidad. Cuidado que los días “malos” no deben ser algo recurrente. Son instantes para hablar con nosotros mismos y favorecer el autocuidado emocional.

A veces, a nuestro alrededor solo hay estímulos aversivos, estresantes o incluso faltos de interés alguno, que terminan generando en muchos una situación aún más grave de apatía. Es un estado de ánimo donde la desmotivación colapsa la mente, donde desaparecen las ilusiones y hasta el cuerpo duele. Nos faltan la energía y las ganas, prisioneros de un embotamiento físico y mental absoluto. Es cansancio, desilusión, es tristeza. “A veces tengo la horrible sensación de que pasa el tiempo y no hago nada, y nada acontece, y nada me conmueve hasta la raíz”, decía Mario Benedetti. 

Si hemos llegado al límite de nuestras fuerzas, no nos podemos paralizar ni quedarnos a vivir en ese abismo personal. “Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y dónde entonces empieza a pisar firme”, decía José Luis Sampedro. Lamentablemente hay algunos que se instalan en ese fondo de forma permanente. No nos podemos permitir llegar hasta el sótano de la desesperación. La gran opción será “emerger”. Y esa será la decisión que lo cambie todo. Afirmaba el mismo Benedetti: “Aprendí a ser feliz cuando comprendí que de nada servía estar triste.”

“Juan, como siempre, estaba puntual para su cita de terapia semanal. Sin embargo, el psicólogo que debía recibirle se retrasó cinco minutos. Los pensamientos negativos de Juan se dispararon en aquel momento. “A mi psicólogo no le importo nada en absoluto”. Su estado de ánimo no tardó en decaer, qué difícil le resultaría superar su depresión. 

La semana siguiente, Juan volvió; su psicólogo esta vez había llegado cinco minutos antes. Nuestro protagonista se sintió desgraciado: “Mi psicólogo viene cinco minutos antes porque me ve fatal y quiere aprovechar al máximo el tiempo”. Se acentuó el decaimiento.

Tercera semana. El psicólogo llegó exactamente a la hora fijada. “Éste llega a la hora exacta porque para él solo soy un paciente más y no siente el mínimo afecto por mí; será muy difícil que mejore.” La depresión volvió a inundarle.

¿Entiendes lo que ha pasado? Ante cualquiera de las opciones posibles, Juan llega a una conclusión negativa y por eso siempre está triste y desanimado”.