Vivimos tiempos de incertidumbre, de inestabilidad, de perder en el presente lo que dábamos por hecho en el pasado. Aparecen la ansiedad, el estrés y, sobre todo, ese problema central de muchos: la falta de autoestima. Darnos nuestro lugar, pensar un poco más en nosotros mismos, clarificar prioridades nos servirá de gran ayuda. Es momento de aprender; hacerlo nos hará ganar en salud psicológica y también en felicidad. Quien elige diluirse en las necesidades ajenas, olvidándose de sí mismo, pierde el impulso del amor propio.

Platón instaba a sus alumnos a realizar algo muy importante: cuidarse. Y no es un acto de egoísmo. Va mucho más allá de la mera atención al cuerpo o la salud física. El filósofo griego hablaba, sobre todo, de la necesidad de conocerse a uno mismo, de realizarse como persona, de alcanzar el estado ideal del ser.

Señalan los sociólogos que vivimos en un mundo cada vez más individualizado, atomizado, donde gozamos de mayor capacidad de movimiento y elección. Sin embargo, en medio de este contexto y estilo de vida, la satisfacción no siempre está presente. Hay muchas causas que explican tal realidad; una de ellas es la incapacidad de valorarnos como merecemos y la costumbre tan nuestra de priorizar a otros por encima de nosotros mismos. Ser y sentirse no protagonista sino actor de reparto, en el teatro de la vida, trae consecuencias.

Aparece rápidamente el agotamiento. Y nadie puede ser útil a los demás en estas condiciones, menos aún a sí mismo. Detenerse para ser, sentir y estar, también es prioritario. Es trabajar cada día en el músculo de la autoestima, ese núcleo que todo lo alimenta, que todo lo nutre. Nos permitirá avanzar con mayor integridad, sintonizando valores con comportamientos, pensamientos con palabras, deseos con realidades.

No es un acto de egoísmo querer a esa persona que se refleja en nuestro espejo; es invertir en calidad de vida, además de ayudarnos a ofrecer lo mejor de uno a los demás. Se nos inculcó que poner en práctica semejante estrategia era poco más que un acto interesado y egoísta. Casi sin darnos cuenta, hemos ido construyendo relaciones donde habita ese devoto sacrificio del amor propio, desencadenando, de esta manera, muchos de nuestros problemas, frustraciones, ansiedades, noches de insomnio y dolores físicos. Mantener esta situación durante mucho tiempo pone en peligro nuestro equilibrio y nuestra salud.

Querernos sigue siendo una de las tareas pendientes para la mayoría de nosotros. Valorarnos, apreciarnos y tratarnos con cariño no son aspectos secundarios en nuestra rutina sino fundamentales, para alcanzar el bienestar personal y social. Solo cuando nos tratamos con respeto y dignidad somos capaces de exprimir todo nuestro potencial y de construir vínculos sanos y fuertes con los demás.

Hay muchas personas que se enfadan cuando alguien no está disponible las veinticuatro horas del día. Consideran que desconectarse del mundo es una actitud egocéntrica. "Antisocial", "raro", "egoísta" son algunas de las palabras que se escuchan cuestionando la necesidad de querer refugiarse consigo mismo. Estamos siempre conectados, participando en eventos sociales, atendiendo pequeñas urgencias, escuchando, apoyando a los demás en sus problemas. Dedicarse tiempo a uno mismo es practicar el amor propio; establecer una conexión con el «yo" interior para conocerse mejor, saber qué se desea y cómo se está. Usar la palabra "no" como respuesta a las solicitudes de afuera hará que más de uno se enoje y se aleje. Casualmente las personas que se quejan son aquellas que, por lo general, acuden cada vez que lo necesitan para desaparecer después.

Todos deseamos ser felices, pero no siempre nos tenemos en cuenta; nos situamos detrás de un telón donde la vida solo pasa. La felicidad supone, en ocasiones, tener que priorizar y darnos cuenta de que debemos ponernos delante de algunas cosas y de algunas situaciones. Nuestro yo, merece ser mejor tratado, sin autocompasión, sin repetirnos que no podemos o que no lo merecemos. Hay que tener cuidado con las actitudes limitantes. No hay nada más digno y no hay principios más básicos para el ser humano que ser amado, valorado y respetado. Y hay dos abismos insalvables en el mundo de las emociones: el no ser amado cuando se ama con intensidad y el no saber amar cuando otros nos aman.

La aventura de nuestras vidas comienza por un amor incondicional hacia nosotros mismos. Puesto que somos la única persona con la que irremediablemente tendremos que convivir mientras vivamos. Todas las personas somos dignas de amor. El primer paso para poder realmente amar con pureza, pasa por amarse a uno mismo; sentirse digno de amor. Y confiar en el amor que nos puedan ofrecer. Somos personas dignas de un amor infinito; merecedores de gratitud, sonrisas, alegría, armonía, bienestar.

Esto lo decía Anthony de Mello: "-¿Qué es el amor?- preguntó el discípulo. -La ausencia total de miedo, dijo el maestro. -¿Y qué es a lo que tenemos miedo?, volvió a preguntar el discípulo. -Al amor, respondió el maestro."

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