Existen grandes hombres y mujeres que se esfuerzan sin descanso. Son los que pasan su vida encerrados en un laboratorio buscando un descubrimiento que ayude a la humanidad. Esos médicos que deciden cruzar fronteras para ayudar a los demás. Esos reporteros que arriesgan su vida para ofrecer testimonio de lo que ocurre al otro lado del mundo; los profesores que dedican su vida al estudio y ofrecen sus conocimientos a los demás; esas mamás que, cada día, hacen de maestra, enfermera o psicóloga con sus hijos. Y muchos más; personas que se levantan cada día para seguir caminando.

No importa lo que hagamos en nuestra vida; por norma general habrá momentos en que las cosas no salgan según lo planeado, momentos en que todo parece estar funcionando en nuestra contra y momentos en los que fallamos. Muchas veces tenemos ganas de darnos por vencidos, de abandonar nuestra lucha por alcanzar el éxito. Pero, como dijo Benjamin Franklin, “la energía y la persistencia conquistan todas las cosas”. 

Muchos piensan que tener talento o una gran formación es garantía para alcanzar el éxito. Pero talento y conocimiento sirven de poco, si no hay persistencia. Al final, lo que realmente cuenta son los resultados. Es bueno recordar lo que afirmó Calvin Coolidge: “Nada en este mundo puede tomar el lugar de la persistencia. El talento no lo hará; no hay nada más común que hombres talentosos pero sin éxito. La sabiduría no lo hará; la sabiduría sin recompensa es casi tan común como un proverbio. La educación no lo hará; el mundo está lleno de vagabundos con educación. La persistencia y la determinación son omnipotentes”.

Uno puede llegar al mundo con un talento innato. Sin embargo, es la persistencia la que lo potencia.  Es el trabajo diario y un entorno favorecedor quienes hacen de un niño excepcional, un genio en la edad adulta. Sin pasión, determinación y resistencia, uno no alcanzará las metas que se proponga. La práctica no es lo que uno hace cuando ya es bueno; es la práctica lo que nos hace buenos. La destreza llega con el ejercicio y el infatigable esfuerzo cotidiano, ese que a menudo pasa desapercibido para los demás pero que sin embargo, da forma al talento y a la habilidad.

Las crisis inevitables y los problemas a los que nos enfrentamos, con más o menos frecuencia, son proveedores de oportunidades para el crecimiento personal. La persistencia es la cualidad que le da consistencia al carácter, la virtud que va de la mano con muchos logros. Es el combustible que nos mantendrá caminando, incluso cuando la gente nos anima a abandonar. Por eso, hace bien encontrar personas que no se dan por vencidas. No importa la circunstancia, el problema o el reto que tengan por delante. Su enfoque mental y motivacional actúa como la chispa que prende los sueños y que da fuerza a cualquier proyecto. Muchas de esas personas que admiramos son un evocador ejemplo de paciencia y perseverancia. 

Las personas, ejemplos de triunfo, son conscientes de todo el aprendizaje que pueden obtener de sus errores y se levantan con paso firme después de una caída. Ser persistente es sinónimo de tener las cosas claras y luchar por un objetivo vital. “Perseverar” es mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado. Siempre se ha dicho que la diferencia entre las personas con éxito y las que no lo tienen, no ha sido la falta de esfuerzos o conocimientos, sino la falta de voluntad y constancia. Y la constancia no está en empezar, sino en persistir. Por eso decía Paulo Coelho: “Una búsqueda comienza siempre con la suerte del principiante y termina con la prueba del conquistador». 

“Había una vez, en la antigua China, un extraordinario pintor cuya fama atravesaba todas las fronteras. Un rico comerciante quiso tener en sus aposentos un cuadro que representase a un gallo, pintado por este fabuloso artista, ya que era el año del Gallo.

Se trasladó a la aldea donde vivía el pintor y le ofreció una muy generosa suma de dinero por la tarea. El viejo pintor accedió de inmediato, pero puso como única condición que debía volver un año más tarde a buscar su pintura. Como la fama del pintor era tan grande, decidió aceptar y volvió a su casa sin chistar.

Finalmente llegó el día; acudió a la aldea del pintor de inmediato y el artista lo recibió. 

-Vengo a buscar la pintura del gallo, le dijo el comerciante. -Sí, claro, contestó el viejo pintor.

Y allí mismo extendió un lienzo sobre la mesa, y ante la mirada del comerciante, con un fino pincel dibujó un gallo de un solo trazo. Era la sencilla, bellísima y mágica imagen de un gallo. El comerciante se quedó boquiabierto con el resultado, pero no pudo evitar preguntarle: -Maestro, por favor, su talento es incuestionable, pero ¿era necesario hacerme esperar un año entero?

Entonces el artista lo invitó a pasar a la trastienda, donde se encontraba su taller. Y allí, el ansioso comerciante pudo ver cubriendo las paredes y el piso, sobre las mesas y amontonados en enormes pilas hasta el techo, cientos y cientos de bocetos, dibujos y pinturas de gallos; el trabajo intenso de todo un año de búsqueda.”