Todos necesitamos a alguien que se preocupe por nosotros. Podemos amar nuestra independencia, ser dueños de una orgullosa autosuficiencia y disfrutar incluso de nuestra luminosidad interior. Sin embargo, cuando hay tormenta por fuera, tarde o temprano surgen la tristeza, el miedo, el insomnio y ese desconcierto vital que solo el apoyo afectivo, la empatía y el cariño pueden aliviar. Por eso siempre hace falta alguien que nos cuide.

Muchas veces somos nosotros mismos nuestro mayor enemigo, cuando las cosas van demasiado bien o demasiado mal. Todos hemos experimentado la tristeza y el abatimiento, como si estuviéramos vacíos, sintiendo que nuestro corazón se destruye en mil pedazos. Y necesitamos a alguien que frene el desequilibrio antes de llegar, finalmente, a la autodestrucción. Porque nadie es perfecto y, en la soledad, la proyección de nuestros defectos se agiganta. La vida compartida con alguien especial es una vida que merece ser vivida.

"Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Sólo mediante el amor y la amistad podemos crear la ilusión momentánea de que no estamos solos", decía Orson Welles. El amor es el sentimiento más profundo, intenso y expansivo que podemos experimentar en nuestra vida cotidiana. Nos ayuda a sanar nuestras heridas emocionales y recomponernos antes de que nuestros corazones lesionados queden irremediablemente dañados. En medio de las adversidades somos capaces de salir fortalecidos; no importa si la vida nos golpea con fuerza. El amor que desarrolla la empatía, la tolerancia y la compasión en su estado puro, será la fuerza instrumental.

En nuestro estado de ánimo, y por ello en nuestra salud, influyen nuestras emociones, pero también las de las personas con las que nos relacionamos, ya que sin saberlo utilizamos la energía de los que nos rodean. Es importante elegir bien nuestro entorno más cercano y saber rodearse de personas que sumen y nos permitan desarrollarnos. Personas que nos ayudan a sanar, que trasmiten energía y nos acompañan a recorrer nuestro camino de manera más proactiva. Las personas "que sanan" son alegres y motivadoras, nos contagian de sus actitudes y consiguen que estar a su lado nos haga sentir bien. Los que nos rodean influyen en nuestra higiene mental. Son "personas amor". Ofrecen momentos de calidad; y con una mirada se hacen cómplices de nuestro bienestar. El simple hecho de que el vínculo con alguien nos haga ser "mejores personas" es un indicio claro de que esa persona debe estar en nuestra vida.

En épocas de oscuridad siempre habrá personas "encendidas" que nos guían, que nos inspiran, que nos dan esperanzas. La psicología social afirma que conferir apoyo emocional es un arte. El más eficaz es aquel que está siempre presente pero de una forma sutil, envolvente y auténtica. Son facilitadores de armonía interior y nos recuerdan, una vez más, lo hermosos e importantes que podemos ser; expertos en generar un auténtico crecimiento personal.

Son personas que escuchan sin juzgar. No ejercen ningún tipo de manipulación y aceptan a los demás como son, sin querer cambiarlos. Son coherentes con lo que hacen, piensan, sienten, y dicen. Respetan cada historia, cada espacio y cada momento. Son personas positivas y muy humanas que contagian siempre emociones saludables. De una u otra forma, llenan este mundo de luz y suponen un enorme, fuerte y maravilloso soporte para toda la humanidad.

Son esos afectos que nos abrazan y recomponen nuestras partes rotas. Con ellos hemos recorrido la vida y nos han enseñado por las buenas. Nos han mostrado el mundo como un lugar maravilloso en el que vivir. Pero, sobre todo, las buenas personas son las que cada día nos hacen coleccionar motivos por los que merece la pena esforzarse y ser feliz.

"Había una vez, hace cientos de años, en una ciudad de Oriente, un hombre que, una noche, caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna, como aquella. En determinado momento, se encuentra con un amigo. El amigo lo mira y de pronto lo reconoce. Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo.

Entonces, le dice: -¿Qué haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves.

Entonces, el ciego le responde: -Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí".

No solo es importante la luz que sirve a cada uno, sino también la que usamos para que otros puedan servirse de ella. Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno mismo y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite. O quizás el método sea al revés: "Si enciendes una luz para alguien, también iluminará tu camino".

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Lic. Aldo Godino

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